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sábado, 11 de octubre de 2014

TAXI DRIVER



                  


El ácido de mi odio corroerá la piel de estas calles
porque los ojos de Betsy se han congelado,
reventaré los alacranes que salen de las cloacas del vicio
porque ya no me rozan los pétalos de su pelo,
borraré con sangre las tentaciones que deletrean los neones
porque no me lloran sus pómulos de ópalo.
                                                   
Al alba los negros conservan las huellas de la muerte
y los zombis guardan las cicatrices de la noche.

Si estoy despierto se me escapan las colas de las palabras,
pero en la noche del inconsciente, como el taxi a las curvas,
el río de mis frases se ciñe a los meandros del pensamiento.

Por los cuartos oscuros de mi infancia,
por las pistas vacías de los portaviones de la Marina,
por el viento de locura que se aplasta en el parabrisas,
por las aceras donde naufragan los correos del miedo,
por los locales donde florecen los amores y los crímenes,
por pasajes donde los suicidas parecen masturbadores,
por callejones donde mirones y exhibicionistas se funden en éxtasis,
como una perra rabiosa me persigue la soledad.

De vuelta a casa a través de exhaustos amaneceres
el sueño es la belleza esquiva de Betsy,
mis letargos son el eco de sus palabras aleteando por mi nostalgia
de aquellos días tan luminosos que habría votado por Palantine,
mis jaquecas son los gemidos de la sala del cine X
donde ella abominó de las cucarachas de mis costumbres,
mi amor es un yonqui que suplica al camello la cocaína
como un niño a su padre palomitas de maíz,
mi ceguera es un reflejo de su brillo de nácar
del otro lado del ventanal de la oficina electoral,
mi soledad es una prostituta que me toca con sus dedos sin carne
y me pasea por pesadillas donde nieva en las cloacas,
mis nervios son un calambre que recorre el músculo de la noche
y desconecta los cables de sus tendones en un cortocircuito de estrellas,
Travis es un vaquero pornógrafo y puritano que en mi taxi cabalgo
por la falta de sentido de una ciudad de cinco millones de solitarios.

Con el humo de las alcantarillas y de mis fantasías
se expande el poder de los negros y de los traficantes,
con el humo de los escapes y de los extractores
se expande el miedo de los poetas y de las putas,
con el humo de los camiones y de mis ilusiones
se expande el fantasma de la obsesión y la desesperación.

Mi hierro gangrenará la palpitante herida de las luces
porque los labios de Betsy no me oyen,
la lluvia de mis balas lavará con sangre el asfalto
porque sus pestañas no me hablan,
subiré a la Muerte al estribo de los camiones de basura
porque sus lágrimas no me sonríen.

En el silencio de las luces líquidas y las rosas en llamas,
en los aullidos del hormigón y de las ventanas lilas,
en las visiones que vierte la noche de cristal,
en el azul y el amarillo y el naranja que navegan en el retrovisor,
en los añicos de significado con que se resuelven los espejismos,
como una perra hambrienta me persigue la soledad.

En la noche la calle es una Colt del 25 recién disparada,
los corazones de los yonquis son semáforos que no cambian de color,
los tugurios y garitos son cerebros de psicópatas en acción,
mis días son ráfagas de lluvia que iguales se abaten contra mí,
mi insomnio es la explosión a cámara lenta de un iglesia del Bronx,
mi soledad es una cliente que se me sube al asiento de copiloto,
Harlem es un metro cuyas galerías en superficie han usurpado las calles.

Cultivaré mi soledad como una planta de marihuana
porque sus pechos no me miran,
plagaré de gusanos la Gran Manzana
porque su brillo no me abriga,
convertiré a los negros en esclavos de la noche
porque su hielo no me quema,
mataré a Palantine, cómplice de criminales,
porque Betsy no me quiere.

  

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