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viernes, 1 de noviembre de 2013

ODA A HOLLYWOOD DE DAVID O. SELZNICK


                                     

Igual que a Jennifer Jones, hay muchas maneras de amar a Hollywood:
recorriendo al amanecer sus playas –Malibú, Palos Verdes, Santa Mónica-,
que aun soñando con la luna te abren sus piernas de espuma,
ahogando la timidez en las piscinas, los cócteles, las lágrimas
de todos los espectadores de nuestros melodramas –Carrie, Jennie-,
paseando al atardecer por Boulevard Hollywood y Sunset Strip,
a través de las sombras que como mis besos en su piel morena
al pálpito del primer neón posan las palmeras en la arena.

Igual que cuando me presentaron a Jennifer y me estalló la sangre,
al llegar a Hollywood me fijé en sus curvas y sinuosas colinas –Beverly Hills-
y también pensé que mi soledad se tomaría unas vacaciones permanentes,
Hollywood, donde la luz para siempre se enamora del aire,
y como trajes las fantasías se tejen a la medida de los hombres,
donde una máquina puede hacer nevar de abajo arriba
y con un altavoz cualquiera cambia el signo de la Historia,
donde prenderse un cigarrillo puede convertirse en un rito
y una gabardina en un mito permeable al inconsciente colectivo,  
donde floreció mi juventud mientras tomaba el sol con una máscara,
y mis sueños acabaron por marchitarse en el teatro de un tornado.

Es verdad que inventé la O. de mi segundo nombre
y que a los tres años de estancia me casé con la hija del jefe, Irene Mayer,
es verdad que me desvelaban más los derechos de mi películas
que los de los profesionales que me ayudaron a hacerlas,
es verdad que postré el talento de los escritores
y que cercené el montaje y las esperanzas de muchos directores;
pero también logré que como una ballena Hitchcock cruzara el Atlántico,
que todo el mundo conociera a Tom Sawyer y David Copperfield,
que la RKO y la Metro fueran la Metro y la RKO,
y sobre todas las cosas amé a Hollywood, el decorado de los sueños del mundo,
donde como un toro el Pacífico hace mugiendo el amor
con las playas ambarinas de Zuma, Venice, La Laguna,
donde Long Beach palpita con mi corazón al latido del comercio,
y como escenarios titilan los escaparates de Glendale y Burbank,
donde con el cambio de una compra los ilusos y los menos ilusos
pueden adquirir noventa minutos de ilusiones, Hollywood, 
donde los espejismos son diseñados por mercaderes geniales como yo
y cumplí el milagro de Lo que el viento se llevó, ese ensueño
que contiene la pesadilla de la ausencia de Jennifer Jones
y de averiarme el futuro con la certeza de que nunca filmaré nada parecido,
la ciudad con un Paseo de la Fama donde como el fósil de un dinosaurio
ningún tornado podrá borrar la huella de mi paso
por Hollywood, Hollywood, Hollywood.


2 comentarios:

  1. Excelente.Tengo un libro escrito por Leonard J.Leff, "Hitchcock & Selnick" que no tiene desperdicio.

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  2. Gracias. Uno de los muchos méritos de Selznick fue traer a Hitchcock de Inglaterra. Posiblemente sea el productor más decisivo de la historia. Me apunto el libro, no lo conozco.

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