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sábado, 26 de octubre de 2013

EL RELOJ


                                   

La filmografía de Vicente Minelli está repleta de grandes títulos marcados a fuego en los libros de la historia del cine, títulos englobados en géneros muy diversos. Fue uno de los pioneros en sentar las bases del gran cine musical de la Metro-Goldwyn-Mayer con títulos seminales como Cita en San Luis, Yolanda y el ladrón, El pirata o las posteriores Un americano en París y Melodías de Broadway. Del mismo modo en su magnífica carrera también cinceló espléndidas comedias como El padre de la novia o Mi desconfiada esposa. Pero si hay un género en el cual destacó el gran Minelli éste fue sin duda el melodrama clásico. Títulos como Cautivos del mal, Con él llegó el escándalo, Como un torrente, Té y simpatía o incluso un biopic con tintes de melodrama como El loco del pelo rojo son claras muestras de la maestría del cineasta ítaloamericano. 

Quizás la película que vamos a reseñar a continuación -El reloj-, no se encuentre entre las más conocidas del maestro Minelli. Este injusto olvido puede que se deba al hecho de ser una de sus primeras películas o igualmente por no tener una pareja protagonista de las que la cinefilia en general idolatra (cierto es que la presencia de Judy Garland es muy estimulante, pero no está asistida con el acompañamiento de un actor de relumbrón, sino que el partener de la esposa de Minelli no es otro que el eficiente Robert Walker, más conocido por ser el villano de Extraños en un tren). 

No obstante he de confesar que el descubrimiento de El reloj ha sido una de las más gratas sorpresas que me he llevado en cuanto a revisión de cine clásico menos conocido se refiere. Podríamos comparar El reloj con una especie de Antes del amanecer de Richard Linklater al estilo clásico. Ambas cintas ostentan el mismo espíritu en el cual los designios y casualidades del destino provocan el cruce de las vidas de dos jóvenes solitarios desconocidos que a base de conversar sobre las pequeñas cosas de la vida (las que realmente importan), de ejercer el noble arte de pasear sin más preocupación que dejar pasar el tiempo o resolver las pequeñas tareas que el día a día nos impone con objeto de romper la monotonía y el hastío vital, comienzan a establecer una relación que pasa de la simple cortesía al enamoramiento platónico e instantáneo en el corto plazo de unas pocas horas.

El reloj es una radiografía del enamoramiento, desde el primer contacto de los enamorados hasta su culminación, incluida la incertidumbre posterior que toda meta alcanzada provoca. La historia se centra en la ciudad de Nueva York y se ambienta a finales de la II Guerra Mundial. La película es esclava de la época en la que se filmó (el año 1945). La gran guerra estaba dando sus últimos coletazos y el cine servía como medio de distracción generador de moral tanto para los soldados como para sus familias, las cuales esperaban el ansiado regreso a casa del guerrero. Es por ello que el protagonista masculino de la epopeya es un joven soldado que se encuentra en la gran manzana disfrutando de un permiso de 48 horas antes de su partida de nuevo a las trincheras. El primer escenario que muestra el film es la estación central de ferrocarril de Nueva York, sin duda un lugar emblemático para el cine – recordemos las magníficas secuencias filmadas en este mítico espacio en cintas como Los intocables de Elliot Ness, Atrapado por su pasado, etc-. El tren, siempre un aliado de la melancolía en el cine que se presta a la metáfora poética gracias a la idea de viaje, las despedidas, los encuentros furtivos, la falsa sensación de comunidad impostada gracias a la cantidad de gente que camina por los diferentes andenes de la estación, sensación irreal que no sirve para ocultar la soledad que plaga la vida de los ciudadanos de las urbes mastodónticas e impersonales (grandes historias románticas se han apoyado en el tren como El reloj para reforzar el espíritu de la historia, como por ejemplo en títulos históricos como Breve Encuentro, Estación Termini, Sibila, etc).

                        

En la estación se halla un joven soldado despistado por la presencia de la muchedumbre y los ruidos urbanos que añora la tranquilidad que le aportan el campo y la vida rural de su ciudad natal. Un designio del destino ocasiona que el joven soldado se tope con una vivaz, solitaria y apresurada joven con la cual tropieza, choque éste que provoca la ruptura del tacón del zapato de la desconocida. Este simple hecho originará que la que iba a ser para el soldado una aburrida estancia de 48 horas en la ciudad de los rascacielos se convierta en una oportunidad para demoler su triste soledad. De este modo ambos personajes iniciarán con un simple paseo en autobús y unos posteriores paseos por las calles y museos de la ciudad estadounidense una relación de amistad que poco a poco se irá fortaleciendo a base de conversar sobre asuntos tan cotidianos como el trabajo, la familia, sus aficiones y divertidos acontecimientos acaecidos en el pasado. 

La cámara de Minelli persigue a ambos personajes en sus peripecias como si de un personaje invisible se tratara. Y así a través de los breves pasajes que discurren en la aventura iniciada en la estación de Metro y casi sin que nos demos cuenta el primerizo conocimiento mutuo se transforma en amor, un amor sincero, limpio y profundo, casi platónico, un amor cotidiano, respetuoso, que brota verdad, un amor sin adornos, sin sexo, sin fuegos artificiales, sin azúcar ni estridencias. Minelli incluye al final de la historia una pequeña subtrama de intriga en la que los protagonistas deben vencer al tiempo y al reloj que marca el paso del tiempo y la partida del soldado al frente, y con el cual deberán luchar ambos personajes para alcanzar su felicidad. Y al final el objetivo es cumplido, o quizás no, porque ¿quien asegura que una pequeña batalla ganada augura la victoria final? 

La escena con la que finaliza el film es pura poesía cinematográfica dibujada a través de un maravilloso travelling que induce a pensar que toda la vida no es más que un azar tortuoso en el cual todo comienza de nuevo cada día que pasa, pero a la vez está repleto de esperanza en un futuro sin guerras ni despedidas. Minelli demuestra un virtuosismo al alcance de muy pocos cineastas, dotando a la cinta de un montaje y fotografía modélicos. La palabra que mejor define a la película es sin duda la elegancia, tanto en cuanto a planos como en cuanto a narrativa.

Hay ciertas películas en las que las palabras sobran. Ésta es una de ellas. Podría seguir filosofando y comentando escenas de la misma, sin embargo mi recomendación es que lo mejor que pueden hacer es dejar de leer este humilde artículo y buscar entre las estanterías del recuerdo el DVD de esta película y acto seguido la contemplen con la mente en blanco con la única pretensión de pasar un rato entretenido. Seguro que al final de la cinta acabarán con la sensación de haber contemplado una obra íntimamente ligada con el cine, o lo que es lo mismo, un pedazo de vida condensado en 24 fotogramas por segundo.


Autor: Rubén Redondo.

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