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lunes, 13 de abril de 2015

JUAN NADIE


                  

Tienes manos de hermano, ojos de hijo,
la altura de un roble, de un padre,
la voz noble de los ríos, el aliento del viento,  
en la frente la señal oscura, la nube de locura
de quienes guían a un pueblo por la soledad de los siglos,
tienes el corazón de un muñeco de nieve al sol,
la paciencia de un espantapájaros bajo la lluvia,
pero de arcilla la voluntad modelada por tu creadora,
torpe el gesto que estira tus hilos de marioneta,
porque eres un mito y un montaje,
una persona y un personaje,
extraordinario y corriente,
eres todos y nadie,
Juan Nadie, Juan Nadie.

Atrás quedaron el Coronel y tus guantes de pitcher,
los túneles que como heridas abrían el monte
como la cremallera de los raíles el paisaje,
cuando eras polizonte de trenes e inquilino de puentes,
y los atardeceres se desangraban al oeste
y las páginas del paisaje se pasaban en el álbum del horizonte,
transeúnte de la Depresión, del presente,
eras un personaje a la busca de su autora
hasta que ella te descubrió en el casting de pordioseros,
y ahora vuelas en las ondas y te ondulas en las pantallas,
habitas las voces de los estadios y las creaciones del inconsciente,
los fantasmas de las ilusiones y los espejismos de los sueños,
los ideales del americano medio que se mira en tu espejo,
las visiones de los jóvenes y las leyendas de los viejos,
la compasión de un pueblo por quien al fondo de la desesperación
va a arrojarse de un tejado para vencer a la Depresión.
Pero eres un hombre corriente y un farsante,
porque cuando parecías airado estabas enamorado,
eres todos y nadie,
un personaje que tú el primero te has creído,
una bella máscara que te ha halagado,
un ideal y un fraude,
Juan Nadie, Juan Nadie.

Tienes el carisma de un profeta
aunque dices viejas palabras que todos quieres escuchar de nuevo,
la cara y la máscara de un poeta
porque dices palabras nuevas que nadie quiere olvidar de nuevo,
y arrancas una buena palabra del silencio que muelen los dientes,
y arrebatas una buena obra de la entraña de maldad de los hombres,
y exprimes una gota de agua del cactus de cartílagos y tendones,
lo demás no importa, los cuentos de hadas del populismo,
los juegos a las mentiras del periodismo,
la gallina ciega del idealismo,
no importa que una columnista escribiera tu carta de suicidio
no importa que seas obra de ella,
que se haya enamorado de su personaje
tanto como tú de tu creadora,
ni que mientras liberas la paloma de tu palabra
ella esté entre tus brazos aunque no lo sepa
porque intentas fundirte con tu personaje,
todos y nadie,
Juan Nadie, Juan Nadie.

Cuando pase esta época de clamores y aclamaciones
y dejes de ser el héroe de los estadios
(y no como en tus sueños de jugador de béisbol),
cuando se acalle tanto ruido de tinta, tantas voces de papel,
y en vez de confundirte con tu personaje
acabes por fundirte con tu sombra, con él,
y John el Largo sea para siempre Juan Nadie,
el honrado y el impostor,
pero dejes de ser dos,
aunque tú no lo sepas y no pueda halagarte,
en alguna parte,
siempre habrá un hombre que venciendo a la noche,
hendiendo la niebla y el miedo
por ti con una sonrisa o una lágrima entregue lo mejor del Hombre.


                      

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