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lunes, 20 de abril de 2015

LOS VIKINGOS


                

Yo, Einar, hijo de Ragnar,
que en mi bravura he fundado mi autoridad,
Einar, elegido de Odín, dios de la guerra,
que con mi espada en los tapices tejeré la leyenda de mi majestad,
favorito de Thor, padre del trueno,
que con mi quilla he partido la niebla y la tempestad,
pero ahora esclavo de la ira, anhelante de la muerte,
asediado por mi fealdad,
he visto mi tristeza como una lágrima reptar por la piel de Morgana
la rehén de la que era rehén,
mi espada bajar ante el hielo de su desprecio,
mi remo ceder al mar de mármol de su indiferencia.
A veces, en metálicos amaneceres,
cuando en las venas como una marea de lava refluye la resaca,
en un relámpago de sangre en el aire
vuelve el halcón del esclavo a arrancarme el ojo y la belleza
con que habría atraído a Morgana,
como si con un golpe del destino las runas le hubieran dicho
en una de esas tiradas de dados que conculcan el azar,
que desfigurándome sería suyo el amor de Morgana, por necesidad,
y de la cuenca hueca me nace una lágrima imposible,
sí, cada ebria alba de hierro en un escorzo de miedo
vuelve el halcón a herirme con un rayo
menos potente que la belleza transparente de Morgana.

Viento blanco, mar venenoso,
la visión de un barco en llamas a la fúnebre deriva de la noche,
en la nieve vísceras del cielo destripado de nubes,
el dragón que sale de la orilla, el ganso rojo de la luna,
la catarata de sangre que se precipita al filo del fin del mundo,
las intuiciones de los mares, las premoniciones de las nubes,
el deseo de muerte en el vértigo de un grito que cae
desde la torre del castillo de mi pesadilla,
es la hora de encallar como mi padre en un pozo de ladridos,
la hora de vengarlo asaltando las almenas de mi sueño
y la fortaleza de tu cuerpo de ópalo,
la hora de que entre la niebla giman los mástiles y la trompa,
la hora de navegar con la gloria a la proa y el miedo a popa,
así que en esta fantasía bésame las cicatrices,
descóseme las heridas, escúpeme a la cara el ojo que no tengo,
muérdeme, amor tan imposible como un vikingo al sur,
como un vikingo sin espada,
como un vikingo en paz.

Yo, Einar, hijo del fiordo,
que en la espuma he pintado la trama de mis proezas,
el novio del sol y de las estrellas
que a lomos del viento he roto la niebla ciega,
Ainar, terror de ingleses, al norte de la valentía,
que con la espada en la batalla he trazado la estrella de mi gloria,
pero ahora con un ojo nublado, de amor vulnerado,
mi destino tuerto por una tirada de runas
en la que el esclavo leyó que si me desfiguraba la belleza
suyo sería el amor de Morgana,
y yo que creía que el halcón sería yo y ella la paloma.
A veces en los atardeceres de óxido y herrumbre bebo y bebo
y sueño que en sus garras el halcón me trae el ojo
y me devuelve la belleza con que atraer a Morgana,
y como si con un golpe devuelto por el destino
los dados de las runas volvieran hacia las manos de la bruja,
en un movimiento inverso
parecido al de los cascotes que en el deshielo se rompen,
la suerte se revierte
y el esclavo muere
y del foso de ladridos voraces mi padre sale
y en la noche brillante un desfile de hogueras que no es fúnebre
iluminan la nieve y el mar que arde y una barca que no celebra mi muerte
sino mi boda contigo, amor imposible
como un vikingo que no bebe,
como que de la tierra a la nube nieve
o que un vikingo llore
con el ojo que no tiene.

                         

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