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martes, 1 de mayo de 2012

BIBLIOTECA TRASPLANTADA (I)


Luego de haber persuadido a una viuda reciente de que invirtiera el legado de su marido en las volátiles acciones del banco, ayer mi jefe me retiró el ultimátum de finiquito y por desgracia me dio la tarde libre. Dado que apenas nos había dejado almorzar una Alma arrebatada de la fiebre destructiva de la Semana Trágica, sobre las seis la consorte abrió el horno para descongelar una pizza que dataría de la Glaciación, con su forma de huella fosilizada de mamut, y de la compuerta cayó una catarata de libros…

Los brazos en jarra, la consorte me miró con ojos soñadores –mala señal–, luego batió las pestañas al estilo Mary Pickford –aún peor indicio–, y con flagrante injusticia me dijo suavemente –como la música de Takemitsu sirve de elegíaco contrapunto a la carnicería de “Ran”– que no podía seguir viviendo con mis polvorientos tomos entre las sábanas, sirviendo de cojines en los sofás y hasta atiborrando el bidet. que a punto estuvo de darme a elegir entre los libros o ella, pero interrumpió el planteamiento para volverse a vaciar el horno, temerosa de que que le respondiera la verdad. Acabó por conformarse con que cada tarde libre me llevara un cargamento de tomos al trastero de mi madre.



Y así arrastré al Seat el primer bolsón de esos con capacidad de albergar a un cadáver, abarrotado de algunos de los volúmenes que después de más de dos décadas de lectura compulsiva me han hecho el imbécil que soy, el tarugo con un descascarado barniz de culturilla. Sintiéndome el Quijote ante la chamusquina de su biblioteca o algún autor degenerado merecedor de la pira hitleriana, indulté del destierro a los magros “Dublineses” y “El Tercer Hombre” y me los guardé en los bolsillos, próximos objetos de estos blogs. La vecina que bajó conmigo se apartó a un rincón del ascensor como si llevara un saco de serpientes, y al verlo el conserje regurgitó, necesitado de alguna escupidera fordiana, y se ofreció a ayudarme a tirar al contenedor toda aquella porquería.

Como mamá había dejado de conducir y ya conocía yo la indignación irracional de la consorte por el espacio que ocupan unos cuantos libros, había tramado superpoblar con estos las extensas estanterías de hierro de la cochera cerrada. Y al demacrado brillo de una bombilla empecé a alinear por hileras aquella primera carga, sintiéndome el tipógrafo en el sótano de una imprenta clandestina de folletín.

Nada folletinesco era el primer volumen, “Desayuno en Tiffany’s”, y volví a ceder a la ira que, en la por lo demás excelente versión de Blake Edwards, me produce la suplantación del entrañable freaky protagonista –y narrador– por el insulso guaperas George Peppard, en aras del convencionalismo hollywoodiense. Me indigné tanto contra el cine que me propuse no ver más de ocho o nueve películas por semana, en las noches insomnes que me llevo a Alma a la sala.



El siguiente fue “Pylon”, también de loable referente cinematográfico (¡bravo por Dorothy Malone y Robert Starks!), lastrado eso sí por los típicos remilgos e hipocresías del retrógrado Hollywood (y aun así otros lo creían la nueva Babilonia), lo que demuestra que en cuanto a moral el cine –más controlable– siempre iba treinta y cinco años detrás de la literatura (tengo cálculos exhaustivos, lo juro, pero no quiero cansaros). Seguía tan enfadado con el séptuple arte (en otro blog he numerado las siete artes que aglutina), que cerca estuve de decidirme a invitar a la consorte a salir el sábado noche en vez de consagrarme a mi programa triple.

Luego vino “Santuario”, y lamenté que tanto Faulkner traducido me hubiera infectado la sintaxis de tantos laberintos, túneles y vericuetos como tenéis que sufrir, estirándome el estilo hasta la ilegibilidad, porque además, siendo las palabras más cortas en inglés, le pasará como a Nabokov, que en el original sonará más ligero, levitatorio, casi etéreo. ¿Cómo será Faulkner traducido al alemán? ¿Y John Wayne doblado al idioma de Gide o Proust? Dejemos el doblaje para otro día, bastante ofuscado ando con la intransigencia de la consorte.

A continuación les tocó el turno a “El Inconformista”, “Las Uvas de la Ira” y “Los Siete Pilares de la Filosofía” (esto es, “Lawrence de Arabia”), todas ellas películas con creces superiores a los originales, especialmente el último, más arduo de transitar a través de sus ochocientas páginas -y árido- que los desiertos que cruzara su autor. Silbando a Maurice Jarre (¡suena idéntico a la Sexta de Bruckner!, ¡qué casualidad!: oídlo más abajo), coloqué “La Regenta” –la última serie que vi fueron “Los Ropper –, la “Ruta del Tabaco”, otra vez Ford, también superior al naturalista Caldwell, a su vez más flojo que su homólogo Dreiser, lo que me recuerda a Jennifer Jones haciendo de Carrie, y la cochera se me nubla de emoción.



Luego le tocó a “La Marcha Radetzky”, del superlativo Joseph Roth (sólo igualado por Henry Roth, Hans Roth y Philip Roth), de evidente banda sonora si se hubiera rodado; Stroheim u Ophuls lo hubieran hecho bien. Y después de ubicar “La Ley del Silencio” –curioso caso de novela escrita después del estreno de la película de Kazan–, abandoné el trabajo que con tanta reflexión tampoco iba tan rápido, porque me llamó mi hermano y me dio una traumática noticia sobre la que me solicitó el silencio que no guardó Elia ante McCarthy, y justo él me hace contravenir su propia directriz de no enlazar un blog con otro para que cada uno tenga entidad propia. No tengo más remedio que dejaros así, sumidos en la ignorancia de una niebla de flashback –el humo de una estación de tren o de un cigarrillo que se va disolviendo para revelar a un fumador milagrosamente rejuvenecido– que os aclararé mañana.      

2 comentarios:

  1. No sé yo, si me hubiese atrevido a " sacar " mis tesoros y relegarlos a un simple desván o trastero en casa de mi madre,( me sería imposible, tengo la suerte de que mi progenitora viva a 3.000KM de mí).Me gusta el blog y lo escrito en él.Leeré todo más adelante, con un poco más de tiempo y con la cabeza algo más lúcida de lo que la tengo en estos momentos.Suerte y un saludo desde el sur.

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  2. Gracias por tu interés en el blog, te invito a que entres asiduamente. Yo vivo también en el sur, pero tengo a mi progenitora mucho más cerca. Saludos y gracias!

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