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jueves, 13 de diciembre de 2012

MIENTRAS NUEVA YORK DUERME

                     
                          


No faltaba una hora para la emisión de mi programa cuando a medio maquillar tuve que acudir al lecho de enfermo del Gran Jefe Kyne –casi  homónimo y tan poderoso como el Kane de hace veinte años-, que nos convocó a los cuatro directores (Griffth, Kritzer, Loving y yo) para azuzarnos como sabuesos tras el sangriento rastro que va dejando el último asesino en serie. El viejo no se había recuperado del infarto y ya reclamaba para su emporio mediático alguna exclusiva sobre ese psicópata que administra el miedo por la ciudad con la eficacia de un regimiento de repartidores a domicilio.

Mr. Kyne despachó a los otros tres y a solas volvió a verterme su preocupación por el futuro de la empresa después de su fatal infarto –que con razón intuía inminente-, ya que su heredero es un petrimete, y a solicitarme que fuera su delfín o al menos el regente del hijo. Tantas veces habíamos repetido tal escena que con el tono de un actor que incorpora algún exitoso papel insistí en mi negativa porque mi única ambición es retener el ocio suficiente para seguir escribiendo novelas y fundar una familia con Nancy, la secretaria de Loving. Solo que no pude concluir el parlamento porque me quedé sin público. El brazo inerte del viejo colgaba de la cama, llamé a la enfermera y corrí al plató a dar la exclusiva de su muerte.

Al día siguiente Kyne jr., el joven Walter, volvió a convocarnos a los cuatro y, afín a la costumbre del padre, me recibió aparte. Después de años soportando las amonestaciones de Kyne colocándome sobre el pedestal de la ejemplaridad, quería reivindicarse ante mí como si así le demostrase al fantasma de su padre que sería un digno sucesor, y me explicó que, ya que yo renunciaba, otorgaría la dirección ejecutiva de la empresa a aquél de los otros tres que le aportase novedades sobre el asesino.

Y de vuelta a la oficina ya encontré a los tres vigilándose a través de las mamparas de cristal, midiendo sus respectivas posibilidades de lograr semejante nombramiento. Hoy día la soberanía nacional ya ha empezado a residir en los medios de comunicación, la mera entonación de cualquier locutor es una cuota de poder, y nuestra prensa, emisoras de radio y canales televisivos son los de mayor audiencia. Influir en el voto de millones de personas no tiene precio.

Quien gane será el doble del Presidente y su sombra se cernirá sobre los monumentales silencios de mármol y brocados del Poder. Me gustaría que fuera Griffith, el director del periódico: es un reportero de raza.

                 

Desde mi sillón de director del Sentinel, el periódico más leído de la Costa Este, yo mismo apostaría por mí como favorito para, al tiempo que la policía, atrapar con mi red de reporteros al asesino y sentarme en el trono de la compañía a tiranizar la opinión pública. También tengo a mi favor el olfato de periodista nato, el instinto de un perro mestizo que durante años ha rastreado las noticias por la calle, y, por qué no decirlo, mi mayor necesidad que esos dos señoritos, con mi esposa enferma y los dos chicos a punto de ingresar en la universidad.

Y tampoco es pequeña ventaja contar con la simpatía de Ed Mobley, el director de informativos de la tele, que el viejo quería que le sucediera. Recordé que Ed era íntimo del teniente Kauffman, el encargado de investigar el asesinato de la última –ya penúltima- víctima, Judith Fenton, y le pedí que fuera a estrujarle información oficiosa. Y anoche mismo me despertó con la novedad de que estaban interrogando al portero, pero solo lo habían detenido para justificar cuatro días sin resultados y por la mañana lo pondrían en libertad.

Sin embargo, entre su intuición de novelista, los datos del teniente y su visita, esta mañana, al escenario del asesinato de la chica que acaban de estrangular, Ed me ha traído un convincente retrato psicológico del asesino. Se trata de un joven que, aunque emplea guantes, va dejando inconscientes pistas como retando a la policía o más bien deseando que lo detengan y le impidan cometer el siguiente crimen.

Ed se dispone a leerle una carta abierta al asesino para amedrentarlo con todo lo que sabe –intuye- de él, y al mismo tiempo desafiarlo con una descripción de su neurosis, según él, desencadenada por un sobreexceso de afecto por parte materna.

Como responsable de la agencia de noticias, hemos tenido que darle la exclusiva de la carta pública a ese pijo de Loving. Espero que solo sea una victoria pírrica; el oportunismo no puede suplantar al mérito como padre del éxito.

                                                  

Como responsable de la agencia de noticias, acabo de dar un trapiés que puede descalabrarme las posibilidades. Necesito ese puesto para inscribir mi prestigio con los áureos caracteres del poder. Se me abrirán las puertas de los más selectos clubs de Boston, me alumbrarán las arañas de las recepciones más encopetadas y ya no tendré que dejar ganarme al golf por ningún banquero. Con el último simulé un quíntuple bogey en el hoyo dieciocho con tal de lograr una ampliación de capital para la empresa, que espero compense a ojos de Kyne jr. el desliz en que acabo de incurrir.

Resulta que a uno de mis hombres la policía le ha filtrado el falso rumor de que el portero del edificio de la Fenton acaba de confesar, incluso he hecho venir al joven Kyne a felicitarme y al final, si no es por Griffith y mi celeridad en interceptar la noticia, el susodicho conserje podría haber empapelado los tribunales con demandas por difamación contra nosotros.

Ese maldito Griffith se sujetaba el vientre descoyuntado de risa. Es mi verdadero rival para conseguir el puesto. El otro, Harry Kritzer, tiene como única baza ser el amante de la esposa de Walter Kyne (si mi servicio de información no ha vuelto a errar). Pero Griffith también cuenta con el sostén de Ed Mobley. Después de leer su carta abierta al asesino, extrañamente ha hecho público su compromiso con mi secretaria, una joven que me interesa mucho más que mi novia Mildred, y al final me temo que me voy a quedar sin secretaria y sin despacho de director ejecutivo.

Lo digo porque con su comunicado temo que Mobley haya provocado al asesino para incitarlo a vengarse de él en Nancy, su prometida. Lo atraparán y Griffith tendrá su exclusiva. Ese granuja carece de escrúpulos y no le importa arriesgar la vida de su novia con tal de lograr el triunfo de su amigo, quién sabe a cambio de qué prebendas.

Le diré a Mildred que se ponga su vestido más escotado, que vaya a sondear a Mobley y haga lo que sea por sonsacarle qué se propone. Lo mío no es tan grave como lo que él ha hecho con su chica porque yo no estoy enamorado de la mía.      

                                                                                                                                                                                        

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