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lunes, 11 de agosto de 2014

ED WOOD


                 

Damas y caballeros, canalla de mala calaña,
la emoción me enfanga las palabras
y la gratitud me aceita las bisagras de la cintura;
cuando mi incompetencia me hubo nominado a este entorchado
y ahora, al pronunciarse con voz tonante el inmemorial
“… Y el perdedor es… Edward D. Wood Junior”,
me he sentido tan drogado como Bela Lugosi,
ejem, ebrio de sangre, mejor dicho,
y he llegado aquí como en esos sueños donde uno corre y no avanza nada,
es decir, como en mi carrera cinematográfica,
y ese tomate casi me acierta en toda la cabeza,
porque tan arduo es rodar una mala como una buena película,
mi entusiasmo ha extenuado a mi mala suerte
y por fin mi arte ha logrado la recepción que merece:
vuestros chiflidos y abucheos, befas y bufidos
a mi mundo de travestidos zombies descendiendo por pasarelas de ovnis,
de escamosos tentáculos que se desvinculan de lápidas relucientes de luna,
de ataúdes que chirrían a los flashes de los relámpagos,
toda la vida he aspirado a que repudiárais
mi política de productor, autor, actor, director, montador,
que solo tiene réplica en Welles al otro lado del éxito,
mi obeso doble en el mundo paralelo de los genios,
Orson, mi único reflejo en la imagen ideal del espejo
que ya trizáis al agacharme para evitar esa piedra.

Señoras y señores, si alguno queda en el gallinero,
ojalá pudiera olvidar mis inicios en la escena
cuando emulando a Welles en el Mercury Theatre
monté una obra con goteras en la platea y en la memoria de los actores,
cuando para escándalo de mi novia Dolores
en sostén y liguero escribí un guión sobre un travesti,
cuando conocí a Bela Lugosi, el inmortal Drácula,
aunque todo el mundo, él incluido, lo creía muerto,
y hasta ataúdes se estaba probando en una funeraria,
y que pare de una vez esta nieve de palomitas de maíz.
Al gran Bela le consagro este AntiOscar,
a ese murciélago revoloteante sobre el purpúreo fondo de los mitos,
a esa figura cuya sombra se cierne sobre el miedo de varias generaciones,
un monstruo de la pantalla que me regaló sus últimas actuaciones
y al que nunca volverán a clavarle en el corazón la astilla del olvido,
el actor fetiche de un fetichista como yo,
un héroe que resolvía con goulash su dependencia de la morfina,
y aún succionaba de la yugular de la edad la sangre de su alegría,
un maestro que con la capa de su oficio
y las cartilaginosas alas de su talento
sobrevolaba sus depresiones y el desprecio de los productores,
y ya tengo que gritar para imponerme a vuestros insultos.

Dejadme hablar, patulea de última ralea
porque aún tengo que distinguir a mi ínclita troupe de actores
que tanto han agravado mi alergia al éxito:
Loretta King, a quien contraté porque la tomé por millonaria,
Tor Johnson, el terremoto humano enemigo de jambas y quicios,
Cris Bunny, el hermafrodita de otro mundo,
de ultratumba y ultraterrestre, que hasta las hormonas tiene locas,
Johnny, el adivino que me reveló la ceguera de vuestra fe en el cine
y cimentó mi credo en la imperfección,
mi confianza en que el descuido o los dislates
de mis imprevisiones e improvisaciones
devendrían en la discontinuidad y la fragmentación
del postmodernismo, el arte del que soy profeta,
así que hice bien en nunca repetir una escena
y olvidarme de la continuidad, las actuaciones o la verosimilitud,
ya que el Cine con su magia todo lo autentifica
y transfigura mis chapuzas con una irrealidad mistérica,
y la niebla de la poesía se filtra por los resquicios del decorado,
y un aura de misterio emana del torpe artificio y de mis artefactos,
y esa coca cola me ha hecho blanco entre las piernas.

En estos momentos de pesar e infortunio
ni siquiera puedo olvidar a los productores de mis obras:
Phil, el esclavo de la taquilla que compraba películas al peso
y desde el sándwich de su despacho lo único que exigía eran siete rollos,
Mr. Feldman que tomó por comedia el drama de mi opera prima
y designó a Glen o Glenda como peor película de la Historia,
Mr. McCoy, el Rey de la ternera, que me financió La Novia del Átomo,
a cambio de adelantar en el reparto a su retrasado hijo,
Mr. Reynolds, mi casero y ministro de la Iglesia Baptista,
que para cobrar el alquiler influyó en que su iglesia invirtiera
en Plan Nueve, mi obra maestra sobre marcianos infiltrados en zombies.

También tengo que mencionar a mis dos parejas,
Dolores, una rubia equina, y ya me callo
para huir de aquí de la mano de Kathy,
la mujer de mi vida y única fan,
y me perseguís por la pasarela
para lincharme e impedir
que perpetre otra obra
pero solo lo lograréis
si la piedra que vuela
del palco me da
en la eminente
cabeza.

                 

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