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sábado, 18 de octubre de 2014

BLADE RUNNER



                  


¿En qué archivo constará que yo, Deckard, estelar Blade Runner,                  
pero también estrella caída, errante,
carnicero y encarnizado cazador de Replicantes,
esas perfectas réplicas de hombres que empezaron a replicarles,
qué documento cobijará el secreto
de que en verdad soy otro Replicante, generación Nexus 7,
dotado de tuerta, inconsciente astucia,
del humano arte de la insidia,
que me ha valido apresar a los Nexus 6 en la telaraña de la intriga,
confiados en mi humana debilidad y en sus músculos de esclavos,
qué memoria guardará la infamia de que yo mismo lo ignorara
y que como un novelista a su personaje nuestro creador Tyrell
me hubiera implantado los recuerdos de su mejor amigo
y el carácter de su hermano, desaparecidos en Saturno,
y que en vez de veintisiete tenga tres años,
qué saga marciana cantará
que lo he sabido por la clarividencia del amor,
por la intuición de la piel y la tersura de una mente,
gracias a Rachael, mi gemela en el universo,
porque los dos somos los últimos mitos de una utopía abolida,
los únicos actores de una dramaturgia perdida,
los nostálgicos celebrantes de un rito olvidado:  
ella es la otra Nexus 7, programada por Tyrell con la memoria de su sobrina,
en la confianza de que la dulzura de los recuerdos
sofocara las metafísicas rebeldías de los nuevos Replicantes,
qué película contará mi descabellada historia
de Replicante que es un lobo para estos Replicantes
que protestan contra el designio que les concede cuatro años de vida,
menos que un perro,
para que no tengan tiempo de alimentar el odio contra sus amos, 
y cuyas vidas como estrellas fugaces iluminan un instante el cielo negro
para caer en una fuliginosa apoteosis que pudiera no haber sido,
qué cerebro natural o artificial me recordará, me pregunto
ahora que con mis falsos recuerdos cuelgo de esta viga
y está cerca de precipitarme al abismo la sonrisa cruel de Roy Betty,
el más perfecto Nexus 6, Espartaco de los Replicantes?

¿El friso de qué templo en ruinas inscribirá mis aventuras,
cómo fui adiestrado igual que cualquier Blade Runner humano
para impedir que mis semejantes Replicantes se infiltraran en la Tierra,
qué ceremonia conmemorará cómo he aniquilado a los últimos tres,
invencibles para cualquier humano,
primero a Zhora, entrenada para la Brigada de Homicidios,
que tras amotinarse en una comisaría de Venus y liberar a los detenidos
asaltó con los otros Nexus la nave que venía a la ciudad,
y ya se hacía pasar por una stripper cuya serpiente le enroscaba la belleza?
¿En qué pantalla relampagueará cómo la acribillé en plena calle
lamentando sin saber por qué mi puntería,
sintiendo que la tristeza me escarchaba la piel
como si mi cuerpo supiera antes que mi mente
que soy otro Replicante,
ya que entre nosotros deploramos la muerte de los semejantes?
¿En qué moviola se ralentizará su caída de diosa,
que desintegró aquel cristal y sus recuerdos,
visión que en un estallido de vidrios a cámara lenta
pruebe la resistencia de Zhora a morir,
sus ansias por eternizarse en el reflejo del último añico de su memoria
y por aferrarse a la vida como yo a esta viga,
ahora que mi grito cerca está de caer por el abismo
y me va a aplastar la mano la bota sádica de Roy Betty?

¿En qué galaxia trazarán las órbitas de las estrellas
la trayectoria del encuentro entre Rachael y yo,
cuando Tyrell, nuestro demiurgo, me hizo aplicarle la prueba
(para autentificar la prueba en vez de a la probada)
que demostró que ella es una Replicante,
y cuando vino a mi piso a confirmar que su vida era una ficción
y sus recuerdos ajenos,
ya que los Replicantes preferimos saber la verdad
aun al precio de la felicidad,
ser conscientes de la parvedad de nuestras existencias
para ahondar en el tiempo como en un río,
intentar detenerlo (solo se detendrá nuestra sangre)
y poder decir soy-aún, luego he sido,
y dejar en la Historia mella, o huella en el espacio
aunque sea la instantánea estela de una estrella,
y cuando los besos de Rachael me hicieron saber que soy como ella,
cuando la tristeza de su belleza me desveló mi naturaleza,
cuando su rosa me infundió el fugaz perfume de la eternidad 
cuando su carne me contagió el conocimiento,
aunque en torno a nosotros el crepúsculo oscilaba y aceleraba,
supe que solo era nuestra cama la que como una hélice giraba
y envejecíamos a la velocidad de la juventud perdida?

¿Las runas de qué civilización ilustrarán cómo me salvó ella
al acribillar por la espalda, en vez de respaldar, a Leon,
otro hermano de esclavitud,
un cargador que portaba cargas atómicas de media tonelada?
¿El jeroglífico de qué constelación representará mi persecución de Priss,
la modelo programada para el placer ajeno,
prostituta autómata,
que de algún planeta de placer fue rescatada por el amor
de quien me odia (dos años bastan, dos minutos, para concebir amor y odio),
y que ahora celebra la agonía de mi mano
a punto de soltar la viga de la que pende mi vida?
¿En la estela de qué futurista nave se dibujará cómo rastreé a Priss
por una ciudad erizada de banal entropía,
ritmada de ecos espectrales y de esta lóbrega lluvia,
regida por hipnóticas pantallas y el terror de tribus sin nombre,
y cómo la he distinguido de otros muñecos y maniquíes
y reducido su potente belleza a un guiñapo, un gurruño de sangre,
(ya que los Replicantes somos invulnerables,
inmunes a todo menos a la muerte),
y cómo aquí, en el piso del ingeniero genético donde la he cazado,
me ha sorprendido Roy Betty,
que tras haber matado a Tyrell como los hombres mataron a su dios,
enfermo de tristeza por su amor muerto
y furibundo de odio,
anegado de lluvia y de todas las emociones de las que quisieron privarlo,
se dispone a despeñarme sin saber que soy su igual,
tan generoso y cruel, penoso y valiente,
solidario y solitario, sórdido y soñador,
tan poderosamente débil y vulgarmente único,
otro Nexus con piel de humano,
y si no estoy tan desesperado
es porque aunque no cayera solo me quedarían nueve meses de vida,
cuarenta y cuatro semanas del amor de Rachael,
aunque estela que no pasa, perfume que no se extingue,
un solo instante con ella se me fragmenta a cámara lenta
en millones de días que brillarán en la pantalla de alguna memoria.


   

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