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miércoles, 17 de octubre de 2012

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD



                  


Ahora los relojes se me paran, en los clubs las chicas han dejado de sonreírme si no les enseño un billete de cincuenta, y a mi paso se funden las bombillas y las flores se marchitan incluso en la exuberante Hawái. Hasta los subordinados me saludan con desgana a mí, su capitán, a quien hace bien poco, del miedo que me tenían, llamaban “dinamita” Holmes. Y tampoco bastaba con que mis superiores siguieran ignorando mis advertencias de que cualquier día los japoneses atacarán una base tan desguarnecida como Pearl Harbor, ni con que el general Slater cambiara de conversación cada vez que me refería a mi ascenso, ni con que mi aburrida y cursi esposa me engañara –encontré un hirsuto y retorcido pelo rubio en el lavabo-, sino que además he tenido que dimitir del Ejército.

Toda la vida soñando con ser oficial y casarme con una mujer como ella, para acabar destinado a un agujero como éste de Schofield, Hawái, y hace años desterrado de la cama de Karen. Ella me acusa de que por mi culpa perdió a nuestro hijo. Al parecer volví borracho y me quedé inconsciente la noche que iba a dar a luz y necesitaba a un médico, de modo que lo perdió y quedó incapacitada para concebir otro. Pero nada de esto habría pasado si, expulsado de su dormitorio, no hubiera tenido que buscar consuelo en la calle. Cómo me conmueve recordar la fila de chicas entre las que habría podido elegir en Wisconsin, la mayoría más atractivas que Karen –debí sospechar de la aureola frígida y puritana que la rodea-, pero ninguna con su familia ni tanto dinero.

Para tolerar esta existencia atroz, vacua, inerte –y a la vez plúmbea-, no tenía más remedio que evadirme por las noches (de retreta a diana), al Kalahua Inn, al Mambo Club o al Long John Silver’s Parrot, y dejar que las pupilas me sirvieran un ron tras otro y me coronaran de pámpanos y me colgaran collares de flores en un carnaval de risas y músicas y luces que no por falaz –mi buen dinero me costaba- me divertía menos. Y ahora que tendré que volver a los Estados Unidos, me pregunto si el modesto empleo que encuentre en la vida civil me permitirá siquiera parodiar semejantes fiestas en algún motel de carretera con el neón opaco de polvo.

Para mis escapadas contaba con la ayuda de mi mano derecha, el único soldado competente de por aquí, el sargento Warden, un hombretón honesto y atractivo, en quien puede derrocharse la confianza. Ducho en el papeleo, perito en la instrucción y con carisma entre los hombres, podía delegar en él sabiendo que todo lo dispondría casi tan bien como yo, de haber tenido la voluntad o energía suficientes. Es un tipo válido para cualquier cosa menos para presentárselo a tu novia.

Fue él quien me trajo, aquella infausta mañana, al soldado Prewitt, aquel joven que parecía tan tímido e indefenso, procedente del cuerpo de cornetas. Yo lo había admitido porque era el instructor del equipo de boxeo, lo había visto combatir en una velada memorable y necesitábamos un peso medio para el campeonato. Y me encontré con que el muy testarudo se negaba a boxear desde que un golpe suyo había dejado ciego a no sé qué compañero de entrenamiento. Por un simple accidente estaba dispuesto a perder todas las ventajas inherentes a formar parte del equipo; tenía que ayudarlo a recapacitar.

En el ejército, el boxeo no es ninguna tontería; mantiene alta la moral de los hombres, y a mí me servía de entretenimiento en este pozo de tedio. Además, preveía que si ganábamos el campeonato, me rehabilitaría en la estima de mis superiores; últimamente en el club me evitaba hasta el limpiabotas. De modo que, como Prewitt insistía en despreciar su talento, prescribí a los hombres que por su bien le aplicaran el “tratamiento”. A ellos también les afectaba su negativa, ya que el equipo vencedor se gana diez días de permiso. Por el calado de su mirada nocturna debí advertir que el propósito de Prewitt no sería maleable, pero confié en su aire apocado, inerme.

El “tratamiento” consistía en hacerle cavar zanjas, barrer el patio, fregar los platos, dar vueltas al campo de entrenamiento o realizar marchas de diez kilómetros bajo el sol, todo lo cual yo esperaba que le sirviera de entrenamiento; pero a ese potro indómito no había forma de embridarle la voluntad. Parecía disfrutar derribando al polvo mis ilusiones.

El equipo de boxeo era mi único aliciente en el cuartel y ahora Prewitt me derrumbaba el castillo de naipes de mis ilusiones. Nadie sabe lo duro que puede resultar servir en una ratonera como ésta, tener que ir de resaca a la comandancia a firmar los papeles que Warden me tenga dispuestos y luego volver a casa a afrontar la cara mustia de Karen, que se sumía en un silencio tan glacial que me obligaba a volver a la ciudad a sumergirme en las luces y las risas y las copas de los barrios alegres. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme toda la noche discutiendo con ella? ¿Recordarle que en Fuerte Bliss se acostó hasta con el ordenanza? No me habría importado siempre que lo hubiera hecho con discreción; mi reputación andaba en juego.

Prolongando el “tratamiento”, el sargento Galovitch le arrojó a Prewitt un cubo de agua sucia desde el cuadrilátero y le ordenó fregarla. Se negó a hacerlo y, de no mediar el sargento Warden, le habría preparado un consejo de guerra por insubordinación. Y ahora se me ocurre que, sabiendo lo mucho que dependía de él, el sargento abusaba de su influencia conmigo y me convencía de cualquier cosa… Sí, bien mirado, es un hipócrita que todo el tiempo habrá conspirado contra mí para ocupar mi puesto. Y también caigo en que reconoció que se iba a presentar al examen de oficiales justo el día que Karen me pidió el divorcio. ¡Es de su cabellera de donde procedía el pelo del lavabo! ¡No contento con hacerme la cama, se acuesta en la mía con mi mujer! ¡Resulta que no puedo tocarla salvo con “mi mano derecha”!

Tanto confiaba en él que todo lo firmaba sin leer y seguramente le habré firmado una autorización para investigar en el regimiento. Y hablando de eso, al fin logré que Prewitt peleara, pero en una reyerta privada contra Galovitch. Boxeaba tan bien como yo recordaba. El problema fue que los de la investigación me vieron presenciar la pelea sin detenerlos, lo cual, con el resto del informe, me obliga a dimitir si quiero eludir un consejo de guerra.

Ahora me esperan la vergüenza y el oprobio. Al oír mi nombre todos denegarán con la cabeza renegando de mí, o más bien afirmarán con ella, dando a entender que ellos bien sabían cómo acabaría yo. ¿Quién me iba a decir que ese Prewitt sería mi enterrador, con ese aspecto desvalido e inocente, el típico del que se puede abusar sin riesgo? ¡Que lo atraviese el rayo de mi maldición y caiga fulminado en la primera zanja!

Y en cuanto al resto del ejército, ¡ojalá los japos arrasen Pearl Harbor y todo nuestro acantonamiento en Hawái y los jefes para siempre se arrepientan de haber ignorado al capitán Dana “dinamita” Holmes!    
                                                                                                                                                                                                                                                                 

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