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lunes, 22 de diciembre de 2014

LA MUJER DEL CUADRO


Anoche no me había sino puesto a revisar La Mujer del Cuadro, con Joan Bennett, para escribir un post sobre ella, cuando gimió el timbre de la puerta, me levanté maldiciendo por la interrupción, una pantufla reptó bajo el sofá, abrí y como en un cuadro el vano enmarcó a Joan Bennet. El asombro me impidió hacerle una foto para compartirla con mis amigos tuiteros; habrá que conformarse con un plano de Fritz Lang, el director con quien injustamente mi ex me acusaba de estar obsesionado.

                  
                
Era ella, es inconfundible: solo comparable a sí misma en Perversidad, morena y peligrosa, ardiente y gélida, fina y coralina, clariturbia, el pelo en eclipse, el cutis marfileño, los labios de lava, los ojos como sendas lagunas nocturnas donde alguien acabara de suicidarse por ella, bella y sinuosa en su vestido de gasa negra, salvo que traía una cafetera moka y bajo el seudónimo de Juana se presentó como la nueva vecina. Al parecer se le había agotado el butano y para terminar de hacer el café me pidió fuego. Nadie lo había hecho desde que me casé; tendré aspecto de no fumador o pareja tan fiel como Glenn Ford en Los Sobornados; debí agradecer que me lo pidiera ahora que estoy recién separado. Pero cojitranco del pie descalzo la hice pasar a la cocina no sin lanzar una nostálgica mirada a la pantalla de plasma; como el profesor Wanley (E.G. Robinson) en La Mujer del Cuadro, una vez superada la cuarentena, también yo me veía poco apto para el amor y el crimen, y como él solitario (en su caso de Rodríguez) solo aspiro a encontrar un trabajo digno y a seguir cultivando mis pasiones cinéfilas y cada semana actualizar este blog, ya más extenso que Los Nibelungos. Quizá he perdido el Espíritu de Conquista.

Como era de rigor Joan-Juana me invitó a una taza, pero no llegué a lucir mi juego de porcelana porque al no tener brandy en casa (tampoco bebo) me ofreció acompañarla a su apartamento y mezclar un carajillo. Solo entonces reparé en que la ingestión de cafeína a aquellas horas implicaba que observaba un horario más alegre que el mío. Obedecí el impulso de seguirla; la inminencia de un trago, la expectativa en una morena pueden cambiarlo todo. Y Solo Se Vive Una Vez. Para no tantear bajo el sofá me calcé los mocasines. Al pasar por el salón esta vez no lamenté dejar de revisar La Mujer del Cuadro. Puede que ya no esté para asesinar a nadie, pero sí para beberme un carajillo con la doble de Joan Bennett. Después de admirar su retrato en el escaparate de una galería, también Robinson la acompañaba a su casa para contemplar otras versiones que de su cuerpo habían ejecutado varios artistas, pero con la esperanza de apreciar el original.
Como no se me dan bien las descripciones de mobiliarios aprovecho para incrustar aquí un fotograma que ilustre el apartamento de mi vecina, ya que es tan vintage y el de Joan Bennet moderno que pese a los sesenta años que los separan ambos parecen contiguos en el tiempo. 

             
                   

Bajé el volumen de una canción de Nat King Cole (quizá la de La Gardenia Azul) para no molestar al imaginario yo que en algún mundo paralelo, Mientras La Ciudad Duerme, se hubiera quedado viendo La Mujer del Cuadro. Mezcladas las bebidas, nuestros cuerpos parecían dispuestos a hacer lo mismo, la rodillera de mis vaqueros caseros rozando el nylon de su rodilla en el sofá de satén color champán. Con el frenesí de las gallinas de Furia cotilleaba de los vecinos. Llovía, y el repiqueteo de gotas en el vidrio violeta acentuaba la intimidad del interior. Las lunas nuevas de sus pupilas succionaban la marea de mis Deseos Humanos, pero su atención tenía la frialdad de una funcionaria que sella un expediente. Mientras bromeaba sobre la manera en que la miraba el conserje, contoneó los pechos.

Más Allá de La Duda se confirmaban mis sospechas de que, igual que Joan Bennet en la película, mi vecina era una encubierta profesional del amor que vivía de Encuentros en la Noche. Por un momento volví a desear no haberle abierto y ahorrarme complicaciones. Me levanté pero ella me cortó el paso y como una estatua que me arrojaran desde arriba me sobrevinieron su cara y sus ojos y su boca. Y por segunda vez en la velada estalló un timbrazo en el lugar de mi felicidad.
En cuanto irrumpió el sanguíneo –y sanguinario- obeso atisbándome con rayos de celos entre las cejas y las rojas zarpas extendidas, que no recordaba si parecido al intruso –y víctima- en la trama del film, me dispuse con la ayuda de ella a asesinarlo en defensa propia (Los Verdugos también Mueren), y dado que la policía no nos creería, a cargar el cadáver en el Clío (yo no gasto el Cadillac de Robinson), y a deshacerme de él en una alameda, sin olvidar herirme la mano con un alambre de espino, mientras la Encubridora limpiaba la sangre, desvanecía las huellas, se deshacía de sus pertenencias y ponía a hervir las tijeras, el arma homicida. Con la manipulación que ciertos maestros del cine someten al tiempo, sus garras encarnadas se acercaban a mí, seguramente al cuello. Intenté despertarme, como Robinson al final de la película.

                   

Estiré la mano hasta apretar la zarpa extendida del que resultó amistoso visitante. Tras él, un guiño de la anfitriona me instó a la resignación. Al menos ya no éramos Prisioneros del Terror. Sería un cliente que sin poder esperar se había adelantado. Intenté irme para dejarles campo libre, pero Juana no quiso oírme y tras una somera presentación (ni siquiera entendí su nombre) se fue a disponer una ronda de whiskies con soda. Además tenía yo curiosidad por identificar al visitante; me sonaba su rubicunda cara, tal vez parecida a la del Doctor Mabuse. Precisamente me contó que venía de ver en un canal local una película policíaca (por error dijo titularse Perversidad) en la que el asesino, un respetable profesor que se dejaba arrastrar por la fatalidad, como íntimo del investigador, visitaba con él la alameda donde había sido hallado el cadáver, y el policía celebraba que su amigo conociera el camino y hasta llegaba en broma a sospechar de él. Al prorrumpir en una carcajada el tipo pareció escarnecerme, creí que se reía de mí, y me temí que en verdad se tratara del amigo que a veces sospechaba que mi ex hubiera trabado en el vecindario. Quizá no fueran después de todo mi pasión por el cine y mi falsa obsesión con Fritz Lang los motivos reales de mi divorcio. El JB de Juana me supo a Dyc. Me pregunté si llevaría algún afrodisíaco o intentaban envenenarme como a Dan Duryea, el chantajista de La Mujer del Cuadro.

                   

Con su teléfono el gordo nos hizo una foto en la que debí aparecer con los ojos tan saltones como los del Vampiro de Dusseldorf, porque sin dejar de reír, Clandestino y Caballero confesó tomarla en calidad de detective comisionado por mi ex, que después de seguirme varios días al fin obtenía para el juzgado pruebas de mi vida disoluta, y cuando despegué los párpados advertí que en realidad los había tenido cerrados y que me encontraba aposentado en mi sillón de orejas. Vi un Cadillac relumbrando como charol en la soledad húmeda de la noche. Del interior salía E. G. Robinson.

                   

Me había quedado dormido viendo la película. Me sentí aliviado, salvo por una remota decepción, la misma que en primera instancia siente el espectador al descubrir que Lang ha utilizado el recurso del sueño para lograr un artificial final feliz del que él mismo parece burlarse. También me sentí culpable de dormirme ante una obra del tuerto teutón, pero tenía la disculpa de que la víspera me había desvelado un disco de Nat King Cole de los nuevos vecinos. Con la genial incoherencia de los sueños había transferido al visitante la cara de mi ex cuñado. Llamaron a la puerta. Di marcha atrás al DVD. Volvieron a llamar dos veces más, completando las tres notas del destino, el tema favorito de Lang. Ignoré El Secreto Tras La Puerta. Se iniciaron los títulos de crédito.
Sentí un horror gélido a mis pies, como si en el suelo reptara la cobra de La Tumba India: tenía los mocasines puestos. Yo era El Hombre Atrapado.      

        

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