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viernes, 26 de octubre de 2012

CON LA MUERTE EN LOS TALONES


             
                              

Ahora que he asesinado por control remoto a ese fastidioso histrión de George Kaplan, que a estas horas yacerá acribillado por la avioneta fumigadora –por fin privado de recuerdos, de su omnisciencia sobre mí-, surgen dificultades con Eve. Lleva esquiva toda la mañana, responde con monosílabos y mantiene la mirada en un punto indeterminado del pasado. Por una vez no ha reaccionado a mis caricias y la he dejado sola en la habitación para pasear por el centro de Chicago.

Serán los nervios. Ha sido ella quien ha cazado a Mr. Kaplan con el señuelo del sexo; a mí no me importa que utilice su cuerpo como cebo, pero ella siempre ha sido muy sensible a la cuestión. Más que de su carne, soy prisionero de su espíritu, y me encadena la apacible dulzura de su carácter. Como a otras muchas, la conocí en una de aquellas fiestas de la alta sociedad; el éxito es el imán de la belleza: las mujeres lo detectan tan fácilmente como a un homosexual. Cuando me presentaron a aquella joven diseñadora industrial, todo el mundo pareció enmudecer y me hirió la mano el vidrio de la copa quebrada. Tal vez solo debí contratarla para la empresa sin introducirla en la KGB. También se dice que no hay que mezclar la devoción con el trabajo, pero los genios no sabemos segregar la vida de la obra.

Al principio yo solo tenía una fábrica de piensos en Netwark. Y pese a mis modales refinados, a mi encanto natural y al acento británico –papá insistió en enviarme a Eton-, todo el mundo me daba de lado; resultaría demasiado intelectual y retorcido para la burguesía americana. Así que, como me sobraba tiempo, pasaba los fines de semana en Nueva York; por curiosidad asistí a un par de mítines, y antes de darme cuenta me estaban entregando mi carnet del Partido en aquella polvorienta oficina de seguros que empleaban de tapadera. Y al poco ya estaba aquel agregado de la embajada soviética ofreciéndome el negocio de mi vida, alimentar a todos los pollos de Kazajistán a cambio de ciertos informes de la Cámara de Comercio que tenía a mi entera disposición.

A partir de entonces me cambió la vida. Como no soy muy valiente, me puse a reclutar subagentes que me procurasen el material. Pero el método más fácil consistía en contratar por un fijo a un fotógrafo y a una joven que en Washington se dejase querer por cualquier senador de otro estado. Al poco canjeábamos los negativos de varias entrañables fotografías por un maletín obeso de información confidencial. A los dos años yo alimentaba a todos los pollos de Ucrania.

Las medidas de las chicas eran cada vez más vertiginosas, los senadores más viejos, y los informes de más alto secreto. Hasta que la semana pasada me hice con el protocolo del Pentágono en caso de guerra nuclear y lo he trasvasado al microfilm que llevo en el bolsillo de arriba de la camisa, muy cerca del corazón. Solo en la primera página consta lo que está dispuesta a tolerar la Casa Blanca antes de desatar la tormenta de neutrones. ¡Un éxito personal de Vandamm –yo-, el número uno de la KGB en América, justo cuando la Guerra Fría está más caliente! Y eso que he tenido que sufrir la persecución, como un remordimiento, de ese Kaplan.

El malestar de Eve es un precio barato por haberme librado de él. Espero que sea pasajero; ella se ha convertido en mi mano izquierda, mientras que Leonard es la derecha: soy zurdo. A Leonard lo conocí en Nueva York, en una conferencia que ofrecí sobre la coexistencia pacífica; me fijé en aquel tipo que en una hora entera no separó de mí sus ojos fanáticos, y que mientras los asistentes abandonaban la sala se quedó en su silla como la viva estatua del asombro.

Si desde el principio hubiera encomendado a Leonard suprimir Kaplan, las cosas no se habrían enrevesado, pero confié en Joe y Vince, el lanza cuchillos que vi en el circo. George Kaplan, el más versátil agente de la CIA, tan escurridizo y sutil que aún lo he habíamos visto la cara, inaprensible como un fantasma, ineludible como la muerte, venía siguiéndome a través de Filadelfia, Boston, Detroit y Nueva York. Había logrado que mi propia sombra llegase a pesarme. De no ser por Eve, lo tendría aquí, en Chicago, y de hecho, ahora que recorro la Avenida Michigan, no paro de volver la cabeza creyéndolo mezclado entre la multitud.

Anteayer Joe y Vince lo interceptaron en el vestíbulo del Hotel Plaza de Nueva York, donde se alojaba, y me lo llevaron a Glenclove, a la residencia de Mr. Townsend, que cuando tiene sesiones en la ONU pernocta en Nueva York y no sospecha que su ama de llaves lleva afiliada al Partido desde 1919. Ante nosotros Kaplan optó por interpretar el papel de Roger Thornhill, un inocente ejecutico neoyorquino. El FBI le habrá cambiado la documentación; a los espías nos sobran los nombres. Dentro de su teatralidad su representación fue convincente, pese a que le constaba que yo era el único crítico cinematográfico que podía desenmascarar su arte. Al estilo de ese Cary Grant de las películas, saturaba de ficción al espectador, lo hacía creer en la imposible verosimilitud de su actuación con el artificio de no pretenderlo. Con una falsa confesión de irrealidad, lograba que su papel fuera real.  

A un hombre se le mide por sus enemigos, y Kaplan es –era- un rival digno de mí. Encargué a Joe y Vince que tras haberlo emborrachado de muerte lo introdujeran en un Mercedes y lo precipitaran por el acantilado. Pero el tipo se rehízo, enderezó la dirección y acelerando huyó hasta lograr atraer la atención de la policía. Mis hombres tuvieron que volverse y a él, como agente del gobierno, los polis lo escoltarían al hotel para que durmiera a gusto la borrachera.

Ayer seguía en su habitación del Plaza, y como se confió, mis hombres lo sorprendieron allí, pero los muy inútiles lo dejaron escapar hasta el edificio de la ONU. Debió creer que allí lo protegería el habitual dispositivo policial. Olvidó que el Presidente visitaba Coney Island. En el interior se cruzó con Mr. Townsend, y mientras lo avisaba de que estábamos ocupando su casa lo utilizó como escudo humano contra el certero cuchillo de Vince. Volvió a escaparse y no a cualquier sitio, sino a la estación de trenes, donde subió al Expreso Siglo XX pocos minutos después que yo. ¡Sabía que me venía a Chicago y en medio de tantos apuros allí estaba, inevitable como un recaudador de impuestos!

Los de la CIA intentaron engañarme haciendo ver que perseguían a Kaplan-Thornhill por el asesinato de Townsend (como si el primero se hubiera vengado del segundo creyéndolo implicado en su secuestro de la víspera), y siguiéndoles el juego yo le envié a Eve para que se hiciera la encontradiza y, presuntamente atraída por él, lo escondiera de la policía. ¡Al fin encontré el punto débil de ese impecable agente: las rubias! Él simuló no tener billete con tal de pasar la noche en el departamento de ella. Leonard y yo viajábamos en el mismo vagón. Aunque no soy celoso, no plegué ojo; como siempre que se queda a solas conmigo, Leonard me miraba con los ojos empañados de un perro fiel.

A la llegada, mi enemigo le dio a Eve el número de su contacto en la CIA para que ella telefoneara por él y le facilitaran el lugar y la hora del encuentro con su enlace en Chicago; temería que los nuestros lo atraparan. Para escabullirse de nosotros, incluso prolongó la farsa carnavalesca de su huida de la policía disfrazándose de mozo. Pero a quien Eve llamó fue a Leonard, que le ordenó darle la dirección de ese descampado donde la avioneta ya lo habrá fumigado a conciencia.

Voy a llamar a Eve desde esa cabina; ya se habrá recuperado y no querrá perderse la subasta. Pujaré por alguna pieza donde esconder el microfilm para pasarlo por la aduana. Espero que ella nunca me deje de lado. He decidido que ésta sea mi última misión.  Hasta Eve y Leonard lo ignoran. Tengo dispuesta una ruta de huida al Caribe; también habrá que ocultarse de los rusos: los espías no se jubilan. Se acabarán los mensajes en clave, los maletines, los silenciadores. Eve me hace muy feliz y solo los desdichados pueden seguir asesinando durante mucho tiempo.

Pero si algún día me traicionara e hiciera lo que aquellas familias de Netwark que no querían presentarme a sus hijas casaderas, tendré que regresar a este maldito país y volver a amaestrar las serpientes del odio y tramar la destrucción de toda esta gente que desde el principio se ha conjurado para no aceptarme.                       
                                                                                                                                                                                                                                                                     

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