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martes, 9 de febrero de 2016

ODA A ORSON WELLES


                 

George Orson Welles,
Shakespeare del cine,
también tú borde bardo bordador de metáforas,
ambos bordeáis lo divino, inventores de la poesía y el cine
que los hombres habrían creado en la torre de Babel,
como él eres universal y a veces invisible, según Borges todos y nadie,
actor, autor, director,
los dos de rostro etéreo, venéreos, venusianos, marcianos,
embozados tras una capa tejida de pétalos rojos y mariposas negras,
con el misterio pululante en el brocal de vuestros párpados,
como pasó a Charles Foster Kane, George Amberson Minifer o Hamlet
un extraño usurpó tu sitio en el lecho de tu madre,
la ausencia de ella te expulsó de niño del reino de los adioses
pero el dolor convocó en tu mirada los espíritus de la emoción y la belleza.
Como Kane, Amberson, Hamlet, empezaste en la cima de tu gloria,
y en el vértigo de tu apoteósico descenso brillaste como un ángel caído,
primero artista bendito y después maldito,
hijo prodigio y pródigo de Hollywood,
Welles, tu versión de Wells invadió el mundo con una pandemia de pánico,
y la meca del cine te regaló una lámpara maravillosa, la RKO,
para que dieras a la luz y a la sombra las mil y una historias que gestabas,
y para crearlas podías frotarla y pedirle al genio tres millones de deseos,
solo que el genio eras tú, Orson-Cagliostro-Ariosto,
que en los espejos paralelos de tus ojos armabas el decorado de los sueños,
que con la batuta de tu puro suspendías el silencio más allá del tiempo,
que con el ángulo de tus contrapicados conquistabas el cielo,
que con la profundidad de campo nos acercabas la línea del horizonte,
que en las frases de tus planos retrasabas el punto y seguido del fundido,
que con la sed de sombras de tu lente creabas el esplendor de un espejismo,
que con tu sentido espacial pintaste escenarios que se precipitaban al vacío,
que con la epilepsia de tu cámara escenificabas la muerte de tu padre,
hombre del Renacimiento si no fueras tan barroco,
un artista tenebrista que en el claroscuro componía imágenes ingrávidas,
vanidad de arabescos que titubean en un escorzo de instantáneas sombras,
monumentos de sonido que se desploman en el esplendor de su decadencia,
inventor del gran angular,
tú deberías haber sido el capitán Ahab
o la Ballena Blanca, Leviatán,
Calibán,                
o más bien el demiurgo Ariel,
Orson-oso, gigante, mastodonte, formidable, tótem de los hotentotes,
y también dinámico y formidable, errante, ligero y trepidante
como si tu querida catedral de Chartres fuera itinerante,
cuando para financiar tu versión de Cervantes, cineasta andante,
caballero de la genial figura, idealista en pugna con el tiroides,
alquilabas tus inmensurables libras de carne para incorporar personajes
y cámara en ristre salías por las carreteras de Europa o en yate
a liberar al cine del encantamiento del pop y del cine de autor,
Orson, sensual Falstaff, dionisíaco y afrodisíaco gourmet,
con la barba de perlas y mandrágoras, corales y caracoles,
tu tristeza tenía la sonrisa de un niño que juega a ser mago,
tu belleza tenía el descaro de un joven que juega a ser malo
(Harry Lime, bisnieto de Macbeth, que de haber vivido
se habría convertido en Mr. Arkadin),
tu mente tenía una lente que potenciaba cada imagen,
tu mirada tenía una cámara oscura que hechizaba la vida.
























lunes, 8 de febrero de 2016

ZELIG


                  

 Ya no esperaba que usted, Woody, un cineasta camaleónico, esta vez bajo la condición de documentalista paródico, recurriera a mí, Mr. Allen, una de las múltiples variaciones o escisiones esquizoides de su personalidad, el intelectual comprometido –conmigo mismo, se burlaría usted-, el cronista de su tiempo, el crítico que desde su eminente atalaya –sí, dígalo, a ser posible un ático de lujo en Mantattan-, analiza los acontecimientos del siglo XX, recabara mi opinión sobre Zelig; y ha constituido una sorpresa que me reclamara a dar mi testimonio en este plató decorado como si fuera mi despacho, porque paulatinamente he sido marginado de la icónica imagen que de sí mismo, Woody, le ha interesado cultivar, el arquetípico judío neoyorkino, cómico y patético, irónico e histérico, hipocondríaco y escéptico, que se burla del mundo empezando por usted mismo.
            Se lo diré de una vez, antes de que me prive de metraje: en cuanto conocí el caso Zelig supe que usted se basaría en la versátil personalidad de éste, en sus múltiples metamorfosis de personalidad, en este Proteo –no Prometeo- moderno para indirectamente referirse a sí mismo. Sí, ésta es la enésima prueba de su narcisismo solipsista, Woody, de su ensimismamiento en sí mismo –valga la redundancia-. Sostengo que Zelig es una metáfora del artista, y por ende de usted mismo. Por favor, no me replique, estos siete minutos me pertenecen, y espero que mi erudito, equidistante, ecuánime plano medio se sostenga en una secuencia continuada y no sufra ningún corte, doblaje o trucaje típicos de ustedes los cineastas.
            Mi declaración se articula sobre un estricto criterio histórico crítico, pues por razones cronológicas –como le consta a usted, exacto coetáneo mío- no viví la época de Zelig, la era del jazz, y la primera prueba que aduciré como demostración de mi tesis finca en la intimidad de Zelig con artistas como Fitzgerald o Gershwin. Desde el principio me fue transparente la que para tantos analistas resultó opaca cuestión de Leonard Zelig, aquel judío enclenque e insustancial, en apariencia tan feble y ligero como una hoja al vuelo de cualquier otoño de Central Park, con ojos de batracio tras el cristal de pecera de las gafas, y aire de Buster Keaton con voz propia, que involuntariamente adoptaba el físico y se adaptaba al intelecto de su acompañante de turno. Y así, si conversaba con un psicoanalista vienés, perdía el pelo y le crecían perilla y un puro en una boca que emitía consonantes forjadas metalúrgicamente al fundar su teoría de la masturbación como sublimación de la frustración de los instintos creativos; si compartía mesa con un boxeador, se le partía la nariz, varias tiritas le ribeteaban la mandíbula y se le fortalecían bíceps y deltoides, al tiempo que su capacidad expresiva se debilitaba; si jugaba al ping pong contra un chino, la tez se le volvía cetrina, con la pala por primera vez blandida desplegaba un juego demoledor, y los ojos se le rasgaban en rendijas. Y así sucesiva, infinitamente… Voy por la mitad de mi argumentación, ¿cómo vamos de tiempo?...
            Pues bien, según confesó él mismo en una sesión de hipnosis a su analista, Eudora Fletcher –en el film tan significativamente parecida a su musa de entonces, Woody, como Zelig parecía su gemelo-, aquel síndrome psicosomático respondía a su necesidad de empatizar con todo el mundo, a su inconsciente interés en caer bien a la gente para sentirse seguro. Lo cual no es sino una alegoría de la facilidad del creador para convertirse en todos sus personajes y fijar como propio, en un alarde de imaginación y perspectiva, cada uno de sus puntos de vista. Esto es, tu propio caso, permíteme que te tutee, ya que somos tan cercanos. Zelig eres tú. Y de ahí que hayas tratado con tan entrañable piedad y evidente complacencia –contigo mismo- a ese neurótico cuya enfermedad acaba salvándolo. Ya solo te faltaba mostrarte indulgente con tus propias taras. Porque el peregrino argumento del film debe su final feliz a una recaída en su manía de transformarse, de suerte que gracias a que ocupaba el puesto de copiloto de repente se convertía en un piloto genial que cruzaba el Atlántico en tiempo récord y con el aeroplano bocabajo… ¿Cómo dices? ¿He revelado el desenlace antes de tiempo? Pues aprovecha para incrustar mi testimonio en el momento cumbre, tanto mejor para la película. Lo cierto es que con aquella anécdota te estabas justificando a ti mismo, Woody, reivindicabas que de tus neurosis, de tu talento imitativo, extraes tu panacea. ¿Me equivoco? Bah, ya cortarás mi intervención según tu conveniencia. En el montaje todo se manipula, ya lo dice su nombre.
            Por lo demás, esa defensa de la enfermedad se contradice con la adoración que Zelig rinde a su analista-esposa por haberle curado. También a ti desde siempre te ha encantado ser un maníaco, has defendido el inalienable derecho de todo neurótico a no ser importunado por ningún metomentodo curandero, y aparentando ser un usuario compulsivo de los divanes, y pocos quedarán en Brooklyn en cuyo cuero no hayas imprimido el molde de tu canijo cuerpo, no has hecho sino caricaturizar a los terapeutas.
            Ya que al parecer aún no me has cortado, voy a seguir fundamentando mi teoría de que ese hombre mutante que es todos y nadie –pues bajo tantas personalidades no subyace un carácter propio, detrás de tantas máscaras carece de cara-, simboliza al creador. Y así, otros rasgos que acercan a Zelig al artista, a ti mismo, serían la concepción de su arte como medio de satisfacer su insaciable necesidad de ser querido; las dispares interpretaciones y hasta apropiaciones que sufre por parte de intelectuales, políticos o grupos religiosos; los destructivos traumas infantiles revertidos a favor de su capacidad creativa; sus recurrentes accesos de misantropía; la radicalidad con que pasó de darle la razón a todo el mundo a practicar la contradicción sistemática; su soledad existencial; su tendencia a la falacia y a la impostura, debida a las sucesivas transformaciones de personalidad, y que le llevó a ser reo de poligamia e intrusismo, un farsante involuntario; su falta de seriedad y formalidad, provenientes de su carácter imprevisible… En fin, una oda a tu polifacético talento, Woody. Zelig se reduce a una justificación de tu vida rodada a mayor gloria de tus instintos más nihilistas y anárquicos, irónicos y aniquiladores –demoledores y paradójicamente creadores- que han acabado por arrinconarme a mí, el intelectual, el pensador lógico y constructivo capaz de estructurar el mundo en categorías mentales. Y espero que ya no quede más cinta porque no tengo más que decir y me temo que en vez de lograr mi secreto objetivo de que te fueras asimilando a mi personalidad y procuraras imitar mi rigor, soy yo el que empiezo a perderlo, a dejar que me fascines y en cualquier momento me reiré de mi seriedad frígida e insoportable pedantería.