El fin de este blog no es sino otorgar un modesto nivel de libertad que compense la átona existencia del autor, un empleado de banca condenado a pasar de la férula de su jefe a la de su esposa e hija, y a expansionar sus heterodoxas opiniones sobre literatura, cine y música, o más bien sus recuerdos sobre tales materias, ya que ahora solo sustrayéndose a sus obligaciones logra ejercitarlas.
Si bien me he casado
con el periodismo, la literatura es el amor de mi vida. Mientras que el primero
es mi trabajo alimenticio, después de varios años recopilando materiales estoy a
punto de consumar mi amor y escribir mi primera obra maestra. Solo me falta
eso, escribir algo, para convertirme en un autor reconocido. Pero mi labor cotidiana
también es una rica cantera de donde extraer temas para mi novela.
Así aprovecho todas las
noches de ingrata espera en que tengo que hacer estiramientos de paciencia,
sentado en alguna terraza de Via Veneto, con la aburrida compañía de paparazzo
y consolándome con algún que otro whisky, al acecho de la belleza de moda, de
algún mal actor recuperado de su último intento de suicidio, o de cualquier
noble recién divorciado, entre la animación de una ciudad que se está volviendo
tan frívola, melancólica y extravagante como en la decadencia del Imperio.
A veces, de cazador de
noticias paso a ser presa del interés de mis colegas, como cuando fui el
elegido para pasar la noche por Maddalena, primogénita de la más antigua
familia de Roma. De hirsuta belleza y estragada de placeres, ya solo los
encuentra sorprendiendo a su lujuria en las más inesperadas situaciones: para
acostarme con ella tuve que acompañarla a la cochambrosa habitación de una
mujer de la calle, donde la excitarían los pretéritos fantasmas de tantos amores
provisionales expandiéndose con las manchas de humedad de las paredes.
Como escritor, también
a mí me interesan ese tipo de rarezas o experimentos; son gajes del oficio, por
el bien de mi obra he de renunciar a la moral convencional. Sin embargo, tengo
que soportar los celos de mi novia Emma, la mujer con la que a mi madre le
encantaría que me casara. Igual que ella, también es posesiva, devota (me ha
hecho hasta acudir a una presunta aparición de la Virgen), histérica y, todo
hay que decirlo, casi tan atractiva como buena cocinera, por lo que la he
dejado que se instale en mi apartamento. Igual que el periodismo, ella es mi
pareja alimenticia. Cuando volví, al amanecer, de mi excursión por los barrios
bajos con Maddalena, tuve que llevar a Emma al hospital porque en una de sus
crisis de ansiedad por mi ausencia se había dado un banquete de somníferos.
A Emma tampoco le gustó
que el periódico me encomendara el seguimiento de la llegada a Roma de Sylvia
Rank, la estrella americana, que viene a rodar una superproducción en Cinecittà
(el cine y las Olimpiadas evidencian la nueva Roma). Carlo Ponti había
dispuesto una recepción multitudinaria, y desde su aterrizaje en Fiumucino
aquella mujer total fue desatando a su paso una tempestad de flashes. Si hoy
día nada es real hasta que no lo congela una fotografía de la prensa, Sylvia
parecía dotada –y no solo por sus medidas- de una exuberancia de realidad,
toda ella estaba intensificada por un exceso de vida y una feminidad que como a
una diosa la exaltó ante un altar de cirios en el templo de mi devoción.
Me invadió por ella un amor tan genuino como el que prodigo a la literatura.
Después de la rueda de
prensa, el comité de bienvenida la llevó a San Pedro y, coronando mis
expectativas, logré presentarme a ella cerca del cielo de Roma, pues en la
palpitante subida los de la comitiva se fueron quedando exhaustos y solo mi
aliento y mis energías estuvieron a la altura de semejante mujer.
En la velada,
programada en unas termas de cartón piedra con camareros de túnica, logré
bailar con ella y hasta le confesé que era la mujer de mis sueños (veo que el
amor hace incurrir en tópicos hasta a alguien como yo). Dado que su novio
Robert parecía más enamorado de la ginebra, cruzaron ciertas palabras y Sylvia
salió ofuscada de allí, lo cual aproveché para, con la excusa de traerla de
vuelta, huir con ella hacia el corazón de la noche romana. La subí al descapotable
y, de nuevo cazador cazado, me libré como pude de esos fastidiosos –me
sorprendí pensando- paparazzi.
Esperaba inclinar a mi favor el enojo que ella sentía hacia su novio, pero al final,
como el poeta que soy, no supe muy bien qué hacer con el amor y acabamos
perdidos en el laberinto del aburrimiento y de las calles de la madrugada.
Sylvia encontró un gatito y me hizo buscar una lechería. Hasta que por
casualidad desembocamos en cierta plaza donde un líquido estruendo nos anunció la
fontana de Trevi, y cuando se le ocurrió meterse en la fuente logró
impacientarme. ¿Estaría borracha? El fragor del agua me confundía como una
catarata. Me invitó a imitarla y como no les niego nada a las mujeres tuve que
hacerlo. Por suerte la noche estaba templada y no me había puesto mi mejor
traje. Me cogió la mano y de repente creí que una de las náyades se había
encarnado en Sylvia, pura y lunar, y a solas con ella en la noche cóncava me
sentí palpitar en su latido al acorde de algo más oscuro y profundo que el
amor; se apagó el estruendo del agua y más allá del ruido del mundo avanzamos
por la fuente, eternizados por ella, partiendo el agua y el silencio y el
tiempo hacia una especie de inmortalidad, como en la escena de una película
magistral… En fin, ya he dicho que soy un escritor.
De regreso al hotel nos
esperaba Robert, su pareja. Por desgracia los paparazzi captaron el puñetazo
que me propinó: de no ser así, quizá se me habría hinchado menos el ojo. Es lo
que digo, que en Roma nada que no aparezca en la prensa parece haber sucedido
de veras.
Un par de días después
aún tuve que calarme las gafas negras para ir a rodar aquel anuncio con guión
mío (mis futuros exégetas lo analizarán). En un descanso vi por casualidad a mi
amigo Steiner entrando en una iglesia. Me reuní con él. Venía a recoger una
gramática de sánscrito y se puso a tocar en el órgano una fuga de Bach. Steiner
es un personaje fascinante; culto, espiritual y misterioso, con un brillo
oscuro en el pozo de su mirada. Solo él puede extraer lo mejor de mí mismo.
Siempre me da a entender que me conviene cambiar de ambiente; quizá debería
volver de vez en cuando al pueblo. En la disputa ente el periodismo y la
literatura, él me inclina hacia ésta. Con su influencia puedo abstraerme
de la abyecta orgía de risas, tragos y banalidades en la que reconozco a veces
llego a envilecerme.
Por eso, igual que
siempre que me encuentro con Steiner, me he decidido a escribir de verdad y
esta mañana me encuentro ante mi Olivetti, con la inminencia de la inspiración
en la yema de los dedos, en la soleada soledad de la terraza de un chiringuito
a orillas del mar, a punto de iniciar la mejor novela italiana del siglo. Y
cuando todo mi talento está a punto de cristalizar en la primera frase, me fijo
en la adolescente rubia que, como salida de un cuadro del Perugino, vuela de
una mesa a otra. Le digo que puede subir la música (Patricia, de Pérez Prado),
le sonrío y dejo de concentrarme en esa decisiva primera frase para pensar qué
puedo decirle para romper el hielo.
Al final van a llevar
razón mis críticos, esos que me acusan de demagogia y de labrarme un futuro
político con tantos artículos, conferencias y monografías en que me he
posicionado a favor de la paz, la tolerancia y la coexistencia de todos los
credos y razas, y de pretender significarme con el ejercicio de mi labor
diplomática y de mediador internacional. Hasta el más chapucero chupatintas de
Fleet Steet ya sabe que en Downing Street se acaba de firmar mi nombramiento
como Ministro de Exteriores (dadas las circunstancias espero que hayan dejado
un espacio en blanco para la fecha) y que en Shanghai me espera todo un
acorazado para llevarme de vuelta a Inglaterra.
Me temo que mis
detractores también hayan acertado en llamarme charlatán o en titular “Robert
Conway, ese hombre de paja”, porque si acarreando la cartera de ministro
aplicara mis doctrinas tendría, por ejemplo, que licenciar a los ejércitos que
ocupan las colonias y dejarles cada país a los nativos. Pero me temo que mis sueños serán
humo y la burocracia engullirá mis aspiraciones, según otros tan ingenuas como
las películas de Frank Capra.
De momento estoy en un
escenario muy distinto a ese que me espera de escritorios ordenados con la
impersonalidad del poder y mullidas alfombras que amortigüen los pasos de los
conspiradores. Me hallo en el proceloso regreso de Baskul, en China, donde he
sido comisionado por la Sociedad de Naciones para evacuar a noventa
occidentales. Y así lo hemos hecho mi hermano George y yo, conforme nos
enviaban transportes aéreos desde Shanghai, abriéndonos paso cada vez en la
pista del aeródromo a través del pánico de una multitud de chinos. Declarada la
guerra civil, el ejército rebelde se hallaba a las puertas de la ciudad, y ya
irrumpía un destacamento enemigo en el aeropuerto cuando mi hermano y yo
despegamos en el último avión, pilotado por el bueno de Tenner, junto con los
últimos tres anglosajones.
Aunque después de muchos
apuros habíamos cumplido la misión y ningún hombre blanco había quedado en
tierra, tuve que beberme casi toda la botella de whisky que mi hermano había
encontrado, para dejar de pensar en que los diez mil habitantes de la ciudad, por
su fidelidad al gobierno, ya habrían empezado a ser pasados por las armas. En
su condición de chinos carecían del derecho a nuestra ayuda. Ahí tenía un
ejemplo de cómo se contradicen mi labor oficial y mis convicciones, la política
real y mi vocación. De ministro ocurrirá lo mismo: mi idealismo se integrará en
el sistema, no me atreveré a cambiar nada y el ideario de mi vida se hará
jirones como un cartel electoral bajo la lluvia, con las promesas
desprendiéndose de la cara del político.
Con la borrachera,
apenas reparé en los compañeros de viaje: Lovett, un timorato y pesimista
paleontólogo; un enojoso rollizo que me suena de algo, y una
rubia americana de pasado ambiguo y futuro aún más dudoso por culpa de la tos
que la desgarra. En seguida me dormí, seguro de aterrizar en Shanghai al día
siguiente, ayer.
Pero al despertar, además de la resaca, hube
de afrontar la noticia de que misteriosamente nos dirigíamos en dirección
contraria, hacia el oeste. Se subió la persiana de la cabina del piloto y por
un instante, antes de que volviera a caer, nos sonrió perverso un rostro mongol
que reflejó toda la inescrutabilidad que algunos achacan a los orientales. El
pobre Fenner habría sucumbido a sus artimañas. Dado que ninguno sabíamos
pilotar, era inviable atacarlo y solo cabía resignarse. Parecía evidente que
nos habían secuestrado. Como un cigarro en un corro de adolescentes, entre los
pasajeros cundió el nerviosismo.
A las pocas horas
aterrizamos en una altiplanicie, junto a una primitiva aldea mongol donde, aun
desconociendo el motor a explosión, nos aguardaban con gasolina suficiente para
repostar, lo cual hicieron en cadena. Sin habernos permitido bajar, el piloto
no tardó en despegar. Puso rumbo a una imponente cadena montañosa que no
supimos identificar: estábamos desnortados.
Volamos muy alto para eludir una tormenta,
arreció el frío y con el dolor de oídos y la angustia de la incertidumbre los
demás empezaron a mirarme de través, resentidos. Como líder público sin duda
era yo el objetivo –y a sus ojos el responsable- del secuestro y sin palabras
me exigían que hiciera algo. Intenté aflojar la tensión con una broma que tuvo
el efecto de una tarta en el cumpleaños de un enfermo terminal.
Para colmo, la chica
sufrió un ataque de histeria del que pareció contagiarse el avión, que se puso
a cabecear como un albatros herido. Por suerte habíamos perdido altura y el
piloto pudo improvisar un aterrizaje de emergencia en plena sierra. Gracias a
habernos refugiado en la cola y a la amortiguación de las mantas, ninguno sufrimos
daño. George y yo nos abalanzamos hacia la cabina, donde encontramos muerto al
piloto. Según sus mapas nos hallábamos en el Tíbet, en una zona ignota para el
hombre blanco, a casi dos mil kilómetros de la civilización, en la estribación
de un sistema montañoso de nieves perpetuas y con la amenaza –casi certeza- de
morir de hambre o frío.
Aunque intenté suavizar
la situación a los otros tres, George estalló y expuso a gritos la situación.
Cubrimos las ventanillas con mantas e intentamos dormir; tardé en lograrlo
sorprendido por la fragilidad de mi hermano. Esta mañana seguía nevando, pero
al menos George se había serenado. Acordamos que yo partiría en busca de alguna
tribu que los rescatara; era nuestra única oportunidad entre mil. Entonces los
vimos: como una comitiva de recepción a la vida, silenciosos entre la nieve y
sus pieles de abrigo, un grupo de tibetanos se acercaba al avión. El vigoroso
anciano que los encabezaba nos saludó en amable inglés. Con una expresión que
transmitía serenidad aun en medio de la tormenta, el tal Chang nos dijo que procedían
de un monasterio de lamas. Nos equiparon para la marcha y partimos hacia allá.
No ha sido una marcha
larga pero sí muy ardua, escarpada de vértigos y cortada de riesgos; hemos
avanzado a través de cornisas de nieve y equilibrados sobre nuestra propia
muerte, bordeando abismos por donde nadie acabaría nunca de caer, hasta que alcanzamos un angosto paso y de repente se han perdido el viento y la
nieve, nos ha acogido un cálido abrazo de bienestar y a nuestros ojos, bajo un
cielo como de invernadero que parece estrecharlo en sus brazos azules, se ha
dilatado un radiante valle protegido de la tempestad por altas montañas. La
Tierra Prometida.
Y camino del monasterio
que comparo a una utopía, experimento una paz digna de la felicidad o de la
muerte –las de un montañero recién coronada la cumbre-, y en esta primavera que
transcurre en medio del invierno, como si hubiéramos accedido a una dimensión
desconocida, a un tiempo especial que fluyera en el interior del tiempo, a un
espacio inmóvil en medio de la desgastadora rotación de la Tierra, un punto
fijo a lo largo de la edad, ya me parece haber estado aquí antes o que éste sea
el verdadero destino de mi vida, como si de siempre hubiera pertenecido a este valle,
que en vez de Londres fuera mi lugar de nacimiento, o aquél en el que moriré, y
ésta fuera mi verdadera patria –matria-, e intuyo que alguien muy querido y
hasta ahora desconocido ha conspirado para traerme aquí (quien ha contratado al
piloto, dispuesto el combustible en el poblado y enviado a los tibetanos a
rescatarnos de la nieve), el lugar que todo hombre tiene derecho a encontrar,
allí donde hallarán respuesta mis preguntas y todo será posible.
Sangri-La. Donde me
espera Ella, sea quien sea, mujer o muerte.
Cuando
despegó los párpados se vio girar la careta cóncava de la muerte por el sumidero
de un matadero y luego subir a través de la espiral de una pupila hasta
enfrentarse a su propia cara en una canica de ágata; creyó que solo había
despertado para verse morir y le lamió la mejilla un hedor húmedo y viscoso,
una lengua.
-¡Toby!
–gritó alguien de lejos.
Levantó
la cabeza del escalón, extrajo los brazos de entre los barrotes del pasamanos,
donde estaba crucificado, y logró ponerse a gatas y hasta levantarse mientras
desaparecía por la puerta la cola del foxterrier del vecino, en cuyo ojo se
había visto despertar. Abrió su estudio sin lograr convencerse de que cada
mañana el perro bajaba solo y que si alguien lo hubiera visto dormir –morir- la
borrachera, habría llamado al servicio de urgencias, porque aunque apenas
llevaba dos meses allí los vecinos ya debían conocerlo.
Ahora
no necesitaba mirarse en la pupila del perro para sentirse girar como una
piltrafa sanguinolenta por aquel sumidero. Eran más de las once: no valía la pena
presentarse en la oficina. Y a aquellas horas seguro que lo habían visto en la
escalera. Mientras hacía por ducharse, embadurnado que se sentía de la sangre y
el cieno de una batalla, descubrió que había perdido su americana más
presentable y que en la cartera, que junto al teléfono portátil recuperó de los
pantalones mugrientos, quedaban cinco de los doscientos euros que le había
adelantado el jefe para ponerse al día en el restaurante.
Pero
lo peor era que no recordaba nada de lo que le había ocurrido desde que
ingresara en el último bar de la tarde y de la consciencia; apenas conservaba
la imagen de un cuadrado de sol flotando en el mármol rosado de la barra con el
aspecto de una mancha de sangre; a partir de entonces podría haber matado a
alguien y no lo sabría, aunque en su estado él mismo hubiera sido la víctima
más probable de cualquier accidente. Al salir del baño lo recibió el estudio
con el malhumor de una amante abandonada, histérica y desaliñada –todo era
polvo y desorden-, el malestar estriándose en las sombras listadas de la
persiana de lamas que agonizaban en el suelo, y aunque el día parecía más bien
turbio se guardó de abrir. Cada esquirla de luz se le clavaba como una aguja en
los ojos: la claridad era la esencia de su dolor. Encendió el teléfono: ni
siquiera había una llamada perdida del jefe, que ya lo había advertido un par
de veces: podía darse por despedido. Lo que le hizo sentir peor fue recordar
aquel adelanto; era como haber engañado o hecho llorar a un niño. Por ejemplo,
a su hija.
Se
abatió en el sofá de tela estampada. Reptaba el olor rancio del tedio donde se
iba insinuando la podredumbre de la desesperación. Aun tendido se sentía
precipitar por la espiral de la pupila del perro, hundir con el lastre de los
desastres que había promovido sobre sí y los demás colgando del cuello como una
rueda de molino. Aquella cita bíblica se refería a los niños: otra vez su hija.
Muy adentro le sonaba el disco rayado de la culpa y de la vergüenza; era un
viejo maxi single de su juventud –años ochenta-, pero cada vez que terminaba
automáticamente volvía a empezar como un CD noventero, y eso que después de
veinte años –bebiendo- pensaba que el tocadiscos estaría roto. Logró alcanzar
el grifo del baño para abrevarse como un animal agónico.
Largo
tiempo observó a través de la mampara traslúcida cómo colgaba el cable de la
ducha desde el cabezal del grifo: parecía un ahorcado sólo algo más delgado de
lo que él estaba. Como alguien hipnotizado o un zombi obedeciendo una orden
insospechada, se dirigió a la cocina americana. Llamaron al timbre del vecino.
Desde el fondo de la mañana se acercaba la sirena de una ambulancia. Cuando tocaron
a su puerta dejó de tensar y enlazar el cable con un nudo corredizo y dejándolo
caer en el cajón corrió a abrir: sería bienvenido hasta un testigo de Jehová a
la pesca de prosélitos o un colega de la competencia vendiendo seguros.
Temiendo
que se fuera el visitante, gritó justo antes de descubrir que era el cerrojo
echado lo que le impedía abrir. En efecto, lo saludó la sonrisa profesional de
un hombrecito pelirrojo y de mediana edad pero con cara de niño, provisto de
maletín, que con voz cantarina intentó introducirse en el interior con la
clásica excusa de efectuar una encuesta para cierto departamento de sanidad.
Pese a las veces que habría repetido aquello, de su expresividad no se denotaba
que siguiera ningún plan establecido, como un actor que por enésima vez repite
su papel más exitoso. Le dio paso aliviado, porque, aunque le esperaba una
letanía de frases hechas, al menos aquello sería una voz humana, que además
parecía bien modulada, y disculpándose por la escasa luz encendió la lámpara de
cuentas de vidrio.
Al
hombrecillo no parecieron afectarle que no lo hubiera recibido ninguna madura
ama de casa, la clásica víctima de sus argucias, ni la visión de la torre de
platos sucios en el fregadero, de los cadáveres de ropa sucia tendidos al pie
del biombo que ocultaba la cama, o las pelusas arremolinadas como algas y
medusas bajo la mesita de mármol donde abrió el maletín para extraer un
portafolios negro. Tampoco ayudaba la decrépita luz de la única bombilla que
funcionaba en la lámpara, pero a él le bastó para cuestionar la elegancia del
visitante. De muchas rebajas atrás databa el traje azul marino, los pantalones
le hacían bolsas en las rodillas y la corbata ámbar con volantes verduzcos
provendría de la manta de algún africano. Se sentaron en el sofá y el presunto
encuestador empezó preguntándole su nombre.
-Félix
Puertas.
-¿Edad?
-Treinta
y nueve.
-¿Profesión?
-Estoy
de vacaciones –ganó tiempo; para retenerlo no quería decirle que también era
del gremio comercial-: soy tramitador de siniestros de una agencia de seguros.
-Ah,
pues recuérdeme que le haga una pregunta cuando terminemos… Sigamos. ¿Estado
civil?
-Casado.
-¿Profesión
de su esposa?
-Peluquera
–eso era cierto, pero con escaso éxito.
-¿Hijos?
-Una
niña, de cinco años. Está en el colegio –añadió innecesariamente. Desde que
había despertado intentaba en vano dejar de pensar en ella.
-Ah,
entonces como la mía –sus ojos aguamarina empañada parecieron demasiado
soñadores para que aquello fuera cierto. El problema de su sonrisa era la falta
de un incisivo, porque los hoyuelos de las mejillas eran lo bastante simpáticos
y la naricita respingona entre los altos pómulos, entrañable-. Esos diablillos
son irresistibles. La mía no para en todo el día y luego no hay forma de
acostarla. Ha salido a su padre, en lo activa.
Era
capaz de improvisar sobre el guión establecido: todo un profesional. Aunque
Félix se hubiera conformado con el automatismo de las frases hechas –al menos
sería una compañía-, aquellas variaciones eran mucho más agradables. Era el
momento de enseñarle una foto de Irene; al parecer ya no le dolía recordarla.
Se alegró más que antes de no haber extraviado la cartera; se le cayó el viudo
billete de cinco.
-Vaya,
parece una hermana morena de la mía –se echó mano al bolsillo interior;
¿llevaría una baraja de fotos para seleccionar la más adecuada? No obstante,
pareció cambiar de idea-. Su madre siempre le dice que se parece a Pipi
Calzaslargas. Usted también debe recordarla –dejó de pensar que aquel hombre
era un genio de la empatía para herirse con el recuerdo de algo esencial que
vergonzosamente había dejado de hacer el último fin de semana.
-¿Se
encuentra bien, caballero?
-Uf,
con esto de las vacaciones, y como mi mujer se ha ido a ver a sus padres al
campo, anoche vinieron unos amigos a tomar unas copas, y ya sabe.
-¿Y
echaron una partidita de póker? Sin hacer ruido para no despertar a la niña,
¿no?
-Claro.
Pero me desplumaron: perdí cerca de doscientos.
-Si
no se encuentra bien, me temo que no he sido muy oportuno.
-Qué
va, todo lo contrario –en efecto, el mal recuerdo del reciente fin de semana
había servido no solo para jurarse mentalmente que nunca volvería a olvidar
algo así, sino, por una vez, para creer que lo cumpliría.
-A
veces conviene desmarcarse de la rutina –se frotó los ojos; ¿llegaría al
extremo de confesar que también él estaba de resaca?-... Vamos a lo nuestro, si
es tan amable –no le gustó que retomara el cuestionario: tenía la certeza de
que en cuanto volviera a quedarse solo ocurriría algo irreparable-. Ahora me
gustaría saber si alguna vez su hija ha estado enferma.
-Nada
importante. Hoy día, con las vacunas, no hay ni sarampión. No es como en la
época de nuestros padres –ahora era él quien buscaba la complicidad del otro.
-Calcule
cuánta vitamina B2 y D puede tomar al día.
-…
No podría decirle, come en el colegio y… -el otro arrugó la frente y tachó algo
en sus anotaciones.
-Dígame
todo lo que sepa sobre la prevención de la meningitis.
-…
-¿Nada?
¿Y sobre los factores de riesgo de la leucemia?
-Tampoco
–los labios del interrogador trazaron hacia abajo la curva de la decepción.
-¿Algún
accidente doméstico?
-Nada
especial… Bueno, aprendiendo a andar se hizo un esguince en el tobillo. Estaba
jugando en el jardín –recién casado, tenía su propia sucursal franquiciada y
vivían en un chalet.
-Ahora
vamos a ponernos en una situación límite. ¿Qué haría si a su hija se le atraganta
un caramelo tráquea abajo y no alcanza a sacárselo?
El
hombrecillo se había envarado al borde del asiento, como un saltador de pértiga
antes de acometer la carrera: había llegado el clímax de su actuación. Félix temió
que lo hubiese adelantado; tal vez veía pocas esperanzas de venta y, como un
farol con poco en juego, quería jugarse cuanto antes sus pocas posibilidades.
Pero debía retenerlo por cualquier medio: intuía que la soledad le acarrearía
una catástrofe instantánea, algo en lo que no se atrevía ni a pensar.
-Me
temo, caballero, que mientras usted se lo piensa, su hija estaría pasándolo
fatal –sin molestarse en darle la respuesta adecuada, el pelirrojo extrajo un
folleto del maletín-. Voy a mostrarle algo que no debería faltar de la casa de
ningún buen padre: la Enciclopedia de la Salud, con un manual de primeros
auxilios incorporada, y por el mismo precio una Enciclopedia Universal
Ilustrada y Abreviada.
-Ajá
–simuló interés- ¿Y por cuánto me saldría?
-Voy
a decírselo: cuarenta y nueve euros al mes. Por todo.
Félix
se tocó la meditativa sien mientras el otro se removía, quizá sorprendido de
que llegara a planteárselo. Menudo truco barato; no sólo eludía decir el precio
total, sino la duración o las condiciones del préstamo.
-Ese
dinero apenas supone un café y unos cuantos cigarrillos al día. ¿No vale eso la
salud de su hija? –ahora su voz sonó sorda. Mordiéndose el labio inferior en
una mueca rapaz, extrajo un encargo de compra. Justo después, al moderarse,
pareció un niño ante el escaparate, a la espera de que sus padres asintieran a
su petición-. Cero euros de entrada y tendrá a su disposición la respuesta a
cualquier imprevisto. Y no olvide que muy pronto su hija va a necesitar ayuda
para los trabajos del colegio.
-¿Ha
oído hablar de Google?
Félix
se arrepintió antes de haberlo dicho; habría preferido pasar por tonto. Incluso
físicamente, al distraerse, se encontraba mucho mejor desde que había llegado
el visitante. El vendedor sonrió irónico a sus mocasines polvorientos; estaría
acostumbrado a rebatir esa objeción.
-¿Google?
¡Ja! Imagínese que en el caso del caramelo el ordenador se bloquea o que tiene
la mala suerte de dar con la página de un bromista o un desaprensivo que
aconseja hacerle el boca a boca.
-En
eso lleva razón.
-Naturalmente.
No crea que me avergüenzo de ser el último vendedor de enciclopedias del mundo
–se miró las uñas de la diestra, con el contrato en la otra mano, dispuesto a
rellenarlo a la menor señal de compra.
-Pero
en cuanto a información no se puede competir con Internet.
-La
información no tiene nada que ver con el conocimiento –respondió con excesiva
rapidez. ¿Habría encontrado la frase en Google o en una enciclopedia?
-Hoy
día en Internet la gente encuentra hasta el amor.
-¿Y
cómo resultan esas parejas? A los pocos meses ya no se aguantan. ¿Y qué me dice
del amor a uno mismo? –la cara de niño pareció desafiarlo a otro pilla-pilla-
¿También se encuentra en la Red la voluntad de seguir viviendo? ¿Espera
encontrarla en algún blog de autoayuda?
Para
dejar de sostenerle la mirada, se levantó y entre tintineos de cristal trasteó
en la vitrina del mueble bar lacado de castaño oscuro, mientras el otro
desgranaba argumentos de venta. Le encantaba oír la música de su voz aun sin
fijarse mucho en el significado de cuanto dijera. Enjuagó dos vasos cortos en
el fregadero, llenó la quinta parte de cada uno del whisky que había encontrado
y sin mediar palabra le plantó el suyo en la mesita al visitante, que lo miró
con los ojos entornados; seguro que no lo despreciaría; la vida de la calle
hace de los vendedores bebedores ciertos. Dejó la botella al alcance de la mano.
Pero volver a verse ante otra copa, aunque sabía que lo ayudaría a que la
resaca refluyera del todo, lo redujo a un desánimo automático. Miró en
dirección al cajón de la cocina. Lo mejor sería que aquel extraño se fuera
cuanto antes y todo acabara de una vez. Habló tras vaciar el vaso:
-Me
está pidiendo un imposible hoy en día: que tenga fe en una enciclopedia.
-Pues
yo tengo la suficiente fe para venderla, amigo.
-Lo
siento, pero prefiero dejarlo. Ni siquiera me ha dicho el precio total –la cara
de niño lo miró como si hubiera perdido su primera bicicleta.
-¿Y
eso qué más da? Sea cual sea vale la pena pagarlo, créame. Hágase a la idea de
que el precio total son cuarenta y nueve euros al mes, menos de dos cafés
diarios. Piense en el día a día y valore el presente, lo que vale cada momento
de su vida. Y no le estoy pidiendo ni un euro por adelantado. Hasta a un
mendigo le salen las cuentas, créame.
-¿Y
las condiciones de ese préstamo? No lo veo nada claro, la verdad, y preferiría
no hacerle perder más tiempo.
-¿Qué
préstamo? No piense tanto y limítese a aprovechar las ventajas. Piense en lo
útil que le va a ser el producto, lo que su hija aprenderá y los ratos de
entretenimiento que usted mismo va a pasar. Recuerdo que cuando era niño
gastaba las horas con la enciclopedia que teníamos en casa. La abría y podía
encontrarme con cualquier cosa; sin salir de mi cuarto tenía a mi disposición
toda la variedad imprevisible de la vida… Son catorce tomos de elegante
encuadernación que hasta le servirán para decorar esto –miró en torno
frunciendo la naricita.
-¿Usted
no bebe? –volvió a servirse; por suerte la botella estaba casi entera.
-De
verdad se lo digo, es una edición única.
No va a encontrar otra igual, en este folleto puede verla. Por culpa de los
ordenadores, poca gente tiene la suerte de tenerla y pronto dejará de venderse.
Me temo que cuando se agote ya no va a reeditarse. Así que está ante su última
oportunidad –se expresaba con una vehemencia que sugería que se estaba
refiriendo a algo mucho más importante que una enciclopedia.
El
whisky lo estaba reanimando; aquel hombrecillo volvía a hacerle gracia.
-¿Quiere
que le prepare un café mientras lo pienso? Es que se me hace raro comprar una
enciclopedia a estas alturas. La gente se reiría de mí.
-¿Qué
gente? –le clavó una mirada incisiva, como si pusiera en duda la catadura de
sus amigos o supiera que no le quedaba ninguno-. Y además, ¿no ha pensado que
gracias a la enciclopedia su hija vendría a estudiar aquí y podría verla con
más frecuencia que ahora?
Aunque
aún le quedaba más de la mitad, rellenó el vaso para hacerse el despistado.
Seguramente el aspecto del estudio no había engañado a la mirada experta del
vendedor.
-Es
un maravilloso e irrepetible compendio donde puede encontrarse todo lo
imaginable e inimaginable. Sabiendo mirar, claro está. Pero es facilísimo:
basta con querer. ¿O acaso no domina el orden alfabético? La voluntad, amigo,
con eso es más que suficiente. Basta un pequeño giro y todo puede cambiar. Y
recuerde que la han elaborado hombres muy sabios, no como esos blogueros
indocumentados –había algo más que convincente en su expresión, que hacía de
llevarle la contraria algo tan cruel como negarle a un niño el regalo de
cumpleaños.
-En
esa letra pequeña vendrán las condiciones –poco acostumbrado a que las amas de
casa fuesen tan puntillosas, a su interlocutor lo traicionó un movimiento de
inquietud.
-Qué
importarán las condiciones –le alejó el documento a través de la mesa-.
Cómprela por cuarenta y nueve al mes y disfrútela sin darle tantas vueltas a la
cabeza. Vamos, amigo, dígame que sí, por su bien, y nunca se arrepentirá. Me lo
agradecerá de por vida. Es un producto digno de usted –lo conmovió aquella
característica apelación a su orgullo-. Bastaría con que dijera “sí”. Ni eso,
me vale con un gesto de la cabeza o hasta con que quiera de verdad –blandió el
bolígrafo y lo miró con los ojos entrecerrados, como dispuesto a rellenar el
contrato al primer signo de conformidad. Félix pensó que si firmaba, el
pelirrojo no tardaría en irse, pero por algún motivo, si se iba contento, se
veía capaz de afrontar la soledad.
-Confíe
en mí, caballero, aunque de momento no esté del todo seguro, hágame caso y
antes de lo que piensa me dará la razón –ya estaba completando los datos del
impreso-. Es una cosa para toda la vida. Y además puede salvársela. Dentro de
poco se acordará de lo que le estoy diciendo. Y su hija se lo agradecerá.
-¿Y
cuándo me llegaría? –al otro se le iluminó la expresión; ¿habría coronado algún
objetivo de venta o se había deshecho de la última enciclopedia?
-Mucho
antes de lo que cree. Esto ya está, solo queda el número de cuenta.
Fue
a por la cartilla y se lo dictó con cuidado de no dejarle ver el saldo
negativo. El vendedor apuntaba engarabitando el pulgar y con la lengua sobre el
labio superior, como un alumno aplicado al dictado.
-Ya
puede firmar.
Mientras
lo hacía, ridículamente sintió la solemnidad del momento, como si estuviera
firmando una boda civil o la compra de una casa.
-¿No
me deja copia?
-Le
llegará con los libros; es que no tengo sello… Enhorabuena, señor –ya en pie
sintió su mano floja, inerte-: acaba de hacer la mejor compra de su vida.
Félix
se inclinaba a darle la razón: el hombrecillo era un maestro del negocio. Con su
vaso vacío, no recordó que al vendedor no le apetecía beber.
-¿Lo
celebramos con un trago? –el otro miró de través la botella y cuando parecía
que iba a servir él mismo, dejó al lado una tarjeta.
-Aquí
tiene mis números por si hay algún problema. Que no lo habrá –echó a andar
hacia la puerta-… Ah, lo que tenía que consultarle, usted que trabaja en los
seguros. Resulta que me han ofrecido un seguro de vida, llevo tiempo
planteándomelo desde que nació la niña –se detuvo en el umbral-. Es que me paso
la vida en la carretera. Normalmente trabajo los pueblos; en la ciudad la gente
es más incrédula, ya me entiende, pero hoy tengo el coche averiado. ¿Puede decirme si la compañía paga en caso de
suicidio?
-Nunca.
En ningún caso.
-Me
lo figuraba. Bueno, gracias por todo. Que tenga un buen día y mucha suerte –y
despreciando el ascensor desapareció sin hacer ruido por la penumbra del
pasillo. Félix pulsó el interruptor pero no funcionaba la luz.
Al
instante sucumbió a la sospecha de que lo habían timado; aquella enciclopedia
nunca llegaría –en vez de única sería inédita-, lo cual inexplicablemente le
infundió una sensación de regocijo, como si el pícaro hubiera sido él. Luego
volvió a imponerse la sensación de irrealidad; quizá solo había soñado
–delirado- la visita del hombrecillo, y para convencerse de lo contrario fue a
mirar la tarjeta que le había dejado en la mesa. No estaba. Tampoco la encontró
en el suelo.
Corrió
a la ventana por si aún lo veía en la calle. Subió la persiana y aunque lo
deslumbró la luz del día, que a través del plátano explotó en esquirlas, ahora
agradeció el resplandor de un sol que había acabado por salir. No vio al
pequeñajo por ninguna parte; ¿habría bajado a otros pisos para embaucar a otro
incauto? Sorprendido de su propia sonrisa fue a servirse una copa. ¡Había
desaparecido la botella! Miró en la cocina y en la vitrina, por si la había
guardado inadvertidamente: no estaba.
Sospechó
del pelirrojo; no había podido ser sino él, cuando se volvió a dejar la
tarjeta. Aunque pensaba no haberlo perdido de vista, se la habría ocultado en
el bolsillo con un movimiento de prestidigitador. Era cierto que no había
probado el whisky, pero recordó las miradas que había lanzado a la botella.
Sería uno de esos alcohólicos vergonzantes, o estaría intentando dejarlo y al
final no pudo resistirse. ¿Y aquella pregunta tan extraña que le había hecho al
salir? ¿Estaría el pobre tan desquiciado, y más viendo que había vuelto a
recaer, como para plantearse aquello?
Aunque
la botella era de malta y la última, volvió a sonreír deseándole que le
sentaran bien aquellos tragos. Ojalá lo animaran a seguir adelante, se lo
merecía. Seguramente él jamás habría pasado por alto, borracho, el derecho –y
obligación- de visitar a su hija los fines de semana. Pero tampoco a él
volvería a pasarle aquello. Cogió el vaso que el otro había dejado intacto y
cuando se disponía a beber, observó que el sol extraía del vidrio un reflejo
distorsionado e invertido de la sala y fue a vaciar el vaso al fregadero.
Volvió
a asomarse a la ventana. En la luz soleada ondulaba la calma de media mañana.
Varias amas de casa arrastraban el carrito de la compra como si llevaran palos
de golf. A lo largo del escaparate de la lavandería avanzaba con brío una
pareja de ancianos contra la tempestad de la vejez. En la esquina el peluquero
conspiraba con un conserje. Un día cualquiera de una ciudad mediana.
En
el cantero de flores de abajo brincaba el foxterrier del vecino, Toby; quizá
tras algún ratón, ahora hozaba entre los geranios, y las motas canela de su
lomo blanco brillaban entre las matas verdes; asomó jubiloso con una mancha de
barro en el hocico y, tras agitar las orejas y la cola, trotó y giró en una
finta y, trémulo de excitación, se quedó saltando sobre las patas traseras por
encima de los pétalos rojos del ramo, que se desmenuzaban, intentando atrapar
entre sus fauces una mariposa blanca, sin dejar de ladrar feliz y rampante,
como un emblema animado de la vida.
Mi nombre, Addie, Addie Ross,
está en boca de todos, porque aunque a muchas les pese soy el único tema de
conversación interesante en el condado. Ellas solo me creen vanidosa, pero
también soy lo bastante inteligente para reconocer que el ciudadano medio de
esa mediana ciudad es tan mediocre que desea lo mismo que el vecino. Y así,
como si sublimaran en mí todas sus frustraciones –ser tan inútiles que se pasan
el día entero haciendo cosas-, me he convertido en la mujer ideal de todos los
vecinos, en su fantasía favorita y el fantasma de su deseo (puedo ver
cualquiera de mis fotografías en el periódico local rondando por dormitorios y
cuartos de baño), y encarno los anhelos y el sueño colectivo de todos ellos,
desde los que mudan los primeros dientes a quienes empiezan a perderlos. Sí,
soy la única de la ciudad que, además de a Freud, conoce a Jung.
Pero además de objeto
de amor de los hombres, lo soy del odio de sus mujeres, me cubre la sombra
radiante de la envidia y el rencor de todas ellas, que saben que les podría
privar de sus maridos con un chasquido de mis dedos, y pretendiendo
reivindicarse en elegancia y distinción me imitan, con lo que no hacen sino
rendirme un homenaje involuntario y perpetuar el mito de Addie, Addie Ross. Si
un día me da por aparecer con un velo de gasa, la boutique de turno se quedará
sin existencias y al día siguiente una multitud de velos se agitarán a las
corrientes de la avenida como irredentos ectoplasmas. Por eso allí me sentía
una especie de artista plagiado por quienes creen que el talento puede robarse.
Así que hace una
semana alquilé mi dúplex, ayer mismo vendí el Buick y esta mañana he
desamparado la ciudad asfaltada de tedio, mausoleo de toda inteligencia erigido
en medio de ninguna parte, donde las ventanas parecen lápidas, el mejor sitio
es la estación de trenes donde evadirse de ella, y nadie sabe aún que el amor es
una vulgaridad, un deporte barato.
Allí siguen casándose.
Incluso yo lo hice, igual que un científico que hiciera de conejillo de indias
para su fórmula, por el gusto de probar en mí misma mi teoría de que el
matrimonio es el divorcio de la felicidad. A la vuelta de la luna de miel, Joe
salió a comprar una botella de whisky y al parecer aún no la ha encontrado. Quizá no pudiera pagarla, porque no tenía ni un dólar propio.
Desde que nos conocimos en profundidad, se quejaba de que yo era egoísta y presuntuosa,
una cínica que solo se preocupaba de impresionar a todo el mundo, y cuando me
convencí de que Joe no volvería me sequé por última vez las mejillas y me
alegré de que así las cosas no me sacaría ni un centavo.
Aunque en nuesto fugaz
matrimonio hubo algunos ratos que no despreciaba a Joe, nunca lo estimé tanto
como a los tres amores de mi vida, más allá de mis infinitos devaneos, los
hombres con quienes me habría casado –de uno en uno- si de veras hubiera creído
en el matrimonio. Me refiero a Brad, George y Porter. Por lo que también me he
convertido en la bestia negra de sus tres esposas, Deborah, Rita y Lora Mae.
A esas tres harpías les
he hecho un curioso regalo de despedida, una carta conjunta que les hará pasar
el día acongojadas de señales e intuiciones y las descarnará con los garfios de
la duda y la desconfianza. Les he escrito que me he fugado con uno de sus
maridos, sin especificar cuál; y como en calidad de damas del club pasarán la
jornada con los niños del orfanato de excursión en la isla, adonde no llega el
teléfono, hasta la noche no sabrán cuál de las tres es la abandonada. Las tres
se creen felizmente casadas y durante muchas horas se sabrán con un tercio de
posibilidades de haber arruinado su vida. Por supuesto, con una buena propina
me he ocupado de que les entreguen la misiva a última hora, cuando el
trasbordador esté a punto de zarpar. Ya que no podía fugarme con los tres a la
vez, esto era lo que más se acercaba.
Y también he esperado
el día adecuado en que las tres tengan por igual motivos para creer que sus
maridos se han venido conmigo. Brad terminará tarde su reunión de negocios en
la capital y pernoctará allí; en vez de irse de pesca, George se ha trajeado
para dirigir –gracias a mí- “Noche de Reyes”, lo cual ignora una Rita con la
que estos días apenas se habla; y esta mañana Porter se ha dirigido por
sorpresa a la estación. He estudiado tan minuciosamente la situación como si
hubiera apresado el fluir de la vida con los mecanismos del arte, ellos seis
fueran mis peones o actores contratados para representar una obra de mi autoría,
y los hechos cotidianos se vieran reordenados y sincronizados por las escenas
que sobre ellos, como una trama transparente, mi sabiduría hubiera superpuesto.
Así que no creo que
ninguna de ellas derrame ninguna lagrimita por mi ausencia. En todo caso
ninguna se merecía matrimonios tan ventajosos. Deborah venía de una granja y como
enfermera debió aprovecharse de alguna neurosis de guerra de Brad para cazarlo
en Europa. Rita es una parlanchina y poco agraciada escritora de culebrones
radiofónicos que con la excusa de los gemelos ni siquiera deja leer a George,
aunque sea profesor, el hombre más culto de la ciudad. Y Lora Mae, oriunda del
barrio más ínfimo, se valió de sus tórridos encantos para derretir la voluntad
de Porter, el rey de los frigoríficos.
Brad, el primero de los
tres, y yo parecíamos condenados a amarnos; procedentes del mismo medio social,
era el único con casi tanto dinero y clase como yo. Pero cuando ya habíamos
encontrado casa y decidido celebrar la luna de miel en París, lo llamaron a
filas y, en efecto, pasó a Francia, por un motivo muy distinto. En una disputa de
última hora causada porque miraba demasiado a no sé qué pelandusca, le dije que
no lo esperaría, y cuando empecé a responder a sus cartas por suerte él dejó de
escribir. Gracias a lo cual pude confirmar los rumores de que yo había roto con
él, y cuando aterrizó de la mano de la enfermera pude salvaguardar mi orgullo.
A George lo conocí poco
después, cuando me matriculé en su curso de escritura creativa de la facultad.
Fue un amor que cristalizó pronto. Lo convencí de que me prestara clases de
apoyo en casa y, el poco tiempo que dedicaba a redactar mis ejercicios, varias
veces lo sorprendí escribiendo poemas que se inspiraban en mí. Con la excusa de
componerlos pasaba las tardes conmigo, sus malos alumnos estaban encantados de
que ahora nunca corrigiera los exámenes, y era muy apasionado salvo si nos
dejáramos la radio puesta y empezaba el serial de su esposa. Sin embargo, al
año de nuestra relación, Rita se quedó embarazada (¿con quién lo engañaría?), y
con las complicaciones del caso él dejó de responder al teléfono y caducaron
los billetes que como sorpresa yo había comprado para París. Al publicar el
poemario, bastó que en la dedicatoria cambiara mis iniciales por las de Rita
para que nadie sospechara nada.
Respecto al
mastodóntico Porter, el príncipe de las lavadoras, la historia ha sido
diferente. Nos conocimos hace tiempo, éramos accionistas de la misma empresa y
me ayudó a invertir la herencia de la tía Mildred. Admiraba su férrea voluntad
y la iniciativa de emprendedor que elevaba hasta el techo sus gráficos de
beneficios. Debido a que en el terreno amoroso no tenía mucha confianza, lo
atribulaba una chica tan chic como yo, y en un momento de debilidad lo enlazó
Lora Mae. Decidida a desertar de la ciudad, me he decidido a hacerlo con él.
Era el más fácil de embaucar de los tres y el mejor partido. Sin embargo, esta
mañana, parece que mientras el mozo ya le subía las maletas al tren que debía
reunirlo conmigo en el aeropuerto (sí, teníamos billetes para París), de
repente viró de propósito y volvió a su penoso hogar. He logrado sonreír delante de la cotilla que sí tomó el tren y me lo acaba de contar. Y ahora siento alivio de
haber eludido a ese bruto sin cerebro que se obliga a calcular el precio de todo
lo que ve por la calle. Me imagino que la primera vez que se acostó con Lora
Mae le hurgaría en la ropa interior a la busca de la etiqueta de venta.
En resumen: seguiré mi
camino sin incurrir en el peor de los convencionalismos, una boda. El
matrimonio me odia… me he confundido, quería decir que odio el matrimonio.
Descubrí el cine clásico mexicano
casi por casualidad. Tenía bastantes prejuicios sobre la cinematografía
mexicana debido a que de niño acabé saturado de películas de Cantinflas que
todos los fines de semana programaban en sobremesa. Un día por casualidad y
estando aburrido en casa sin nada que llevarme a los ojos descubrí una película
cuyo título me resultaba llamativo, Víctimas del pecado, de un director cuyo
nombre no me era desconocido, nada menos
que uno de los actores de raza y fuerza que actuaba en una de mis películas
favoritas de siempre, Quiero la Cabeza
de Alfredo García, Emilio “El Indio”
Fernández.
La curiosidad me llevó a dar al
play en mi reproductor de DVD y para mi sorpresa la película me hipnotizó y
cautivó. Se trataba de una obra peculiar, con un huracán de mujer cubana llamada
Ninón Sevilla, una visión romántica de
los cabaret mexicanos y con una
fotografía y números musicales maestros e hipnóticos que regalaban a la
historia imágenes de pura raza
y de un salvajismo intenso, para nada habitual en las películas de
principios de los años cincuenta.
Este hallazgo me hizo indagar
acerca del cine de Emilio Fernández en particular y del cine clásico mexicano
en general. Es mi investigación descubrí un material con una alta potencia adictiva
en la que tus ojos acaban pidiendo que le procures mercancía al menos una vez
al mes para calmar su vicio y en la que la escasez de películas disponibles
obligaba a buscar camellos alternativos a Emilio “El Indio” Fernández, surgiendo
nombres como Roberto Gavaldón, Ismael Rodríguez, Fernando de Fuentes, Alejandro
Galindo, Julio Bracho y Alberto Gout.
Emilio Fernández es, en mi
opinión, el gran director de la época de oro del cine mexicano. Su cine de
corte nacionalista y fuerte apego a la tierra con un profundo amor a México su
tierra y cielos y a las tradiciones del pueblo mexicano en parte debido a la
influencia de su padre, un coronel de la Revolución Mexicana. Emilio participó
igualmente en un levantamiento revolucionario que fracasó lo que le llevó a la
cárcel. Huído de su reclusión emigró a EEUU donde empezó su carrera en el mundo
del cine como extra llegando a conocer a Sergei Eisenstein, cineasta que le
marcaría profundamente en su forma de hacer cine.
De regreso a México inició su
carrera como director y con la colaboración del gran fotógrafo Gabriel Figueroa
logró crear un universo propio, de cine
de autor, caracterizado por una enorme
fuerza paisajística en la que sus personajes se lanzan a la pasión sin ningún
tipo de maquillaje ni barrera. Sus películas contarán con un característico
tono de exaltación a lo mexicano que tanto hechiza al espectador europeo y con
un universo femenino fascinante obsequiando sus mejores papeles a las divas del
cine mexicano de la época María Félix y Dolores Del Río.
La Perla para mí es la obra
cumbre de Emilio “El Indio” Fernández. De una belleza fotográfica incomparable,
los fotogramas se convierten en obras de arte en movimiento que se desplazan a
través de nuestra pantalla. Obra muy influenciada por el cine de Sergei
Eisenstein, cuenta entre sus protagonistas a dos de los actores clásicos de la época de oro Pedro Armendáriz y a la
bellísima María Elena Marqués adaptando a la pantalla la novela corta de John
Steinbeck de mismo título.
Le película comenzará
mostrándonos una bella imagen de una playa mexicana con unas olas rompiendo
salvajemente en la playa y una figuras de mujer envueltas en un manto, cual
vírgenes rogando para que finalice el romper brutal del mar para que sus
maridos puedan ir a trabajar y ganarse
el sustento que tanto necesitan.
Acto seguido se nos presenta a la
pareja de pescadores indios protagonista, Quino y Juana, que viven en condiciones míseras junto con su
pequeño hijo. Quino vivirá obsesionado con la idea de encontrar una perla de
gran calidad que ayude a sacar de la pobreza a su familia. Pero mientras habla
con Juana de su sueño un alacrán picará a su hijo recién nacido. Asustados por
el acontecimiento acudirán con urgencia a la consulta del médico del pueblo, un
extranjero inhumano, codicioso, trastornado por la belleza de las perlas
y borracho que trata a clientes más que a pacientes. Conocedor del
estado de pobreza de la pareja se negará a asistir al pequeño a menos que le
ofrezcan el dinero que necesita para saciar su alma perturbada.
Desesperado por la falta de
asistencia a su hijo, Quino saldrá a
pescar en búsqueda de una captura que le proporcione el dinero necesario para
que su bebé sea atendido por el médico. La escena de la pesca y buceo está filmada con gran realismo y belleza y es
muy similar a la escena de pesca de atún que rodase unos años después Roberto
Rossellini en Stromboli con el añadido de unos preciosos planos de las
misteriosas nubes mexicanas fotografiadas al estilo del cine soviético con la
mano maestra de Gabriel Figueroa. Quino se sumergirá en la mar con
desesperación y encontrará una preciosa perla de incalculable valor.
La posesión de tan preciada joya
producirá un cambio radical en el trato de la gente del pueblo hacia la pareja
y en la forma de ser de Quino. La
indiferencia y desprecio se convertirán en lisonjas y zalamerías y la humildad,
solidaridad y dignidad de la pareja se transformará en egoísmo y desconfianza.
Emilio Fernández fotografiará en la escena siguiente a la localización de la
perla una espectacular secuencia musical
en la que se manifiesta la esencia de la festividad y alegría mexicana con unos
mariachis que anuncian el futuro que espera a Quino y Juana cuando cantan :
“Las perlas te dan riqueza, dicen que
también pesar, son lágrimas de tristeza
que vienen también del mar..”, secuencia muy del estilo a las escenas de
bailes del cine de John Ford.
La perla nos hará libres, afirmará Quino, pero nada más lejos de la realidad puesto que
la captura de la perla solo traerá sospechas, engaños y malicia a la vida de la
pareja. Acudirán a vender la perla a un usurero y estafador tasador, hermano
del indecente médico del pueblo, que tratará de mentir a Quino acerca del valor
real de la perla, haciéndole creer que en lugar de una perla de gran valor lo
que tiene es oropel. Quino no se dejará
engañar y no le venderá la perla al usurero.
Harta de los problemas que les
trajo la perla, Juana pedirá a Quino deshacerse de la perla para acabar con la
muerte y soledad que parecen acompañar a la piedra preciosa pero Quino
obsesionado con el deseo de riqueza no hará caso y matará en la playa a unos
ladrones que intentan robarle la perla. La escena de la lucha a navaja en pleno
mar es una de las cumbres de la fotografía del cine mundial y cuenta con la
icónica imagen de María Elena Marques mirando al horizonte con cara
descompuesta, fotograma símbolo del cine de oro mexicano.
Quino, convertido en asesino,
huirá con su familia a través del desierto en una persecución en la que la
familia no solo luchará por su
supervivencia, sino por la recuperación de su identidad y dignidad.
La Perla es un auténtico poema
visual en el que Emilio Fernández consigue transformar en imágenes el cuento
moral de John Steinbeck, haciendo un canto a la humildad frente a los falsos
ídolos que son la riqueza, la envidia y
la avaricia desmedida, un testimonio de la dignidad de los pobres frente a la inhumanidad
de los ricos y usureros, un himno a la humanidad desde la más profunda de las
miserias y una crítica a la injusticia y al carácter interesado y egoísta del
ser humano. Un retrato que no ha perdido un ápice de verdad y que refleja a la
perfección la condición de la que estamos hechos los seres humanos.
Obra de madurez de Emilio
Fernández, sus inspirados planos rodados en exterior, sus interpretaciones
contenidas con alto grado de reflexión y su puesta en escena contemplativa pero
a la vez llena de dinamismo hacen de La
Perla una de las cimas no sólo del cine Mexicano, sino del cine mundial. Si no
han visto la película ni leído el libro, están ante la oportunidad de descubrir
un relato que está arraigado en lo más profundo del alma humana.
Me llamo Ray Carver y escribo historias cortas; como ésta será la última,
espero que se alargue más de lo habitual. Hace una semana me pronosticaron un
cáncer irremisible y aquí estoy, tendido bocarriba y hablándole desnudo a la
oscuridad y al techo de esta habitación de hospital, que no tardará en
venírseme encima. He convencido a Tess de que se vaya a descansar a casa de una
amiga. Tengo la lengua de papel de lija y me gustaría tomarme una copa; pero aunque conozco un montón de bares
por aquí, la enfermera parece insobornable. La luz del pasillo recorta
las rendijas de la puerta, y a través del corredor se precipitan unos pasos. Pitan a descompás los goteos de los vecinos. Estoy cansado pero
no tengo sueño. Me revuelvo en la cama, recordando que anoche todavía dormí en
la mía y sin dar tantos tumbos; ya no volveré a acostarme en ella, y ni
siquiera me despertaré para ver en libertad la luz del día ni las calles de la
ciudad, ni volveré a saltar al estrépito de los atascos a beber en ayunas
aquellas bocanadas de monóxido y vida.
Al levantarme hoy todo estaba tranquilo, los sordos reflejos del amanecer
flotaban en la pared: era muy temprano en una mañana de domingo. Después de la
ducha, me asomé a la ventana del dormitorio: la humedad brillaba en las aceras
y en los techos de los automóviles. Aspiré un rastro de tierra mojada
procedente del parque; un límpido resplandor fulguraba en el aire. Ya no
llovía, pero entre sueños había oído el tictac de las gotas en el cristal y el
rodar de los neumáticos sobre el asfalto húmedo. Las copas de los
plátanos cabrilleaban, y aún goteaba el metacrilato de la marquesina. Aterrizó
un estornino en la cornisa y ahuecó las alas esparciendo una miríada de gotitas
de agua. Parecía que mi desesperación se contuviese con aquellas nubes color
uva morada que se acercaban por el oeste, dispuestas a descargar su ira en
cualquier momento. Me pregunté hacia dónde estaría orientada mi habitación del
hospital, pues no sospechaba que, ciega total, carecería de ventana. Ahora
mismo tiendo la mano hacia el aire que sale por una rejilla y no logra borrar
el rastro a desinfectante.
Envidiable, el estornino echó a volar silbando. Cogí la maleta de cuero
negro, donde había reunido mis objetos personales, y sin mirar atrás bajé a la
calle. Había acordado con mi médico que ingresaría aquí esta mañana. Han sido
muchas las habitaciones que he abandonado en mi vida, innumerables los
apartamentos que he habitado, puerta tras puerta, en el sombrío pasillo del
pasado. Lúgubres y luminosos, áticos y sótanos, amueblados o vacíos. De algunos
me iba por voluntad propia y de otros desahuciado, alucinante y alucinado,
víctima de mi carácter variable o de la escasez de fondos. De unos me fui con
pena y de otros horrorizado; sin esperanzas o con la euforia del fugitivo,
dejando atrás un montón de botellas vacías y papeleras llenas de borradores.
Pero nunca había sentido lo que esta mañana mientras cerraba tras de mí, como
si fuese la tapa de un ataúd, la puerta de la última casa de mi vida.
No escuchaba mis propios pasos por los corredores y la escalera. En el
primer rellano me crucé con un vecino que traía un periódico bajo el brazo y,
desplegándolo, me negó el saludo, como si se le hubiera aparecido un fantasma
cotidiano. Repiqueteé la contera del paraguas contra los barrotes de la
barandilla y me golpeé la rodilla con la maleta, para asegurarme de mi
corporeidad.
Había un taxi estacionado al final de la calle y decidí tomarlo, porque aunque
el hospital no estaba lejos, caminar a través de las calles que conozco tan
bien me resultaría demasiado lento, y no me gustan las despedidas largas. Ya empecé
a añorar hasta la inminencia de catástrofe que en las resacas solía acometerme
a los primeros pasos y me hacía temer desplomarme de un momento a otro. Era
curioso desayunarse con aquel cóctel de nostalgia y rabia a partes iguales. Si
bien son los trayectos desconocidos los que parecen alargarse, aquel camino a
pie se hubiera hecho interminable, atravesado de recuerdos, cruzado de
arrepentimientos y de los desvíos de viejos errores. Era la cuarta o quinta vez
que me había mudado a ese barrio.
Al pisar un charco, advertí que tenía puestas las zapatillas con suelas
de goma: por eso no podía oír mis pasos. Me reí de mis aprensiones, recordando
que llevaba meses sin hablar con el tipo del periódico; habíamos discutido por
el ruido que yo hacía de noche. Le deseé más suerte con mi sucesor.
Un diminuto taxista calvo que apenas alcanzaría los frenos con los pies,
yacía repantigado en su asiento, con la puerta abierta. Al darle la dirección, arrancó con tal
brusquedad que me vencí sobre el respaldo de cuero y la maleta cayó al suelo.
Emprendimos una carrera por las calles casi desiertas de un
domingo por la mañana. Arrollamos un contenedor que salpicó de inmundicias el
parabrisas. Pese a que los
portales y locales y escaparates se deslizaban raudos por la ventanilla, una
inédita clarividencia me hacía consciente, palmo a palmo, de cada manzana y
tramo de la calle. Cada cruce o esquina desvelaban mi pasado, cobrando una
significación propia; incluso junto a una furgoneta brilló cierta cabina desde
la que hablé con mi primer editor. Disfrutaba por última vez de la visión de la
ciudad donde había escrito y amado, bebido y sufrido. Allí estaban, sobre todo,
los bares y los pubs que han acabado por arrastrarme aquí.
Nos saltamos un semáforo en rojo, y a un lado atisbé el neón insomne del
Ernie’s. A continuación venía el letrero apagado del Yellow Sky, de donde me sacaron con tres costillas rotas;
apenas recuerdo haber sostenido una silla contra unos ojos desorbitados.
Enfilamos la Avenida Central y
nos disponíamos a atropellar a un anciano que cruzaba trémulo en su bastón,
cuando el taxista dio un volantazo que me arrojó sobre la puerta derecha. Vi
por la ventanilla trasera cómo se agitaba el bastón al aire; no hacía falta que
nos maldijera, en lo que a mí respecta.
Sucesivos árboles y buzones y quioscos corrían a los lados; se fugaban las
siluetas de los transeúntes. Tomamos la curva de la esquina del Blue Camel y me
pareció que varias sombras danzaban en su escaparate. Hacía un montón de años
que al fin había conseguido declararme allí, después de muchas copas, al primer
amor de mi vida, y hasta le recité un poema con la mano cogida, pero ella
sonrió y me pidió que le repitiera todo porque la música estaba muy alta.
Después seguí bebiendo hasta que me pareció oír a los pájaros, y me llevaron
por primera vez a aquella clínica.
Me abofeteaba el viento que entraba por una ranura como para mantenerme alerta,
haciéndome lagrimear. Aunque la distancia era corta y
la velocidad hacía vibrar los asientos, creí que jamás llegaríamos al hospital. Me
pregunté si el taxista habría entendido la dirección, se había equivocado de camino
o simplemente daba un rodeo para aumentar el importe de la carrera. En todo
caso, se estaba ganando una generosa propina, pues yo no quería llegar nunca
aquí: quisiera que aún estuviéramos callejeando sin rumbo por la ciudad; ojalá
siguiéramos circulando por ella hasta que la gasolina y mis fuerzas se agotaran.
Como la cabeza no le asomaba por el respaldo, por un instante pensé que el taxi
se conducía solo.
Volvió a derrapar frente al zócalo de piedra del Flannagan. Ya no
recuerdo si fue allí o en otro pub irlandés donde me gasté el dinero que había
ganado con mi primer relato invitando a todo el mundo una y otra vez. Me
desperté a la mañana siguiente debajo del mostrador y decidí irme al campo para
trabajar de peón en cualquier granja y seguir escribiendo. Era una buena idea,
pero antes de una semana estaba de vuelta. Es lo que suele pasarme, que las
cosas prometan y luego no marchen. Espero que el asunto este de la muerte no
resulte tan desastroso.
Los frenos chillaron y me abalancé contra el asiento delantero. Habíamos
frenado justo detrás de un monovolumen negro, del que apenas nos separaba el
grosor de un cabello: desde su interior nos enfocaron unos ojos en blanco. A su
vez, había tenido que detenerse en la esquina de una plaza, ante la pancarta de
Stop que mostraba un operario. Lo vi sostenerla con desgana, apoyado el mango
en el hombro, la espalda sobre una tapia en ruinas y los pies cruzados. Era un
cuarentón de bajos párpados y sonrisa estólida, con el mono plagado de
lamparones, que ahora intentaba encenderse un pitillo con la otra mano, y cada
vez que fallaba bajaba un poco más la cabeza. Detrás, un camión de la obra
pugnaba por pasar entre dos furgonetas pitando con el claxon. El taxista escupió
un juramento que no obstante me pareció poco convincente, como si más que la
parada maldijera la inutilidad de aquel mechero o la impericia del conductor
del camión. Bajé el cristal hasta que se atrancó la manivela y al otro lado de
la valla vi una hormigonera que vomitaba grumo gris y las espaldas de varios
obreros agitándose al fragor de las perforadoras. El operario sostuvo ahora con
firmeza la pancarta de Stop y una nube de humo al fin le borró los rasgos; el
camión carraspeó y pasó entre las furgonetas.
Me puse a contemplar la recoleta plaza de mi izquierda, rodeada de
edificios bajos, desconchados y de balcones torcidos. Tenía un purpúreo jardín
con arriates de flores en el centro, delimitado por una verja cuyos barrotes de
hierro colado finalizaban en pomos, cierta zona acotada para perros y una
fuente seca de formas cilíndricas e infestada de palomas.
Junto a la calzada, jadeaba un ciclista sentado en el césped, brillante
la frente y los ojos cerrados; la bicicleta yacía a su lado y la rueda
delantera aún vibraba al vacío. Se caló una gorra roja y, abrazándose las
piernas, ocultó el rostro entre las rodillas.
Pitaron desde la fila de automóviles que se había formado detrás nuestro,
y el taxista refunfuñó. Por algún motivo los cláxones me animaron a seguir allí,
cuando bien podría haber caminado hasta el hospital, cuyas últimas plantas
sobresalían de las antenas y pararrayos, pintadas de un blanco terrorífico y
recorridas de hileras de pequeñas ventanas. Pero ahora quería aprovechar al máximo
aquel retraso, observando con fruición lo que ocurría a mi alrededor, tan
decisivo para mí como intrascendente en apariencia. Era la última oportunidad
de ver trazada en las facciones de la gente y en las líneas y ángulos del mundo
exterior la geometría definitiva –sin duda irregular- de mi vida.
En medio de la plaza se erguía una niña pelirroja, de falda a cuadros
albinegros y jersey oscuro de cuello vuelto, sosteniendo inmóvil una comba, que
había quedado ondulada en el suelo como una serpiente muerta. Apoyado en una
cabina, la miraba con indiferencia un niño más bajo, de camiseta azul hasta las
rodillas y gorra con la visera invertida, que cuando dejaba de bostezar comía a puñados de una bolsa de palomitas. Al pie del contenedor se
había enroscado un gato atigrado. Cierto joven rapado y cetrino, provisto de
una cazadora tachonada de clavos y blancas zapatillas, aguardaba con las manos
en los bolsillos junto al portal de uno de los edificios más destartalados. Arrugando
la boca, miraba con rabia hacia el punto de fuga de su dudoso futuro. Una diminuta
anciana jorobada se empinaba en vano intentando arrojar una botella por la boca
del contenedor de vidrio, sin dejar de apretarse el bolso contra el pecho como
si fuera su pequeño nieto. Recliné la cabeza en el respaldo del asiento.
El cielo parecía de plomo; se agitaron las ramas de los plátanos, y en el
horizonte se disgregó una bandada de pájaros. Denegó el
limpiaparabrisas y creí que lloviznaba, pero en realidad eran mis ojos por
donde bajaban aquellas gotas, pues notaba el paladar salado y el taxista sólo
limpiaba el parabrisas de los restos de basura. Amaba a aquellos desconocidos y
de un tirón hubiera podido componer las historias de sus vidas hasta que habían
venido, esta mañana de domingo, a encontrarse en mi última visión de la ciudad,
como también me hubiera encantado escribir sobre los destinos que les aguardaban,
una vez que se fueran bostezando de aquella plaza tan aburrida.
Se abrieron las nubes y el jardín ardía a la luz del sol. Y ahora que
recuerdo lo que entonces sucedió, me parece que las ciegas paredes de esta habitación
rebrillan en un escorzo fosforescente. Desde sus parterres refulgieron los
pétalos carmesíes y amarillos de las rosas y los claveles, y las hojas de los
plátanos temblaron a la brisa del río. De la cima de aquella fuente que parecía
seca borboteó un chorro, centelleó en el aire y por un instante reflejó el
arcoíris. Las caléndulas y las amapolas inflamaron sus corolas a la luz
llameante; el césped rezumaba gotas de rocío que relampaguearon como diamantes.
Las palomas despegaron de la fuente, y hasta un globo aerostático a cuadros
rojiblancos bogaba por el cielo azul berilo y su sombra ya resbalaba por la
plaza.
Me incorporé, apretando el puño del paraguas hasta que los nudos de
madera se me clavaron en la palma de la mano. Por la acera renqueaba una hoja
de periódico, y al lado se abrió la ventana de un entresuelo, dando paso al
torso desnudo de una joven. En su piel cobriza se licuaba la miel del sol, sus
pezones se erigieron al frescor del aire y, al soltarse varias horquillas, una
fulgente catarata de cabello cayó por sus pechos. El chico de la
cazadora se acercó y la abrazó hundiéndose como un suicida
en aquella cascada del pelo. Calle abajo se alejaba la bicicleta de carreras
del ciclista; su espalda adquirió una posición aerodinámica y el maillot oro
brilló antes de desaparecer por una esquina. La niña rubia se había puesto a cantar y a saltar a la comba.
Una bolsa de palomitas cayó al césped y el niño propinó una patada al gato, que
huyó maullando, el lomo erizado y la cola de punta. Al tintineo de un cristal,
la anciana jorobada sacó de su bolso otra botella que volvió a embocar en el
contenedor.
Un golpe metálico me indicó que al operario se le había caído al suelo el
cartel de Stop. Se había quedado traspuesto, entrecerrados los ojos y las
mejillas flojas, recostado en la tapia donde había deslizado su espalda hasta
sentarse en cuclillas. La colilla del cigarrillo temblaba en sus labios. Comprobé
que habían desaparecido la valla y el camión, la hormigonera y los obreros. Delante,
la calzada estaba despejada y la perforadora había enmudecido. Blasfemando, el taxista
pulsó el claxon, y el monovolumen arrancó y me volví. Por la ventana trasera
observé que la escena de la plaza se alejaba hacia el pasado, y si yo no lo
evitaba, hacia el olvido. Muy pronto, conmigo, desaparecería para siempre todo
aquello, que en su mera cotidianeidad me pareciera único –último-: la bolsa de
palomitas y la niña, la anciana y el ciclista, el chico rapado y su novia. Esos
desconocidos continuarían con sus existencias independientes; pero aquellos
radiantes instantes de armonía que ellos mismos habían logrado en una
coreografía inconsciente, no me sobrevivirían si no los ponía por escrito;
probablemente sus mismos protagonistas los habrían olvidado antes del almuerzo.
Justo entonces algo me rozó la
pantorrilla y un sordo zumbido vibró en el suelo del coche; abrí los ojos,
aunque me costó trabajo despegar los párpados –como cuando se los nota húmedos
al despertar-, y advertí que el paraguas se me había deslizado de la mano.
Volví a percibir el rugido de la perforadora: en realidad seguíamos parados. El
taxista encendió la radio y, a los sones de una musiquilla burlesca, comprendí
que había sido yo, y no el operario, que aún mantenía en alto la señal de Stop
y pisaba la colilla del cigarrillo, quien me había dormido, repantigado en el
asiento. Me dispuse a bajar el cristal de la ventanilla, y al notarla atascada,
recordé que ya lo estaba antes de quedarme traspuesto. La luz del día había
vuelto a agrisarse; los destellos del sol sólo habían reído en mi sueño. Limpié
el vaho de la ventanilla con la mano y vi que el ciclista permanecía sentado bebiendo de
una botella verde. La comba yacía enroscada a los pies de la niña, que se
hurgaba la nariz. El niño arrugó la bolsa de palomitas en una pelota y la
arrojó hacia la fuente, de nuevo seca. Junto a una bolsa de basura seguía
agazapado el gato. El joven rapado se frotaba las manos y
pateaba de frío; no tardó en darse la vuelta y alejarse cabizbajo, con las
manos en los bolsillos. Seguía cerrada la ventana del entresuelo, con el viento
tableteando en sus postigos azules. La anciana dejó caer la botella, que se hizo añicos en el suelo, y extrajo un pequeño paraguas del bolso. Las gotas de lluvia ya chasqueaban en las hojas de los árboles y se mataban
contra las ventanillas del coche. El taxista hizo sonar el claxon y puso en
marcha el limpiaparabrisas, que ya no confundí con mis párpados, al comprobar
cómo restañaba la lluvia y no las otras gotas.
Ojalá siguiéramos allí. Quisiera aún estar en el interior de aquel taxi,
oyendo cómo la lluvia redobla en el techo -sin pensar, como ahora, que así es
como la oiré sobre mi lápida-, mientras que los números del taxímetro se acercan
al infinito y me quedo dormido: esta habitación sólo sería el decorado de otra
pesadilla y no la antesala de la muerte.
Vuelvo a doblar la almohada; la
rendija de la puerta traza una línea de luz y reconozco la cadencia de los
latidos que acelerando los míos se acercan por el pasillo: sus pasos. Al crujido del picaporte,
un rectángulo iluminado se abre lentamente.
-Oh, Tess, ¿eres tú? ¡Dios mío, menos mal que estás aquí!... No he pegado
ojo, dándole vueltas y vueltas a lo mismo… Sí, el argumento de un relato. Traes
las manos frías. ¿Se ha quitado el viento?... ¿Sí? Pero dime, ¿no sigue
lloviendo? ¿Qué tal día hace? Cuéntame qué demonios está pasando por ahí afuera...
¿Hay mucha gente? ¿Y los atascos?... ¿Has pasado por una plaza con un parque y
una fuente? ¿No habrás visto por casualidad a una niña saltando a la comba o a
una vieja que no para de tirar botellas?... Cuéntame, cariño, cuéntamelo todo. ¿Cómo
está la calle? ¿Hay tiendas abiertas?… ¡No es
posible! ¿Tan pronto? Sí que estoy desorientado... Parece mentira que ya esté
anocheciendo...