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miércoles, 13 de diciembre de 2017

TARDE DE PERROS



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 En directo desde Lincoln Street, en el corazón palpitante de Brooklyn, Nueva York, les habla Calvin Salem, en directo para los oyentes de Mayflower Radio, la séptima emisora más oída en Boston, Masachussets: Señoras y señores, son casi las siete de la tarde y la ciudad arde. Y no solo por los impuestos, esa maldición de todo país libre. A esta hora los dos atracadores que al filo de las cinco irrumpieron en la sucursal del Banco del Comercio, siguen atrincherados en su interior manteniendo como rehenes a ocho empleados e incluso al director, a quien ni por respeto a su cargo han liberado. La noticia es que sabemos de buena tinta que los ladrones no son negros (¿lo han cogido?), ni hispanos, ni siquiera chinos. El apellido de uno de ellos, Wortzyck, lo delata como oriundo del Este de Europa, y por tanto portador de los gérmenes subversivos (esto es, de sangre roja) propios de la zona, cuando no de los genes nómadas e indolentes de zíngaros y bohemios.
Después de tantos años como corresponsal en esta nueva Sodoma, estoy cierto de que esos dos serán deshechos de la sociedad, esto es, chiflados, homosexuales (hasta hace poco tenía la ilusión de que no los hubiera en nuestra patria), fracasados, inútiles, en suma, perversos o pervertidos, escoria que opta por el robo en vez del trabajo honrado. Pero esos desgraciados son tan incompetentes que han perpetrado el golpe poco después de que el furgón blindado arramblara con los depósitos de las nóminas. Descontando los billetes marcados de las cajas y los cheques de viaje, según la policía el botín apenas supera los mil dólares.
Y eso que lo tenían bien planificado. Se rumorea que tal vez contaran con la complicidad del guardia de seguridad, un negro que, según el fiable testimonio de un blanco algo bebido, con la excusa de encontrarse arriando nuestra bendita bandera, no opuso resistencia a su entrada. Lo tengo comprobado: los implicados habituales siempre son negros, verdes o rojos, o todos a la vez, cuando no uno de esos indeseables que se identifican con los colores del arcoíris. Cuánto añoramos la vida en blanco y negro de nuestros antepasados, los puritanos calvinistas.
Esos dos canallas, veteranos del Vietnam, indignos de defendernos en combate o de representar en ningún frente los valores de la nación, sin duda infectados por la peste comunista que fueron a combatir, han vuelto contra quienes los armamos sus fusiles de reglamento. Con ellos han violado el derecho a la propiedad y mantienen retenidos a los secuestrados. Ya que a cada minuto hay novedades, estiramos el cuello y valerosamente asomamos la cabeza por el ventanal de la lavandería donde nos hemos apostado para cumplir con nuestra labor informativa. Casi trescientos cañones y otras tantas cámaras de fotos o de televisión apuntan hacia el lugar de los hechos. Al fin nuestro llamamiento ha sido escuchado y se ha llevado a cabo un proporcionado despliegue policial. Me pregunto a qué esperan para entrar y masacrar a esas alimañas. Siempre habrá impresentables que sostengan que la llegada de las fuerzas del orden lo han complicado todo, que han asustado a los atracadores, impedido su huida y convertido a los empleados en rehenes. Son los mismos recalcitrantes que disfrazados de psicólogos, sociólogos o escritores se dedicarán a escarbar en sus vidas en busca de motivaciones que justifiquen su acción. Esgrimirán las manidas excusas, el paro, la neurosis de guerra, los conflictos personales. No me extrañaría que a algún escritorzuelo de esa nueva Gomorra que es Hollywood se le ocurriera basarse en estos hechos para escribir algún bodrio cuyos estelares protagonistas serían estos dos pájaros… El chino de la lavandería me informa de que la cajera jefe por solidaridad con sus subordinadas se ha negado a ser liberada. El síndrome de Estocolmo empieza a hacer estragos entre esos desgraciados. Pronto desearán que sus verdugos se salgan con la suya. Bien mirado toda la sociedad padece un incurable síndrome de Estocolmo. En esta nueva Babilonia los malos son los buenos.
Me veo obligado a elevar el tono de voz porque, según veo ahora que me he levantado del montón de ropa sucia, ha salido a negociar uno de los atracadores, un melenas descamisado, y los miles de ociosos que se han agolpado en la calle lo aclaman como a una estrella de rock. ¡Qué escándalo! La irresponsabilidad de ciertos medios va a convertir a ese tipejo en un héroe. Una especie de Robin Hood pop en el bosque de asfalto de Brooklyn. Y nadie se atreve a dispararle. ¡Cobardes! Como no parece haber peligro, voy a asomar la cabeza por entero. ¡¡Ese extranjero ahora se atreve a gritar!! Estará drogado o lo habrá envalentonado el favor del público. Está desatado y se va a convertir en un peligro público. Si el FBI no lo controla, con este calor como un incendio se va a propagar una revuelta. Señores, esto puede degenerar en una protesta social. Sabía yo que los rojos rondaban por aquí. Siempre supe que Nueva York sería el huevo de la serpiente de la revolución norteamericana. Quién sabe si no estallará la segunda guerra civil. Esta vez serán los maricas y no los negros quienes aspiren a la liberación. Por eso hablan de la inversión de valores…
¡No dejan de vitorearlo! ¿Qué hace ahora? ¡Está arrojando dinero a la gente! ¡Sí, les tira puñados de billetes como carnaza a las fieras! Lástima que mi prudencia me haya impedido acercarme más. Despreciar el dinero es el peor crimen que se puede cometer contra la humanidad… Señores, el chino me transmite que ese atracador es homosexual, que su novio está en camino. Nadie podrá decir que no lo he advertido. Se confirma en todos sus extremos que en los Estados Unidos de América hay homosexuales.
Digo yo que es hora de limpiar la ropa sucia en casa.



                         

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