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lunes, 25 de agosto de 2014

EL GUATEQUE



                   

Con caracteres indostánicos estaba escrito en los nimbos y cirros
que exhalan los escapes y chimeneas de Bombay
que me convertiría en actor, en favorito de los hados,
talismán e imán de milagros,
que lavaría la pintura que infamase a un elefante
y que en un verano del Sur vería nevar bajo techo.
Me contrataron por una apuesta de operadores americanos
que filmaban documentales en la India
y aquella noche estaban tan borrachos como mi destino,
abracé a mi sino como a una novia hasta entonces conocida por carta
y en vez de a Bollywood me fui a Hollywood
a actuar de Sam Jaffe en un remake de Gunga Din
en cuyo final estertoraba en una corneta
como la trompa de un elefante ebrio,
y al atarme el zapato sobre el detonador
el fuerte estalló algo a destiempo:
como vaticinaba el contaminado cielo de Bombay
empecé a ser foco de sorpresas, ombligo de sucesos.

Para relajarme pulsaba en casa acordes mistéricos
cuando recibí la invitación a la fiesta del productor.
Me presenté como siempre, fatalista y formal,
con mi serena sonrisa recién puesta,
irradiando con mi colonia la simpática sabiduría de Oriente,
y con algún enigmático proverbio en la punta de la lengua,
pero ingresé con mal pie, perdí el zapato izquierdo
mientras me lo lustraba en un canal de la fuente de la sala
(la mansión se licuaba en surtidores y piscinas, estanques y cisternas),
lo perseguí corriente abajo,
en la pasarela esquivé a los músicos,
me trastabillé con el saxo, me abracé al contrabajo,
y cuando iba a pescar el zapato con una rama artificial
calculé mal, voló al interior de la cocina
y reapareció en la bandeja de un camarero
de donde sin probarlo lo recobré para calzármelo.

Con la cabeza me disculpé por los desmanes y desórdenes,
ruborizada mi tez de bronce con un tono ketchup:
sentía que en torno a mí gravitaban portentos sin cuento,
que como un médium mi presencia convocaba espíritus burlones
que tramaban accidentes y telequinesias, roturas y caídas,
como si yo fuese eje de misteriosos vectores de energía
vórtice de cataclismos,
o en mí convergiera un haz de fuerzas magnéticas
que desequilibraban los objetos y desajustaban el mundo:
talismán e imán de milagros, rezaba el cielo de Bombay.

Así me ocurrió con Wyoming Bill, el inmortal vaquero
al que acerté en el entrecejo con la ventosa de una flecha,
con un lorito insensible a mi empatía
y cuyo alpiste en cascada se me vertió al suelo,
con la misma orquesta, enmudecida a mi baile con una rubia,
con los mandos de domótica de la mansión,
con el teléfono, las copas, los canapés,
con todos los objetos, que se rebelaban en mi contra:
mi credo fatalista desencadenaba una fatalidad tras otra.
Aunque de corro en corro no hablara mucho, ni bebía,
y como un mal olor me rodeaba una nube de silencio,
disfrutaba, me reía de mis solitarias risas
como si estuviera borracho o todos menos yo lo estuvieran,
me sentía algo raro, tan aparte como un poeta,
como si caminara con los brazos
o menos yo todo el mundo caminara con los brazos.
También en la cena la realidad se desenfocó levemente,
giró sobre un eje algo desajustado,
como si mi Morgan tuviera floja una de sus tres ruedas,
o se atascara alguna ruedecilla en el engranaje de la lógica,
y mi pollo asado resucitó, voló y coronó la diadema de una peluca
y el camarero lo devolvió a mi plato emplumado de rubio.

Luego me sobrevino la necesidad de un lavabo
y en una carrera en la que fui una vejiga con piernas
lo busqué por decenas de habitaciones que me rehuían,
temerosas de que reventase y las inundase la dorada laguna
que casi me desbordaba el dique de la voluntad,
y lo más duro era ver al angelote de la fuente aliviándose
y hasta los aspersores y surtidores liberando sus chorros,
y en la cola del baño de las chicas conocí a Michelle,
la acompañante de Divot, ayudante de producción,
y tras aliviarme en una especie de apertura de esclusas
y pugnar contra el papel higiénico, el inodoro y la cisterna,
para evitar a la anfitriona huí por la ventana del hostil baño,
corrí por el terrado de la pérgola, resbalé y caí a la piscina.

Aunque crea en la predestinación,
tengo los bolsillos llenos de sorpresas,
como pulgas las bromas me brincan del ingenio,
y en cuanto me embutí en el albornoz del bienestar
y me conforté con el primer brandy de mi vida,
defendí a Michelle del acoso de Divot,
y de su cara empañada de lágrimas
le arranqué el brillo de una sonrisa.
Sentí que toda la casa era transparente,
aérea, acuática,
como una pecera o un cubo de cristal
y que el cuerpo de Michelle era lo único duro, opaco, real,
y que absorbía el rayo de felicidad que me exaltaba.
Borrachos de risa y euforia
bajamos y nos lanzamos al océano de voces y abrazos,
y el amor me exorcizó
y dejaron de desatarse en mi torno aquellas fuerzas malignas
y ya no promoví más desastres,
porque fue aquel inexacto camarero quien abrió el suelo
y a la piscina que fluía bajo el pavimento
nos lanzamos como en Qué Bello es Vivir
y allí se cumplió mi destino
de lavar la infamia de un elefante
y debido a que nos excedimos con el detergente
el magma de espuma creció como una niebla,
y cuando enchufaron los ventiladores
bajo techo cayó la nieve en un verano del Sur.
  

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