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viernes, 5 de octubre de 2012

EL GOLPE (THE STING)



                
                   


 Me temía que el mejor momento de mi vida caducara en cuanto Henry emergiera del peor de la suya, con los federales en los talones y oculto en mi casa de amores. Amores de los clientes y mío por él. ¿Me pasaría como con los otros hombres, que me abandonaron en cuanto se les aclaró el nublado de su futuro y les renacía el sol de la buena suerte?

Timador genial, Henry se había excedido con aquel senador al que le vendió el paquete entero de las acciones de una irreal mina de diamantes en Sudáfrica, y ahora yo disfrutaba cuidándolo como a un niño en cuarentena que mientras tanto al menos no se expone a los peligros de la calle. Era la primera vez que dormía con el mismo hombre tres meses seguidos. Eso sí, tenía que simular que no me daba cuenta que a veces se encerraba en la habitación de alguna pupila –todas lo adoran- y que bebía más de la cuenta. Pero nunca me había sentido así, sabiéndolo todo el tiempo bajo mi techo, como si me hubieran liberado la paloma roja del corazón y la sangre me fluyera como un torrente.

Lo más bonito era al amanecer, cuando se había ido el último cliente, y en un carnaval de risas, luces y músicas, él les ponía a las chicas el tiovivo en marcha y a cada vuelta, como si funcionara al revés, a ellas les florecían unas mejillas que al subir estaban ajadas de insomnio y parecían retroceder a la infancia, otra vez inocentes, haciéndose la ilusión de que todavía no habían conocido a ningún hombre y montando a chillidos aquellos caballitos como si media hora antes no hubieran cabalgado con gemidos fingidos sobre cualquiera que hubiera pagado los treinta dólares de rigor.

Hasta que con aquella tormenta nos llegó la mala nueva del asesinato del viejo Luther Coleman, entrañable amigo mío y antiguo socio de Henry mientras aún se dedicaba a los timos de pequeña monta. Lo había hecho un sicario de Doyle Lonnegan, a uno de cuyos emisarios, inadvertidamente, el viejo había camelado. A Luther Henry lo apreciaba y admiraba más que a nadie y aquella noche se rindió al ron añejo, siempre propicio a la nostalgia de las amistades.

A la mañana siguiente se nos presentó en casa Johnny Hooker, el heredero, por así decir, de Luther, con quien había efectuado el timo fatal, un chico rubio atractivo y en apariencia manejable y frágil como un pierrot de porcelana, cuya cara dulce y radiante de ingenuidad enmascara un ingenio de viborilla y una insaciable sed de vengar la muerte de Luther, su padre espiritual. La verdad es que, aun con los problemas que todavía nos acarrea –lo persigue la bofia y la gente de Lonnegan-, la visita de aquel chico tan escurridizo le vino bien a Henry; lo activó y despertó del estupefacto estado en que lo sumían la inacción, el alcohol y el sexo gratis. Y por otra parte Jonnhy encontró en él al padre o hermano mayor que acababa de perder con la muerte de Luther. El padre adoptivo que todo artista busca.

Henry acogió a su modo las ansias de venganza de Johnny. La única forma de timar a un timador de pajarita e ínfulas de respetabilidad como Doyle Lonnegan, príncipe invisible de gánsteres y rey clandestino del juego, de alma tan negra que es capaz de desatar una matanza por un puñado de níqueles, sería planificar una estrategia genial que nos permitiera darle una dentellada a su fortuna sin que se supiera víctima de un engaño, sino de la mala suerte.

Celebramos un cónclave en casa, ya que todo el gremio apreciaba a Luther y quería colaborar. Entre los más grandes, J.J. Singleton, Kidd Twist, Eddy Niles y el propio Henry, decidieron aplicarle a Lonnegan el “truco de los caballos”, timo grande donde los haya y en desuso desde hace diez años. Esa misma noche asomó por aquí el agente Snyder, grasiento de malignidad y sudando desconfianza, al que a duras penas disuadí de que registrara el local con la advertencia de que podría sorprender a cierto superior en plena acción. También a Snyder le hemos reservado un interesante papel al final de nuestro show.

Porque en realidad de eso se trata, de elaborar toda una película que le resulte verosímil a un único espectador –pero tan avisado como un crítico-, Doyle Lonnegan, con Henry como director y actor principal. Al día siguiente nos pusimos en acción y empezamos a rodar. J.J. se ocupó del escenario, es decir, alquiló el local que transformaremos en presunto garito de apuestas donde intentaremos que Lonnegan pierda un millón de dólares; Eddy detectó una línea que da los resultados de las carreras, y Twist efectuó entre los chicos el casting que seleccionara a los cuarenta extras que necesitamos para crear ambiente en el local.

Aunque todo el mundo colaboraba, no era fácil financiar el proyecto, y con la crisis el negocio está en mal momento, ya que aunque no faltan los primos, en la calle escasea el dinero. Así que para conseguir fondos y trabar conocimiento con Lonnegan, como supimos que su única debilidad es jugar en una selecta partida que se celebra en el expreso Chicago-Nueva York, nuestros dos actores principales sacaron billetes de primera clase y con cincuenta dólares Henry convenció al revisor de que lo dejaran participar en el juego. Incluso yo tenía un pequeño papel: le robé a Lonnegan la cartera haciendo que tropezaba con él en el pasillo del vagón; aprendí a hacerlo de niña y es mi especialidad. Tenía quince mil dólares, lo justo para poder jugar.

Se trataba de que Henry interpretara el papel del dueño del garito que estábamos montando, un tal Mr. Shaw, un irritante borracho que le ganaría un dineral al mafioso, el peor perdedor del mundo. Es decir, haría mejores trampas que él, excitándole el apetito de la revancha. Y todo salió según el guión: Henry es más rápido de manos que un prestidigitador, lo sabré yo. Y por suerte ha dejado de beber desde que emprendimos esto.

Y luego entró en juego Johnny, que hacía de secretario del enojoso Mr. Shaw. Se “sinceró” con Lonnegan confesándole que su jefe había ordenado robarle la cartera y solicitándole ayuda para desmontarle a Shaw el salón de apuestas clandestinas. Si Lonnegan aportaba el capital, él obtendría con margen suficiente la información del caballo ganador. Parece que ese cojo del demonio ha mordido el anzuelo, aunque en el guión se nos ha olvidado inventarle al secretario un motivo para que odie a su jefe, una mujer habría bastado. De todas formas, con los mordiscos que da ese tiburón, hasta el final no podremos respirar.

Anoche Henry volvió a casa con la sonrisa pintada en la cara; hacía tiempo que no lo veía tan contento y, como al besarme temblé y me detectó el miedo de que me deje cuando hayamos terminado con Lonnegan, me susurró al oído que se quedaría conmigo hasta que yo me hartara de él. Como si eso fuera posible. Entre sus brazos me echó a volar la paloma roja del corazón y la sangre se me impulsó como los rápidos de un río.

Hasta ahora no he encontrado a nadie como él. Siempre me ha fallado la suerte, la bolita se me paraba en el negro y ahora sé que todo me lo juego en esta apuesta de caballos. Mi vida no ha sido precisamente alegre, pese a pertenecer a lo que por ahí llaman “vida alegre”. A los nueve años perdí a mis padres en un accidente de tren. De mi casa solo me llevé a Tiny, un foxterrier que hasta Henry ha sido el único que no me ha fallado. Me recogió mi tía, que estaba loca, y cuando me envenenó al perro me escapé de su casa. Tenía catorce años y no quiero recordar lo que pasé en la calle hasta que encontré a mi primer protector. Al menos a partir de entonces empecé a cobrar. En aquella época la paloma debía haber volado más alto que nunca, pero estaba enjaulada.

Por eso ahora tendrá esta ansia de cielo.        

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