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lunes, 30 de abril de 2012

SOBRE “EL GATOPARDO" DE LAMPEDUSA Y VISCONTI (IV)


Hoy está cayendo la de París en “Casablanca”, el maldito día en que Elsa no llegaba a la estación y había que subir al tren de la tristeza y la desesperación, y ojalá las lágrimas de la lluvia hubieran disuelto, con las de la carta de ella, las letras de mi Seat Córdoba y de las únicas escrituras que como apoderado del banco he firmado esta semana, cierta vivienda expoliada a una familia, que desde esta mañana integra el botín de uno de esos piratas que por todos los océanos han repartido el pánico de esta recesión sin fondo –ni fondos– . Me consta que este bucanero ha enterrado su tesoro en el paraíso fiscal en alguna isla de la Tortuga, y como también es cliente preferente nuestro, se ha hecho con el piso por cuatro doblones que no tardará en doblar.

En definitiva, otro Caloggero Sedara gatopardino, cuya sórdida vulgaridad cabalga sobre la tempestad de una crisis que, como a un surfista genial, acaba por exaltarlo al poder deslizándolo por la cresta de la ola de la política.




De modo que hago por redimirme de mi relación con el anfibiano especulador pensando en su sosias Don Caloggero (el padre de Angelica –rosa nacida del estiércol, belleza que surge de la corrupción–), cuya desgarbada figura, –la pajarita torcida, el frac de gaviota paticoja–, ya debería haber aparecido en el primer párrafo de este blog, como irrumpe en el Palacio de Donnafugata dejando una estela de irrisión, sin dar cabida a ninguna reseña sobre unas vicisitudes privadas que precisamente intento olvidar escribiéndoos: al menos no he perdido el gusto de zaherirme. Me gustaría ejecutar mi trabajo con la indiferente pulcritud, la técnica exacta de Pepe Isbert en “El Verdugo”.



Lo cierto es que el astuto Don Caloggero, alcalde de Donnafugata, representa el lado material del espíritu de los nuevos tiempos. Gracias a la revolución acopia una fortuna que redondea expropiando a diestro y siniestro en nombre del ideario garibaldino y desamortizando bienes eclesiales –su igual en mezquindad, el Padre Pirrone, lo odia como a un doble–, que él mismo compra mediante testaferros. En definitiva, un rapaz descendiente de fenicios que sube con la espuma de la marea del oportunismo.




No es raro que ante semejante personaje, sólo un poco más acaudalado que zafio, tanto Lampedusa como Don Frabizio desconfiaran de la pureza de una Reunificación proclamada sin ningún voto en contra por mor de unas elecciones innecesaria pero significativamente trucadas por Don Caloggero, en un pueblo donde quedaba gente que mucho creía deberle al pasado. Estratégico, el Príncipe sacrifica una torre con tal de conservar la corona, y se traga el sapo de recomendar –con la hipocresía episcopal con que los Padres predican en pro del P.P. (con tantas “pes” iniciales, apenas me contengo de emplear otra)– un voto que, contrario en apariencia a su estirpe, contribuirá a adaptarla al nuevo medio y la hará perdurar varias generaciones más. Como no quiero repetir la famosa frasecita de “cambiarlo todo…”, diré que podando su árbol genealógico evitará que lo talen.

Y es por eso que para mimetizarse en la Historia, ahora lo que tendrá que metabolizar el Príncipe, como el camaleón en que se ha convertido, será al insecto de Don Caloggero, es decir, habrá de permitir que alguien tan chabacano entronque con la familia. Porque gracias a la boda con la hija del ruin, Tancredi sale de la ruina: el dinero no huele, y Angelica pulirá el deslumbrante diamante de su belleza –como Audrey Hepburn en “My Fair Lady”– para triunfar en sociedad.

En cualquier caso, y pese a lo mucho que intenta convencerse de lo contrario, el regusto que a Don Fabrizio le deja el bocado es tan aborrecible que a veces parece que será él, en lugar de Tancredi con Angelica, quien tenga que acostarse con Don Caloggero en el tálamo nupcial. Por otra parte, es lógico que muchos se indignaran de que Lampedusa personificara tiempos tan heroicos en la figura de Sedara.

Y me doy cuenta de que todo el tiempo he estado hablando de la novela mientras la pensaba con las imágenes de Visconti, incorporando con sus probables imágenes lo poco que eludió de la novela, lo cual se debe, además de que Visconti es grande –y fiel, a Lampedusa, al PCI) y yo pequeño –e infiel, si pudiera–, a la equivalencia de ambas.

Nuevo ejemplo de esto es la secuencia que os comentaré en la próxima entrega, en la que se se nos muestra la desaparición del Príncipe por el foro –más bien su huida del foro político–, su pública retirada de todo lo que no fueran sus actividades de astrónomo –como si en las lejanas estrellas contemplara el olvido de su nombre, el frío ineluctable de su destino–, una vez arreglado el matrimonio aun a costa de su hija Concetta, perenne enamorada de un Tancredi más sucesor del Príncipe que su gris hijo Francesco Paolo.

Y llegados a este punto me pregunto cómo librarnos de los Don Caloggeros actuales, acaso más elegantes y distinguidos, y de mejor –peor– familia; y de vuelta a casa, ya que en la notaría no he mostrado el renovado valor de mi hermana al programar a Victor Young y he estampado mi nombre junto al del miserable, lo único que se me ha ocurrido para purificarme del contacto reptilíneo de su mano ha sido emparedarme media hora en el cubículo de la ducha, pero un cinéfilo no puede hacerlo sin temer que en cualquier momento sombree la mampara la silueta feroz de una anciana que blande un puñal tan afilado como los violines de Bernard Herrmann.   


1 comentario:

  1. Jajaja. Miedo da el momento ducha. Y más si escuchas la música...

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