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sábado, 9 de noviembre de 2013

EL FANTASMA Y MRS. MUIR




                 
                  

Entre la serena desesperación del pasado y el vacío probable del futuro
como los muertos te vas quedándote y te quedas yéndote por el túnel de viento,
capitán de espuma, ladrón de mi luto, albatros nocturno,
estaría loca si de tanto inventarte para que me habites los sueños,
fantasma de mi deseo, inquilino de mi soledad, estaría loca
si como una santa o una artista por ti olvidara la vida,
delfín del más allá con barba de mirra.

Ni siquiera vivo mi marido tenía más carne que tú,
y cuando su recuerdo se hubo desteñido en mi memoria
con Martha y mi hija me vine a la costa a habitar una vida que fuese solo mía
y alquilé verdes ilusiones y esta casa que con las cofas de las terrazas,
los aleros vibrantes como velas y las gaviotas halagando las cornisas
parece una nave surcando las aguas estancadas del tiempo.
Sí, las ventanas me guiñaban, la puerta quería besarme y las cortinas abrazarme,
así que me quedé y cada noche me seducían las canciones del viento
y los poemas que como novias abandonadas decían las sirenas en la niebla:
encerrarme en tu casa me dio la libertad de los muertos.
Había corrientes de frío, risas en la oscuridad y los muebles danzaban de noche:
saturada de tu ausencia era una mansión encantada, encantadora.

Porque me habían hablado de ti empecé a soñarte,
me dijeron que cuatro años antes te habías suicidado y por eso rondabas,
y aunque por el óleo que titilaba en la penumbra sabía cómo eras,
cada vez que me adormilaba te inventaba en los claroscuros del duermevela,
me imaginaba que el perro te detectaba,
que el reloj se paraba en un infarto del tiempo,
que en el rincón se condensaba tu sombra y como una capa oscura
para abrigarme la esperanza te cernías sobre mí, dormida en el sillón,
hasta que me despertaba el tableteo de la puerta de la terraza
y abría los ojos al ocaso transido de nimbos y fantasías.
Pero creer en ti era tan difícil como en Dios, 
así que para no deshauciar mis ilusiones
una noche de tormenta (ya se sabe que son propicias a los fantasmas),
me decidí a hablarte y a que te me aparecieras despierta:
viendo que yo amaba estos umbrales tanto como tú
dejaste que me albergaran como guardiana de tu recuerdo.

Entre la frustración tranquila del pasado y el blanco olvido del futuro,
delfín del otro mundo con barba de mirra,
me has vuelto contraria a los hombres, ciega al día y lúcida las noches sin luna,
y con ojos de gata distingo la fosforescencia del mar en la niebla
como si estuviera en llamas, las tinieblas me son incandescentes,
¿acaso no soy en la vida la única que puede verte?
De tanto hablarte y hacerte hablarme vas a volverte real,
y en tu instantáneo vacío la hiedra de la niebla armará tus huesos
y las volutas de vaho se vertebrarán en el árbol sombrío de tu cuerpo,
¿acaso no es lo único real aquello que se imagina?
Bronceado fantasma, Daniel, príncipe transparente,
solo dejarás de existir cuando deje de pensarte,
no eres tú a mí sino yo quien te ampara,
al principio eras el marino de mis lecturas, aventurero y pecador,
fatuo y malhablado, pero con el tiempo te fui matizando con mis deseos,
como una estatua te vacié al molde de mis necesidades,
y acabaste siendo humorista y sabio, generoso y romántico.

Para inventarte una verosímil biografía avancé en mi locura
y segregándome de la vida me clausuré para escribir de ti.
Fantaseé sobre tu infancia, decidí que fueras huérfano, un niño travieso
y un joven inquieto, tuve imaginarios celos de tus amantes portuarias
y de la esposa que como yo ahora aguardaría tu regreso
mirando el mar por ventanas ciegas, te atribuí una risa torrencial
y unos ojos vidriados de amor donde se hundiría el mar,
y te convertí en un capitán que se orientaba con coordenadas de eternidad.
Y ahora que encerrada en este cuarto he concluido mi novela sobre ti
como si de veras me la hubiera susurrado la brisa de tu voz,
después de haber renunciado a pretendientes y hasta descuidado a mi hija,
cuando te he dotado de plena realidad, veo que tu vida es mi muerte,
y aunque sé que como antes huí del mausoleo de mi marido
ahora tengo que hacerlo de ti y relacionarme con los vivos,
no esperaba que fuera tan arduo olvidar a quien he inventado,
capitán de mi soledad, delfín del más allá con barba de mirra,
humo de mi ilusión que ya se disuelve, transparencia encarnada en el vacío,
aparecido desaparecido, puro aire, ausencia, nada.

8 comentarios:

  1. ¡Sublime! Enhorabuena. Sinceramente, las odas dan un especial sentido a tu blog. Sigue escribiéndolas, por favor.

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  2. Gracias, Marian, con la madeja de dudas de la que (quizá por suerte) nunca salgo, tu opinión influirá en la marcha del blog.

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  3. Superbe Trevor. Te has superado a ti mismo

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  4. Muchas gracias, Celia, me alegra de que lo hayas disfrutado.

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  5. Una gozada. El placer de la lectura se incrementa con cada frase escrita. La envidia también.

    Un placer, de verdad.

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  6. Muchas gracias! Pero en lo que soy envidiable es en tener a una lectura como tú. Besos.

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  7. Me has alegrado el domingo. En serio, una verdadera delicia.

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    Respuestas
    1. Me alegro de que te haya gustado. La película merecía el esfuerzo de escribirlo.

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