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martes, 4 de diciembre de 2012

DOS CABALGAN JUNTOS


                  

Sesteaba yo en el soleado porche de mi existencia, las botas en la baranda, el cigarro prendido y a mano la cerveza y la madura belleza de Belle, la dueña del salón, sumido en la paz de Tascosa que será el sueño de cualquiera de mis colegas del Oeste, cuando llegó mi viejo amigo Jim Gary, teniente del ejército. Sediento y polvoriento, me miró envidioso de mi condición de sheriff del pueblo más pacífico de Estados Unidos. Traía órdenes de llevarme por cualquier medio a Fort Grant.

Se sorprendió Jim de la facilidad con que accedí a desertar de aquel festival de los sentidos, verdadero ensayo para el Paraíso donde, estragado de placeres, se consumaban mis apetitos antes de condebirlos. Por el camino le expliqué que pese a todo su exigencia había sido una escapatoria para mí. Belle me había ofrecido aumentar mis beneficios del salón, del diez por ciento que habitualmente se lleva el sheriff, al cincuenta: un sutil medio de ofrecerme su mano. En los asuntos humanos, una puerta de cristal invisible puede separar la felicidad de la abominación.

De modo que el bueno de Jim me sacó más que yo a él, porque hasta que no llegamos al fuerte, no supe qué se esperaba de mí. En las afueras se tendía un campamento de colonos que me han aclamado como a su salvador, lo que me ha hecho sospechar. Si hay un papel que la Historia ha demostrado fatal tanto para el elegido como para los que precisan de él, es el de salvador de nadie. Y estos histéricos que de nada conozco me han sonreído, los vítores en los ojos, como si justificaran los tortuosos caminos de su destino solo por haberlos traído a mi encuentro.

El mayor Frazer ha confirmado mis temores. Toda aquella gente ha perdido a algún ser querido raptado por los indios, y tras años de desengaños y pistas falsas ahora confían en mis gestiones para recuperarlos. Han sabido que antaño yo comerciaba con su captor, el feje comanche Quanah Parker, y ahora pretenden que les consiga a sus hijos y hermanos como si fueran carne de bisonte o pieles de oso. Mientras el mayor peroraba me encorvé; nada es más pesado que soportar las esperanzas de los hombres. Me habían mirado y admirado como si trajera una aureola en torno a la cabeza precisamente yo, que en mi escala de valores tengo en primer lugar a Guth McCabe (mi nombre) y cuyo primer mandamiento es cuidar de mí mismo como nadie hará por mí.

Por llevar a cabo una misión tan arriesgada, Frazer me ha ofrecido la miseria de una paga de teniente y, lo que es más peligroso, el agradecimiento de todos esos; a mi edad ya sé lo que puede tardar la gratitud en virarse a odio. Como ya es imposible decepcionar a estos colonos, hemos acordado que me dejará cobrarles quinientos dólares por cada prisionero recuperado. Jim va a llevarme a conocerlos y a recabar las descripciones de los secuestrados.

Es un asunto turbio; pero para mí el dinero nunca está demasiado sucio.

        
                 


Casi todos ellos guardaban algún recuerdo de sus familiares, una caja de música, varios soldaditos de plomo o una muñeca. Me indigna cómo Guth McCabe, al que he traído de su plácido retiro como sheriff de Tascosa, pretende especular con los sufrimientos de esta pobre gente y adueñarse de los ahorros que habrán hecho en muchos inviernos de privaciones. Guth está dispuesto a amortizar su pasado aventurero, a rentabilizar su vieja amistad con las montañas y los caminos.

Preferiría no participar de este fraude. Los colonos creen que en el poblado indio el tiempo se ha disecado, que por sus hijos no han pasado los siete años que han transcurrido desde que los perdieron, y que aún son niños. Les resulta inconcebible la verdad, que ya habrán parido hijos mestizos y arrancado decenas de cabelleras de sus compatriotas. Intentar soslayar a toda costa el sufrimiento puede escarnecerlo como una herida mal cerrada.

Para no responsabilizar al ejército, el mayor Frazer me ordenó encabezar, con Guth, la caravana vestido de civil. En el trayecto he congeniado con Marty, una joven que quiere recuperar a su hermano para enjugarse la culpa de haberse escondido de niña mientras los comanches se lo llevaban. Cada caso es una tragedia. Guth lo ve igual que yo, pero él tiene la frialdad de lucrarse con la desesperada esperanza de ellos. Habrá quienes se precipiten a identificar como hijo al primer indio con tal de llenar su ausencia como sea. No quieren entender que el pasado es irreparable y que en el mejor de los casos recobrarán una parodia de ellos; mejor les habría resultado haberlos enterrado y que la última paletada de tierra se conviertiera en el primer susurro del olvido.

Esta mañana hemos salido Guth y yo de visita a Quanah Parker. En el primer claro del bosque nos han rodeado un grupo de indios bajo cuyas pinturas, ciactrices y trenzas aquella gente pretendía que reconociéramos a sus hijitos rubios retratados de marinero. Nos han traído ante el Gran Jefe, que me ha reconocido como oficial del ejército, pero por suerte le han gustado los rifles que le trae Guth. En la tienda hemos encontrado a una anciana blanca que resulta ser Mrs. Clegg, cuyos hijos y esposo vienen en la caravana. Sin embargo, dice que no va a volver y nos ha rogado que no le digamos a los suyos que la hemos encontrado. Y nos ha asegurado que ningún otro blanco ha sobrevivido. ¿Qué les diremos a los colonos si logramos salir de aquí?

En su caso cualquiera hubiera enloquecido, pero esta vieja habla con mejor sentido que sus familiares. Nunca la olvidaré. No solo es que prefiera que la crean desaparecida, sino que ella misma cree haber muerto.  
                                                                                                                                                                    

2 comentarios:

  1. Odio corregir. Pero no es menos cierto que "mi condición de sheriff del pueblo más pacífico de América" debe de ser intercambiado por : "mi condición de sheriff del pueblo más pacífico de Estados Unidos".

    Saludos amistosos.

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  2. Corregido queda! Agradezco tu interés. Es imposible que no se filtren impropiedades como ésa. Gracias por tu visita, espero que vuelvas por aquí!

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