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lunes, 4 de agosto de 2014

FURIA


                   

Erguido contra un futuro opaco,
con esqueletos eléctricos danzando en el horizonte,
pero en un mundo donde los ideales aún brillaban con letras de luces,
con el prestigio de una comedia musical muchas veces representada,
yo era un hombre gris, de vida cuadriculada
que nunca se redondeaba en las curvas de espúrios placeres,
el hombre del impermeable triste,
la víctima favorita de la lluvia y de la ira,
un novio que en las tiendas de muebles
sorprendía escenas de su imposible matrimonio,
un obrero al que la pobreza seguía como una perra hambrienta,
que apenas amasaba dinero para hornear su pan,
y acompañó a su novia a la dársena de las despedidas,
un caminante bajo la lluvia por las calles de la soledad
donde el fango guarda los pasos perdidos,
un hermano que aconsejaba a los dos suyos
que había que obedecer las leyes como a nuestra madre,
un amante a distancia y a plazos
que en cartas remitía su amor como en catálogos,
un hombre corriente del que se enamoró la mala suerte,
como del perfil del exiliado príncipe de una moneda
que siempre sale cruz.

Perfilado en un presente de promesas,
en un mundo aún neto y brillante,
poblado de figuras planas que parecían con relieve,
a través de paisajes cada vez más cálidos
y climas progresivamente exuberantes
con la licencia de matrimonio y los ahorros en el bolsillo
(y entre la calderilla la moneda del príncipe desdichado),
iba feliz como un hombre corriente el día de su boda
cuando un alguacil de Strand me encañonó el pecho de cordero
y el sheriff me detuvo por el número de serie de un billete
(pero la clave era la moneda del infortunado príncipe),
y tras unas diligencias previas de habladurías
y una instrucción en el bar
el pueblo me sentenció a morir linchado,
y la lluvia de la ira pareció caer desde el techo de la celda
y por la calle de la cárcel bajó una riada de odio alegre
como un asesino borracho
y la corriente devoró la puerta y el agua se hizo fuego
cuando quemaron la cárcel con el hombre corriente,
el hombre inocente adentro,
el hombre gris al que ningún impermeable haría incombustible,
y los rasgos del príncipe se fundieron en un guiñapo de bronce.

Cernido sobre un pasado lúcido y cegador,
pero en un mundo tenue, triste, gris, en esta nebulosa,
ahora soy un aparecido,
el vengativo espectro de un hombre corriente linchado por error
(los linchadores sí merecen un linchamiento justo),
un hombre inocente,
un hijo bastardo de la lluvia y de la furia
que a medianoche discute con otros fantasmas
sobre la duración de sus desastres y el tamaño de sus catástrofes,
y al que nada sino la soledad puede ya calar.

Me aparecí en un cine,
donde el noticiero exhibía cómo mis gritos alimentaban las llamas
y mi desesperación se ennegrecía como un cadáver carbonizado,
pero no las ascuas de los ojos de los linchadores,
ni los rayos en sus frentes, ni los cráteres de sus mejillas
ni las cavernas de sus bocas;
me aparecí a mis dos hermanos
pero no los apesté con mi olor a carne quemada
porque en verdad había logrado escapar por una canal
(al final la lluvia me hizo incombustible)
y ya solo estaba ardiendo de odio, ciego de odio,
ebrio de odio, encorvado de odio contra mi destino,
vibraba con la ira del fuego
que ninguna lluvia puede apagar,
y necesitaba que mis dos hermanos pusieran cara a mi odio
ya que la mía debía permanecer de este lado turbio
para que mis linchadores fueran considerados asesinos;
me aparecí en las pesadillas de estos,
en los temores de sus familiares
y en las esperanzas de sus enemigos,
y su madeja de coartadas se devanó ante una película
que sí mostraba las ascuas de sus ojos,
y sus rayos en la frente y la caverna de sus bocas,
y su ovillo de mentiras se desenrolló como la cinta de celuloide:
los periodistas habían llegado mucho antes que la Guardia Nacional.

No me he aparecido a mi novia,
ya que de espaldas a mi destino,
en este mundo opaco, translúcido, esmerilado
como desde el más allá
o en un baño de vapor,
la bondad, la confianza y la alegría
ya son el enceguecido luminoso de un musical fracasado,
y en este perenne mes decimotercero,
un mes entre noviembre y diciembre
que solo habitamos quienes no estamos vivos ni muertos,
los que no somos blancos ni negros,
los hombres grises,
los hijos bastardos de la lluvia y de la furia,
aquellos que llevamos un impermeable espectral,
la lluvia me dice con su lengua de fuego que soy otro linchador
porque los hombres del otoño,
los hombres grises que fuimos corrientes, inocentes,
aquellos que llevamos en el ceño la nube de la ira
hemos olvidado el idioma del amor
y estamos exiliados del sol
como aquel bello príncipe de su país, de su juventud
y de la suerte que siempre le esconde la cara.

  

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