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viernes, 27 de abril de 2012

SOBRE LA ENTRONIZACIÓN DEL CINE COMO “ARTE TOTAL”

y del ulterior derrocamiento de su vieja corona, centelleante de los grises y los tecnicolores del recuerdo (I)


Todavía no me explico cómo me olvidé ayer de abundar en la congelación y el retraso del tempo de Visconti al incluir algún flashback tan superfluo como aquél en que, con tono de comedia, dos correligionarios de Tancredi visitan Villa Salina; ni por qué, más allá de mi insomne ajetreo, publico los blogs con uno o dos días de retraso, ni me he molestado en eliminar los datos desfasados por los cien metros lisos –jamaicanos– del tiempo. Acaso me hago la ilusión de que así gano a vuestros ojos en naturalidad: hoy estoy optimista y al levantarme a punto he estado de saltar en el colchón de la felicidad.

En efecto, What / It’s a wonderful life! ¡Qué bello es vivir! Ha madrugado un radiante sol naranja –calabaza– mostaza con una gota de kétchup tipo alba en “Muerte en Venecia” (a cuántos amaneceres hubo de asistir la troupe hasta que a Luchino le convenció uno), o mejor, estilo “Lawrence de Arabia”, puesto que prendí una cerilla para fumar a hurtadillas en el velador, la soplé y en fundido encadenado, después del humo, una luz fuliginosa exaltó la vidriera.

¿A qué se deberá, pues, este rapto de agónica euforia digno de un maníaco depresivo, de Hölderlin antes de tirarse al río, de Schumann antes de imitarlo en el Rhin, el Robert del primer movimiento de la Renana o el último de la Primavera –me niego a buscar en internet el número de opus–? ¿Será por lo mismo que, después de cierto encuentro deportivo, me hace admirar a Wagner, Goethe, Nietzsche, Mann, Michael Schumacher y, excepto a Merkel, a todo lo que suene a voluntad de poder de lo germánico teutón? ¿Provendrá mi alegría de que por fin Alma (mi hija: se empeñó mi malheriano tardío suegro; yo hubiera preferido Ada o Vera –no Lolita, por Nabokov) nos haya dejado dormir tres horas enteras?

Concluyo que le debo el regocijo a mi madre, que esta noche va a intentar que Alma evolucione de su nihilismo de raíz heideggeriana a posturas más camusianas, lo que nos valdrá a la consorte y a mí algo que ella lleva tiempo solicitándome: una cena romántica al titilar de las velas. Así que le voy a tomar la palabra y, hamburguesa al vuelo, la arrastraré a una pequeña sala que esta noche proyecta en su titilante pantalla la romántica “Jenny” (me valdría cualquier película anterior a 1959, año de defunción del cine –me habéis cazado: “El Gatopardo” es posterior–) con la seguridad de que esta vez no se volverá enfurruñada al confundirla, por la catadura del local y de los furtivos espectadores, con un cine X.




Parecerá arbitraria la alusión al año 59, en cuya cosecha, por ejemplo, “Sed de mal” sella para siempre el género negro con el lacre en filigrana de su plano secuencia inicial. Curioso, muy curioso que el arte más joven haya sido el más rápido en crecer –entre los balbuceos del cine mudo–, y madurar como un adolescente prodigioso, para después de una apoteósica y fuliginosa carrera de cometa a través de su cielo superpoblado de estrellas –en una trayectoria idéntica a la de Rimbaud–, caer y decaer en un anquilosamiento prematuro de viejo avaro, y morir chocheando, como el expoeta que visitó el Infierno, víctima de la negra gangrena de la codicia, en la presente industria de chalanería, en el trillado tráfico de banalidades y lugares comunes, en la actual reivindicación de toda zafiedad y aburrimiento.




Que en los preciosos veinticinco años que corrieron fulgurantes entre 1934 –una vez que Hollywood aprendió a hablar de verdad– a 1959 coincidieran en California semejante concurso de talentos capaces de crear cientos de obras maestras por año, debemos agradecérselo a Hitler, gracias a cuyo escalpelo se produjo un trasplante sin precedentes de genios provenientes de Viena o Berlín, que hizo de Los Ángeles la siguiente capital del Imperio Austrohúngaro (de ahí la obsesión de Berlanga por Kakania), al estilo del típico castillo escocés llevado piedra a piedra a la cima de una colina del Medio Oeste. Y antes de seguir recapacito en que con la contundencia de mis asertos compenso las frustraciones de mi condición de ínfimo empleado de banca tiranizado por su esposa e hija, contrito socialdemócrata heterosexual, y amilanado culé de raza bronceada deshidratada por mor de mis fumatas y caminatas.

Así que nos encontramos, además de un póker de magnates (es decir, analfabetos) judíos dispuestos a invertir en el cine, con toda una invencible Armada del espíritu –la mayoría judíos–, un Parnaso portátil, que, provenientes de todos los campos artísticos imaginables, dignificaron, como hace mi madre con las cacerolas, los múltiples oficios necesarios para la elaboración de una película. Y justo cuando después de un sinuoso camino llego a la encrucijada de mi tesis, demostrar que el cine ha suplantado a la ópera como arte total, compendio de todos los demás, antes siquiera de haber empezado a demostrarla, tengo que sentarme sobre la hierba a recobrar el aliento. Pero no tomaré aún la bifurcación que me lleve de vuelta al Gatopardo, ni me desviaré por ninguno de esos atajos que tanto me atraen porque a ninguna parte llevan, sino que en la próxima entrega prometo llegar a mi destino.

De momento me conformo con dejaros un ejemplo de la clase de “Dream Team” del arte que precisa cualquier película genial, los títulos de crédito de “Ciudadano Kane” (cada uno de sus partícipes llegó a ser único en su arte; incluso el montador, Robert Wise, un director imprescindible), porque de los sollozos de la cajera y los exabruptos del jefe deduzco que hoy tenemos un descuadre en las cuentas acaso de más de trescientos euros, y de todos modos mi hermano, incrédulo con razón del número de visitas que le digo estoy obteniendo, me escribe que acorte la extensión de los blogs. Internet es más instantáneo que el Nescafé, me repite siempre dándome a entender que ando desfasado. Y lleva razón, pienso, recordando que ya no podré cumplir aquello de vivir deprisa, morir joven y tener un bonito cadáver.

Título: Ciudadano Kane
Título original: Citizen Kane
Dirección: Orson Welles
Año: 1941
Género: Drama, Intriga
Reparto: Joseph Cotten, Dorothy Comingore, Agnes Moorehead, Ruth Warrick, Ray Collins, Erskine Sanford, Everett Sloane, William Alland, Paul Stewart, George Coulouris, Fortunio Bonanova, Gus Schilling, Philip Van Zandt, Georgia Backus, Harry Shannon, Sonny Bupp, Buddy Swan, Orson Welles
Guión: Herman J. Mankiewicz
Productora: RKO Radio Pictures, Mercury Productions
Casting: Robert Palmer, Rufus Le Maire
Departamento artístico: Perry Ferguson
Departamento musical: Bernard Herrmann
Dirección: Orson Welles
Dirección artística: Van Nest Polglase
Efectos especiales: Vernon L. Walker
Fotografía: Gregg Toland
Guión: Herman J. Mankiewicz
Montaje: Robert Wise
Música: Bernard Herrmann
Sonido: Bailey Fesler, James G. Stewart
Vestuario: Edward Stevenson


                   

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