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sábado, 22 de diciembre de 2012

EVA AL DESNUDO


                 


Árbitro del destino de actores y autores de teatro, mi columna es la sentencia que los condena al ostracismo o los exalta a la gloria. Es como si con el telón cayera sobre la platea una sombra de silencio a la espera de mi palmada o silbido. Mientras que los intérpretes creen alquilar sus almas a los eternos mitos (Otelo, Electra, Hamlet) y los autores se piensan dioses creando un mundo propio, una palabra dicha entre líneas de mi artículo puece reducirlos a las cenizas del olvido.

          Eva ha sido la última a quien mi pluma ha prestado las alas de la fama; desde Margo, no había coronado a nadie con unos laureles tan triunfales. De familia hacendada, nunca he vendido mi opinión por nada que no sea algún que otro favor sensual, y eso que cualquier productor de Broadway estaría dispuesto a comprarme una palabra –o mi silencio- a precio de oro. Pero por eso la gente acepta mi criterio, porque las tablas del teatro son las de mi ley; la escena es mi religión y yo soy su profeta, y por nada traicionaría lo segundo que más amo en el mundo: yo mismo.

       Y ni siquiera por Eva he sacrificado mi ética –esto es, mi estética-, puesto que fue viéndola actuar como se prendió esta llama que me derrite la máscara del escepticismo, oyéndola declamar cuando descubrí la música de las flores, apreciando sus gestos como admiré el invisible ritmo de las estatuas al crepúsculo de los jardines. Ya que en la llamada vida real ella no me había impresionado tanto, atribuí semejante conmoción al mérito artístico. Pero a partir de aquella actuación, cuando la he visto lejos de la escena ya no he podido discriminar de su figura el halo de magia que envolvía a su personaje (era la Nora de Ibsen), ni distinguir su voz de aquella otra suave, cálida y vibrante que sonaba a noches de verano iluminadas por faroles sobre el mar.

      Adicta al aplauso, novia de las bambalinas, el verdadero amor de Eva también es el teatro, por lo que nuestra afinidad no podrá sino implicarnos en un idilio, pero por si esa fierecilla no me corresponde, he contratado a un detective que me desoville su pasado para retenerla con los resultados de la investigación. No soportaría que esta llama mía se apagara porque ella me la apagara y volver a ser una estatua de hielo.

       Me hizo sospechar de ella la impostura mediante la que se deslizó en el mundo del teatro. Me han dicho que fue Karen, la esposa de Richards, el famoso autor, quien la descubrió (no profesionalmente, sino que seré yo el recordado por eso). Me refiero a que Karen reparó en aquella admiradora que cada noche aguardaba en el vestíbulo la entrada y salida de Margo Channing, hasta hace bien poco la reina de nuestras actrices. Yo no estaba entonces –nunca estoy con nadie, y todo me lo cuentan el primero-, pero parece que la ingenua Karen se apiadó de la devoción sin esperanza de aquella chica y se le ocurrió presentársela a Margo, su ídolo dorado y adorado.

          Margo empezó por negarse a recibirla y acabó contratándola de secretaria; muy típico de Margo. Eva, que no otra era la ferviente admiradora, la emocionó a ella y a sus amigos con la historia de su vida. Me parece que aquélla, y no la de la obra de Ibsen, fue la primera actuación magistral de su carrera. Puedo oír el tono frágil de Eva contándoles sobre su niñez en la granja y su primer trabajo de secretaria en aquella cervecería de San Francisco, y me imagino cómo se quebró esa cristalina voz suya en miles de silenciosos añicos al referirles la muerte de su novio en acción de guerra. Dicen que necesitó un pañuelo hasta Bill Sampson, el prestigioso director de escena y pareja de Margo. Sospecho que de aquella retahíla lo único cierto era que admiraba a Margo, o más bien que quería ser como ella –cosa que no dijo-.

       En pocos días se hizo imprescindible para ella, pues se convirtió en su confidente, apoderada, secretaria y psicóloga. Todo su círculo, hasta el cascarrabias de Max, el productor, celebraba su eficacia, lealtad y servicial modestia. Pero al mismo tiempo, a fuerza de no separarse de ella se convirtió en una sombra que eclipsaba a Margo, se inmiscuyó por las imperceptibles grietas que resquebrajaban la relación entre Margo y Bill (ocho años menor que ella), y carcomió en secreto la última resistencia que a la actriz le quedaba para  dejar de creerse joven.

          Conocí a Eva el último día que pasó con Margo, en la fúnebre fiesta de cumpleaños que ésta le ofreció a Bill. Ebria de celos y Martini, mostró en público su hostilidad hacia Eva y todos la creyeron injusta. Eva perdió a Margo, pero había alcanzado su objetivo real: romper el círculo mágico. Y así, pude oírla pidiéndole en un aparte a Karen el puesto de suplente de Margo, ya que la habitual estaba embarazada. Karen se sintió responsable del desplante de Margo y le hizo el favor. Al fin y al cabo nadie conocía el papel mejor que ella y en veinte años de primera actriz Margo nunca había faltado a una función.

          Ya he dicho que en aquel primer encuentro Eva no me llamó la atención. Sí que lo hizo cuando leyó su papel en un ensayo, desde luego que en ausencia de la primera actriz; se cuidó de hacerlo un día que yo andaba entre bastidores tras una decoradora. Y también le interesó mucho a Lloyd Richards, que como autor la consideró más dócil y maleable que Margo, una mejor médium para su personaje que aquella otra veterana capaz de readaptar la obra a su estilo y casi de reescribir el papel con su particular estilo interpretativo privándole a él de protagonismo.

Así que un fin de semana Lloyd y su esposa Karen invitaron a Margo a su cabaña, y el lunes por la tarde, a su regreso a Nueva York, procuraron quedarse sin gasolina para que Eva debutara. Un pajarito me había aconsejado asistir a la función y al día siguiente mi columna inauguró la leyenda de Eva Harrington. La gente profesa mis opiniones, y en eso estoy de acuerdo con el vulgo: no conozco nada más interesante que mis opiniones sobre teatro…

           Y el informe que acaba de rendirme ese detective confirma mis sospechas. Resulta que Eva nunca ha estado casada, no ha perdido a ningún marido en el Pacífico ni en el metro, y llegó a Nueva York con los quinientos pavos que una esposa ofendida le dio para que dejara en paz a su marido. La esposa de su jefe, ni más ni menos. Porque resulta que es verdad que trabajó en una cervecería, ¡nunca habría creído que hubiera algo cierto en lo que les contó aquella primera noche!

          Pero hizo bien engañándolos a todos: gracias a su fraude ha visto su nombre escrito en las luces. ¿De qué otro modo que no fuera halagando la vanidad de ese grupito habría sido introducida en la escena? ¿Quién le habría presentado al productor Max Fabian? ¿Interceptando por la calle al director Bill Sampson le habría convencido para que le hiciese una prueba? Sin su astucia, ¿habría alcanzado del teatro otra cosa que no fuera el resplandor de los neones o la fría amabilidad de los acomodadores? ¿Le habría prestado atención alguno de esos amigos de Margo estragados de éxito y dinero, si no los hubiera embaucado con sus propios ardides, improvisándoles en el camerino de Margo una actuación tan portentosa que ellos tomaron por historia real? Si ella no me acepta y me viera obligado a hacer pública la verdad y a contarlo todo sobre Eva, la llamarían hipócrita.

          Lo que ignoran es que en griego “hipócrita” significa “actor”.                                 

          
                             

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