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lunes, 23 de febrero de 2015

LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO


                        

Jesús, te quiero más que a mi muerte,
más que a Francia, más que a mi madre,
que me abrace la hoguera si para librarme he de negarte,
porque con tu palabra me nombraste,
y por la suerte de que me toque tu voz de noche
y de que me alumbren tus ojos de fiebre,
que en la paja me devore esta jauría de llamas,
mis lágrimas no van a apagarlas
y como fuelles las atizan las alas de los buitres.
De los sillones inquisitoriales ya se borran
los labios con larvas, los rayos en los ceños,
las barbillas hendidas, las encías estentóreas,
las barbas hipócritas, las burlas diabólicas.
Diré: me nevaron, me atardecieron.

Jesús, te quiero más que a la noche,
más que al hombre, más que a mi sangre,
prefiero morir por bruja si por santa he de negarte
y ser tu huérfana en el mundo,
la hija que vela el cadáver de su dulce padre,
que mis huesos se evaporen en el humo y el olvido
y que mi tumba sea el aire
y mi lápida el mármol de las nubes.
De los sillones inquisitoriales ya se borran
las venas del odio, las lenguas de escarnio,
las cuevas de las bocas, las verrugas corruptas,
los ojillos de cerdo, los mechones como cuernos.
Diré: me llovieron, me atardecieron.

Jesús, te quiero más que a mi nombre,
más que al aire y que a mi suerte,
más que a mi fe y la fuente de donde fluye,
te quiero más que a mi muerte,
y por ceñirme con tu corona la frente,
antes que negarte
prefiero que arda mi sangre en el rastrojo del valle,
que mi epitafio sea el viento
y el humo el rostro de mi recuerdo.
De los sillones inquisitoriales ya se borran
las canas malvadas, las arrugas depravadas,
las cejas escépticas, las lenguas sarcásticas,
todos los jueces pasto de la gula de los gusanos,
de la lujuria de la muerte,
de la pereza de los huesos y la ira de las calaveras.
Diré: me anochecieron, me madrugaron.  
     
             
                                                                                                                             

lunes, 16 de febrero de 2015

BULLITT


Dichoso Bullitt de helada sangre, voz de cubitos y ojos invernales. Es capaz de sudar carámbanos. Tiene la piel anfibiana, nervios de pedernal y un aspecto linfático y apático que disimula su deslizamiento de anguila y esa sutileza de lagartija que se escurre por el resquicio de la menor ocasión. Con razón me decía Sally que desconfiara de los tipos resecos y recomidos, parecen pulidos por el odio, hambrientos de muerte, limados de pura maldad, concentrados de rencor y resquemor. Pero pese a su distante frialdad y aunque la opinión pública lo halague, a causa de su constante roce con el hampa, a Bullitt acaba por salpicarle la sangre de la violencia; empantanados en el mismo cieno, el policía y el delincuente chapalean en la misma charca, se abrazan en la muerte unánime. No hay diferencia entre ellos y nosotros. Aunque parecemos distintos, bailamos la misma danza.

                                
  
Por su culpa aquí me veo, entusiasta y pesimista, padeciendo en manga corta hawaiana el relente nocturno de Frisco y esta humedad más fría que la caricia de una puta, debido a mi hipotensión y al nivel del mar al abismo de un mareo, y trasegando un perrito caliente después de que él haya alternado en un restaurante de postín, con la vista fija en la ardiente ventana de su dormitorio, aún lamentando que me haya abandonado la golfa de Sally y temiendo que en esta ciudad tan liberal me aborde algún joven sensible en busca de comprensión, mientras que tras los visillos ese maldito Bullitt se refocila con su morena castaña de bandera izada. Aún no he superado que me deje una mujer que no tiene más opción que hacer la calle. Ahora que están regando el asfalto me la imagino a estas horas desprendiéndose con la ducha de las huellas del último cliente. Me consuela que de un momento a otro una llamada interrumpirá la faena de Bullitt. Espero que Dick cumpla con la suya y en estos momentos esté liquidando a ese traidor de Johnny Ross en el hotel Daniels.

                   

Gracias a mi seguimiento de Bullitt he avisado a Dick de que esta noche no le toca turno de vigilancia en el hotel, es la mejor coyuntura para hacerlo. Cuando haya perdido al testigo protegido, Bullitt, hasta ahora favorito de la fortuna, caerá del pedestal en que lo tienen la prensa y el público. Y me he librado de presenciar el asesinato de Ross, me repugna asistir a la efusión de sangre, y que pare este maldito viento de una vez. Ya que no hay aparcamiento, debería haberme quedado en doble fila, en el interior del convertible, pero quizá hubiera llamado la atención.
Y a un salto de mi corazón la luz del dormitorio de Bullitt se transmite a la ventana de abajo, han debido avisarle de que acaban de ejecutar a Ross. Y no bien lo veo precipitarse escaleras abajo –ya impecable en su jersey negro de cuello vuelto, americana de mezclilla y tejanos de rodeo-, me desparramo hacia mi convertible de tercera mano, doy un traspiés y a contrapié mi pie derecho zancadillea al izquierdo, desmadejado me abrazo a un semáforo, se me parte el puente de las gafas, y con la miopía desnuda, ciego de furor, tras intentar forzar la puerta de otro auto, doy con el mío, arranco y logro seguir la estela de gases del Mustang de Bullitt porque sé la dirección del hotel Daniels. Es un hostal de tercera donde esperaban que Ross pasara desapercibido, ya que les consta que en los lujosos tenemos oídos en la moqueta y ojos en los espejos.

                  

Chalmes, el político que según nuestro confidente le ha encomendado la misión a Bullitt, no podrá presentar a la comisión del Senado a su testigo estrella y con su cólera derretirá los ojos de hielo azulino sin cejas ni pestañas de mi bestia blanca. Degradado, Bullitt acabará por hacer la patrulla y detener a prostitutas como Sally. Los dos harían buena pareja, a mí que me deje a su castaña.
En el trayecto, y a pesar de que hasta este semáforo no me he puesto las lentillas de emergencia, apenas he atropellado a un motorista y embestido a una furgoneta mal aparcada. A la puerta del hotel ya se ha concentrado un parque de ambulancias y coches de policía, los agudos de las sirenas rasgan el silencio de la noche y los pilotos deslumbran la curiosidad de los vecinos. Salgo a por noticias. Del vestíbulo asoma Delgetti, el colega de Bullitt, junto con la camilla donde yace su compañero, el que estaba de guardia con Ross. Espero que esté fiambre; cierro los ojos para evitar el horror de la visión de las heridas. Un poeta como yo no debe mancharse ni la mirada de sangre.

                                

Al poco ha aparecido la camilla de Ross, y entre los periodistas se rumorea que solo está malherido. Ese Dick está perdiendo facultades, ya le advertí al Jefe que pese a su aspecto glacial y mirada letal ahora falla incluso con su rifle de cazador de elefantes. Ni la vileza ni la ruindad garantizan exacta puntería. He visto que Bullitt subía a la ambulancia con su colega herido, más que para confortarlo, a fin de sonsacarle la descripción de Dick; con su inhumano temple, no le repugnará la sangre. El conserje se guardará de identificar a nadie de los nuestros. Desde una cabina llamo al Jefe y me ordena dirigirme al hospital para ayudar a Dick a rematar su trabajo.

                                    

En la puerta automática de urgencias atisbo un reflejo astillado de mi oronda silueta, blanda de ondulante grasa, y me pregunto por qué mi corpulenta prestancia va a ser menos cool que esa sabandija de Bullitt. Resollando de ansiedad remoloneo a la escucha de noticias. Oigo rumores de que el policía se va a recuperar y de que el estado de Ross no pasa de ser muy grave. No encuentro un asiento libre, sin café ni comida –la cantina está cerrada- voy a desmayarme, y solo me recobro con la indignación de ver que una enfermera le trae un refrigerio a Bullitt. Pero pronto le va a mudar la suerte: a través del pasillo se acerca Chalmes, encorvado de ira, la furia le encrespa el pelo de camello del abrigo. Se detiene frente a Bullitt, que ha dejado de comer. Hablan sin gestos, parecen serenos, pero están hipnotizados de mutuo odio, filamentos eléctricos se tienden entre sus miradas. Los ojos de Bullitt parecen de serpiente, ¡ese tipo me da grima!
Veo que el amigo Dick ha llegado, al menos su atuendo respetable y edad provecta le valdrán la confianza de las enfermeras y con la excusa de ser un familiar podrá acceder a la habitación de Ross y rematarlo con la lezna que porta en la pantorrilla. Salgo a estacionar el coche en la salida de atrás, donde tengo orden de esperarlo. Soy el rey del volante, ¡si Bullitt nos persigue lo perderé arriba y abajo por las rampas y toboganes de las calles de Frisco, al ritmo del toma y daca que a Sally tanto le gustaba en el sofá!       
             
                                    
             
                                                                                                                                 

lunes, 9 de febrero de 2015

HORIZONTES DE GRANDEZA (THE BIG COUNTRY)


Ves que junto a una rubia etérea (Carroll Baker) a través de esa llanura propicia al cinemascope Gregory Peck, de bombín, guía un coche de dos alazanes, y que cuatro rufianes, mugrientos de incurables resacas, se interponen en su camino, y cuando él frena ella le arrebata las riendas y cerca de atropellar a los truhanes los deja atrás y acelera por la planicie oceánica, trepidante, pero los cuatro los persiguen en sus monturas, los alcanzan y, adelantándolos, en plena carrera se entregan a burlonas cabriolas y acrobacias de irrisión que Peck, forastero, toma por homenajes de bienvenida, hasta que, para escarnecimiento de la rubia, quienes resultan los hermanos Hannassey detienen el coche y se mofan de la etiqueta del foráneo, que en pacífico afán priva del rifle a su compañera, entre carcajadas lo despojan del bombín, le hacen bajar del pescante y desde los caballos lo enlazan y lacean, y de él tiran y tironean en direcciones contrarias ante la impotente y ruborizada ira de su prometida. Y en tu butaca piensas que así es como te sientes cada día que amanece encendiéndose con la colilla del anterior –alba que se prende con triste estrella-, te ves igual que Gregory Peck en esa escena, atado y maniatado en tu desvencijada mesa de gacetillero del único periódico de una ciudad mesetaria, burlado por un destino que en las ruinas de tu vida caligrafía las grietas del fracaso.

                                   

No te concentras en la película porque has llegado tarde con tal de evitar el NODO y la ciega sala vira como una noria. Cierras los ojos hasta que se te pase un mareo parecido al que soportaste casi las cinco horas de autobús a Madrid. Después de enseñar en la taquilla del Palacio de la Música la trémula invitación al estreno de Horizontes de Grandeza que por error, burla o piedad llegó a la redacción, un acomodador te ha alumbrado el rumbo errático, y en la fila has hecho levantarse a dos fantasmas y pisado a tu vecino, un bigotes relumbrante de hebillas y entorchados, que ha mascullado: “Maricón”.
Por un momento temes que el olor a coñac inunde la platea y que todas las luces se hayan prendido para ubicarte y expulsarte del local. Abres los ojos y en la oscuridad deslumbrante ves la belleza grácil y pueril de una delicada morena cuyos convulsos rasgos parecen obra de un escultor genial, y te parece estar soñando con Marta, el perdido amor de tu vida, la única con la que has sido infiel a tu esposa, y que por culpa de tu cobardía y de que en tu país (Big Country) es ilegal el divorcio, partió de tu ciudad llevándose consigo toda esperanza, como si fuera a casarse con un afortunado doble tuyo que se quedara con toda tu felicidad porque la mereciera más que tú. Naturalmente, no es ella la que ves en la pantalla, sino Jean Simmons, con la que guarda parecido, igual que el voraz orgullo y la intransigencia de la rubia –la prometida de Peck- la asocia con tu esposa, por no hablar de la fascinación de ambas por sus padres, víctimas del complejo de Electra.

                  

No logras olvidar olvidar la noche de la partida de Marta: un cielo como el lomo de un toro con las banderillas arrancadas, las camisas azules de los falangistas de farra, la luz cadavérica del andén, su figura de lirio que se disolvía en la bruma del humo, el intercambio a escondidas de los regalos de despedida, la rosa roja con un soneto escrito en un papel plegado al tallo a cambio del pintalabios cromado que en su cumpleaños le habías regalado del estraperlo y que a falta de otra cosa te dejó como recuerdo. Siempre lo llevas contigo. Como un talismán o un órgano más de tu cuerpo palpas el frio de la barra de labios en el bolsillo del pantalón; sueles guardarlo en el del pecho izquierdo. Aunque quieres que termine cuanto antes o más bien que no se acabe nunca y pasar el resto de tu vida admirándola en el cine con la petaca de coñac a mano, se prolonga la escena de Jean Simmons. La corteja con brutal torpeza el primogénito de los cuatro patanes que han maltratado a Peck. Al parecer ella es maestra y propietaria de unos terrenos que por el agua para el ganado resultan estratégicos y son anhelados por los dos terratenientes del país, el mayor Terrill, padre de la susodicha rubia, y Rufus Hannassey, progenitor de los cuatro hermanos.

                   

Aunque ya ha concluido la secuencia de Jean Simmons, el recuerdo de Marta te ha ensartado el corazón con un punzón de hielo que en el orificio de la herida se te derrite, y para anestesiarte das otro trago a la petaca. Recordando cómo empezaste a beber después de que ella se fuera, apenas te fijas en la escena siguiente, situada en el rancho de los Terrill, donde Peck ha venido a instalarse antes de su boda, y te avergüenzas reconociendo que te has mantenido en una ligera borrachera sostenida durante este año y medio, la cual, sin contar hoy, solo se te escapó de las manos el día que por un conocido común supiste que Marta se había casado en París con un exiliado que escribía para el cine.
Para dejar de beber esperabas que la suerte te compensara con la aceptación de alguno de los guiones que como mensajes embotellados desde la isla de los muertos remitías a las productoras, pero tus aspiraciones de dejar de ser un modesto crítico de cine se han estrellado contra el invisible muro del silencio. Ojalá en vez de abismarte en la nostalgia del amor perdido, el alcohol te infundiera valor para desertar de tu matrimonio en bancarrota y huir a París; algo se está urdiendo en el cine francés y te encantaría participar de ello. Con tu esquizofrénica economía, mientras que tu suegro le abre a tu mujer cuentas sin tasa en los comercios más lujosos de la ciudad, tendrías que invertir en los pasajes el total de tu magro sueldo. Mientras asistes a la conversación que Peck mantiene con su adusto y glacial suegro (Charles Bickford), encuentras similitudes con el tuyo. De hecho el mayor Terrill parece un cacique de tu tiempo y también cataliza en su favor los sentimientos de sus subordinados, cree que su tierra es la mejor del mundo por ser suya y odia tan visceralmente a su competidor, Rufus Hannassey, que ansía su exterminio. La expedición de castigo que emprende Terrill contra los Hannassey te recuerda la partida que a la caza de los últimos maquis en la sierra organizara tu suegro. En su compañía te sientes tan incómodo como Peck con el suyo; cuando habla de política callas, pero hasta tus silencios provocan suspicacias.

                  

A Peck el ambiente del rancho le resulta igual de hostil que a ti, que en una ciudad de mentalidad tan estrecha como sus calles (Horizontes de Grandeza), a veces te parece que a los lados los muros se acercan hasta comprimirte, o que te oprime un cielo de zinc que de un momento a otro se te caerá encima; incluso te falta el aire, inhalado por voraces curas y disminuido por las campanadas que aletean como cuervos. Hasta tus huesos se desesperan anticipando el incómodo reencuentro con los tapizados de felpa y cretona de tus muebles, con el cojo sillón club del casino, con la mesa desportillada de la redacción. Lo cual te recuerda que tendrás que pergeñar una crítica de la película con la habitual retórica hueca, huera, campanuda, que te exige el redactor jefe. Te fijas en cómo ignora Peck los retos y trampas que le tiende el capataz del rancho, interpretado por Charlton Heston, que desdeñándolo por haberse dejado avasallar por los Hannassey lo ha invitado a montar al indómito Viejo Trueno.

                 

Al siguiente trago tu indeseable vecino se agacha y, frunciendo el bigote con una sonrisa sardónica, en la palma de la mano te ofrece algo que se te ha debido caer al extraer la petaca: un cromado lápiz de labios. Lo coges, tartamudo de gratitud, y él se vuelve a su acompañante: “Maricón, te lo dije”. Estás acostumbrado tanto al desprecio de la chabacana élite como a la desconfianza resentida de los obreros o los jornaleros, los camaradas de tu padre. Ojalá nunca le hubieras hecho caso cuando en la verbena te mandó corresponder a las miradas de la hija del cacique sacándola a bailar un pasodoble. Tu padre podría haber incorporado a cualquiera de los subalternos del rancho de los Terrill, como ese mexicano, Bedoya, que recuerdas de El Tesoro de Sierra Madre. Igual que a los personajes de ésta, a ti y a los tuyos os deslumbró el oro de tu familia política. Llegaste a delirar con la utopía de que tu suegro te financiara una película.

                           

Ahora el maestro Wyler realiza un montaje alterno entre la doma en solitario –con el único testimonio del mexicano- a que como improvisado cowboy Peck somete a Viejo Trueno, y la expedición punitiva de los hombres de Terrill, encabezados por el capataz Heston y el propio mayor, contra el poblado de los Hannassey. Así, con expresivo contraste opone Wyler la valentía alérgica al lucimiento del ex marinero, a la cobardía de quienes entre veinte apalean a tres; el esfuerzo de la voluntad individual que por espíritu de superación se impone al caballo, a la exhibición en público de un terror que en una escalada de violencia solo generará más terror.
Pero por mucho que compares tu soledad e incomprensión con la de Peck, tan despreciado por su prometida como tú por tu consorte, sabes que careces de su temple, seguridad y confianza en sí mismo, y que sin su talla moral y monolítica perseverancia, ni tú ni tu hígado podréis resistir mucho tiempo. ¿Qué chupatintas vendrá en tu lugar al Palacio de la Música cuando llegue traspapelada a la redacción la siguiente invitación a algún estreno? Quizá tú mismo, puede que gracias a tu afición al cine te recuperes; no deberías quejarte, ya que te dedicas a lo que más te gusta. Solo que por culpa de Jean Simmons, que ahora reaparece en la secuencia de la fiesta de compromiso y vuelve a recordarte a Marta, el cine no te va a servir, como al público, de evasión. Vuelve a clavársete el punzón y recurres al coñac para cauterizar la herida.

                  

Has dado un trago más largo que la bocanada de un ahogado. A través de una niebla móvil ves que, reajustándose, en el baile de la fiesta al menos momentáneamente se han reunido las parejas adecuadas: la rubia con el capataz, Jean Simmons con Gregory Peck. La música se descompone en un pasodoble. Gira la sala como la noria de cierta verbena. Oscilan las figuras de la pantalla, como desenfocadas. Con un extraño ademán el bigotes levita en la penumbra y te tiende un sobre que rasgas con nerviosa expectación: del interior algo cae al suelo, de otro sobre interior extraes una cuartilla donde lees en francés una oferta de trabajo de Cahiers du Cinema, la noria se ha detenido contigo en lo más alto y de luces arde el Sena, pero una parte de ti que va creciendo no se alegra sino que obtiene la triste convicción de que incluso en sueños no dejo de hablarte yo, la voz de la culpa, la manía de acusarte a ti mismo que te implantaron los curas, y que como una tara hereditaria te acompañará toda la vida.
Abres los ojos: el bigotes ahora te recoge del suelo una rosa disecada, con un papelito atado al tallo en el que reconoces tu letra y debajo otra nueva, de Marta, Marta, Marta. “Maricón de mierda”.       
                   
             
                                                                                                                                

lunes, 2 de febrero de 2015

BEAU GESTE


                  

No encuentro ese zafiro por ninguna parte. Su legendario brillo deslumbra los primeros recuerdos de mi niñez y quizá por eso siempre he comparado con su belleza, fulgor y pureza el amor que nos tenemos los tres hermanos Geste; parece que Beau y Digby aciertan cuando se burlan de mis inquietudes poéticas. Se diría que en la crisis familiares el benjamín es el menos llamado a resolverlas, pero como si se tratase de mis derechos sucesorios me niego a renunciar a mi cuota de participación en esto; no les voy a dejar a esos dos todo el mérito. Aunque igual que sus nocturnos al piano el amor a mi prima Isabel me encanta en un hechizo paralizante, no me resigno a ser el pasivo protagonista de una novela romántica: prefiero las de aventuras coloniales. ¿Acaso no somos los Geste como los Tres Mosqueteros, uno para todos y todos para uno? La responsabilidad ha de compartirse y… maldita sea, tampoco está en el secreter.
Desde que nos acogió la tía Patricia, hermana de nuestro disoluto padre adoptivo, gracias a su amor de madre nuestra infancia y juventud han transcurrido aquí en Brandon Abbas con la dorada pereza, el sereno esplendor de una mañana de primavera, hasta que anoche estalló en nuestras vidas una tormenta de Gólgota. Mientras en el Refugio del Cura la tía a instancias de Beau nos enseñaba el zafiro Agua Azul, valorado en 30.000 libras –según el supersticioso Digby una fortuna desafortunada, ya que ha acarreado la desgracia de sus sucesivos dueños-, tras un relámpago de oscuridad apareció vacío el forro de terciopelo carmesí que en el estuche de tafilete alojaba la piedra. Descartando a Isabel, a la tía, al ruin primo Augustus (una especie de D’Artagnan al revés), al que Digby no tardó en cachear, y desde luego que a mí, resultaba evidente que los culpables serían Beau o Digby. Pero incluso cuando sabíamos que uno de los tres Geste seríamos un ladrón, no se diluyó nuestro afecto; quien lo hubiera hecho, habría tenido un motivo noble.
De todos modos los filósofos dicen que de lo malo no puede salir lo bueno, así que revolcándome en los bandazos y sacudidas del insomnio esta noche me ha parecido que en vez de una tormenta sobre Brandon Abbas se cernía el ala de la muerte, y he saltado de la cama con la esperanza de que en el apagón Augustus ocultara el zafiro en algún escondite para recuperarlo más tarde… ¡Tampoco está en el arcón! Mi pulso aumenta al ritmo de unos pasos que se acercan por el corredor, y temo que el insomne me crea culpable: la tía nos ha dado hasta mañana de plazo para reponer el zafiro antes de recurrir a la policía. Pero quizá quien viene sea el ladrón.
Entra Digby, y en la serena desesperación de sus ojos no encuentro culpa ni sospecha. Me enseña una carta con la letra de Beau en la que se confiesa culpable. Sin poder resistir el parecido del color del Agua Azul con sus ojos, afirma habérselo llevado para no tenerlo que compartir con nosotros dos y se despide burlón. Aunque en parte la codicia sea cuestión de magnetismo, me niego a creerlo.

                  
                            
En cuanto leyó la carta de Beau, John coincidió conmigo en que nuestro hermano mayor se autoinculpaba para protegernos a los dos; era impensable que alguien tan generoso nos privara del último resto de la fortuna que la salud de nuestro benefactor aún no le ha permitido dilapidar. La paradoja era que sosteniendo tal cosa, sin saberlo John se echaba la culpa: si Beau y yo éramos inocentes, solo él podía ser el ladrón. Así que para solidarizarme con Beau, acompañarlo en la aventura y descargar de apuros a John, que tiene más futuro y amor que perder, no tardé en imitar a Beau y seguir sus pasos. Era evidente que había ido a alistarse en La Legión Extranjera, el mito de nuestra infancia y escenario donde contra un fondo de dunas, murallas y caravanas se proyectaban nuestros sueños y se desenvolvía la ficción de nuestros juegos.
Así que en la mesa del desayuno el bueno de John encontraría una carta hermana de la que Beau me había dejado en la almohada: me atribuí el robo del Agua Azul. Solidarios en la infamia, aquel delito parecía un raro privilegio o galardón que todos quisiéramos ostentar, los Geste somos así. Alcancé a Beau en Marsella, donde nos alistamos con nombres falsos y fuimos embarcados a Marruecos. Hasta entonces todo aún parecía otro de nuestros juegos, el más perfeccionado de todos.
Nos destinaron a Saida, un emplazamiento del Sahara donde los reclutas hacen la instrucción. Y a las dos semanas no nos sorprendimos de encontrar en la fila de novatos a un lindo joven barbilampiño de ojos vivos y sonrisa socarrona: nuestro entrañable John. A través de medio mundo, desde las brumas del norte al sol del sur, su instinto fraterno había seguido nuestras huellas. Ya se habían reunido los Tres Mosqueteros. Y sin embargo, al verlo en fila a órdenes del vil sargento Markov, tuve unos de mis pálpitos. Había algo inadecuado en la proximidad entre la gentil delicadeza de John y la crueldad cruda y grosera del sargento, el oído musical de nuestro benjamín no debía exponerse a los impactos de los insultos del sargento, el vuelo de la imaginación de mi hermano parecía incompatible con el pedestre rigor ordenancista de Markov, que sospecho sea una coartada para su sadismo.
En la cantina celebramos el encuentro con varias rondas. Por supuesto John también reivindicó la autoría del robo. A lo largo de las siguientes semanas cumplimos nuestra instrucción, con la única novedad de que cierta noche Beau sorprendió a Razimov, un enano con risa de hiena, intentando robarle mientras dormía. Su contenida reacción me confirmó que no llevaba encima el Agua Azul. Lo más preocupante es que sospecho que Razimov sea un soplón de Markov y puede que nos haya oído hablar del zafiro. Hemos pasado unos días felices; hasta ahora todo este caso ha parecido una excusa para realizar nuestras fantasías de formar filas en La Legión Extranjera.
Esta mañana entramos en acción y han empezado los problemas: el dichoso Markov nos ha separado. Mientras que Beau y John han sido destinados al fuerte de Zinderneuf, yo parto ahora en otro contingente para relevar a la guarnición de Tocotu. Cerca de la puerta me vuelvo y al ver la sonrisa de despedida que Beau me dedica para infundirme valor y confianza, con el brillo de zafiro de sus ojos me acomete la fatal intuición de que pronto cumpliré con su deseo de ser enterrado según el rito vikingo, a bordo de un barco en llamas a la deriva y con un perro muerto a los pies. Pero me engaño, por suerte solo será un presagio inducido por ese zafiro gafe: en medio del Sahara no parece fácil flotar en ninguna parte.
Pero dado el caso Markov sí haría el papel de perro.

                   

No puedo permitir que por mi culpa John encuentre su tumba en estas arenas del Sahara; me temo que en vez de su héroe acabaré siendo su verdugo, para protegerlo ojalá pudiera guardarlo aunque fuera en el estuche del zafiro. Tres semanas de aislamiento y de exposición al sol de la locura han convertido los barracones en un manicomio y el fuerte en una caldera del infierno; incluso tenemos nuestro demonio: el sargento Markov. Por las almenas se pasea la muerte como un ratero por la casbah, sustrayendo lo más valioso de los hombres.
Primero los alaridos del mortífero delirio de Nixon afilaron los nervios de todos. Luego fue el regreso de los desertores, Renoir y Swartz, que traídos por los beduinos parecían alucinados por el hambre y la sed, ya que habían despreciado el fuerte fueron condenados por Markov a volver sin agua ni víveres al horno del desierto, y al salir me dieron la impresión de arrastrar los cadáveres que pronto serían. Me pesaba la responsabilidad de que John tuviera que asistir a tales infamias. Y el mazazo fatal fue la muerte por malaria del teniente Martin, que dejaba el mando en las impías garras de Markov, ya dueño de nuestra vida y nuestra muerte.
En los barracones se declaró la fiebre del motín. De los cincuenta solo dejamos de contagiarnos un tal Maris, John y yo; los Geste tenemos una sola palabra y se la prestamos a Francia, por indigno que fuera su representante. Con nuestro apoyo y el de Razimov, una sanguijuela que se filtra por todas las oportunidades, el sargento ha sofocado la rebelión. Lo que no me esperaba es que Markov me exigiera la entrega del zafiro. ¿Cómo le habrá llegado el eco de su robo?
También se le ha ocurrido que John y yo fusiláramos a los cabecillas de la revuelta, pero a eso sí nos hemos negado: nuestro deber no consiste en impartir su injusticia. Como en las novelas de aventuras que tanto le gustan a John, ha resuelto la situación un oportuno ataque masivo de los tuaregs. Nunca hubiera imaginado cuánto tendría que agradecerle al enemigo, porque al necesitar a todos los hombres Markov ha tenido que aplazar el castigo y ordenar repartir rifles y municiones.
Y apostados entre las almenas del fuerte, encorvados contra nuestro destino, acabamos de rechazar el primer ataque de las tribus; he visto que John, como la mayoría, está ileso, su trémula sonrisa ha intentado tranquilizarme. Nuestra esperanza finca en que lleguen a tiempo refuerzos de Tocotu, Digby entre ellos. Si no, abrazaremos la muerte en estas almenas y saciaremos el hambre de los buitres, John incluido…
Al menos, experto en crueldades y catador de sangre, Markov es un militar competente. Enajenado por la lucha pero inspirado por el peligro como un poeta por el vino, acierta en las órdenes y en todas las decisiones, espolea a cada hombre y es tan eficiente que una multitud de Markovs parece evolucionar por el fuerte. Aun así encomienda las posiciones más peligrosas a sus enemigos personales. Si no quisiera sonsacarme sobre el Agua Azul, le encantaría que alguna bala tuareg me encontrara un corazón que solo teme por John.
Puede que después de todo el zafiro sea falso, pero mi cariño por John, por Digby, es auténtico.