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miércoles, 26 de septiembre de 2012

LA LOBA


                                    


Quién me iba a decir el día de mi boda que veinte años después iba a estar como ahora, escupiéndole arsénico a Horace, mi marido, a ver si le provoco un infarto masivo diciéndole la maldad –la verdad- de que me casé con él por dinero, porque me aburría en casa de mis padres y no tenía donde ir, y me alegro de que, con los ojos de pescado podrido, ya se le amoraten las mejillas, se ahogue y se lleve la mano al corazón como si estuviera jurando por su honor que, en efecto, no va a tardar en dejarme en paz. 

Morirse es lo mejor que puede hacer. Y permitirme participar del acuerdo que los tres hermanos Hubdard alcanzamos con Mr. Marshall, el famoso financiero. Ben, Oscar y yo lo recibimos en mi mansión y se comprometió a invertir los cuatrocientos mil dólares que, dotando de molinos a nuestras explotaciones de algodón, despertarán a nuestro negocio del sopor de torpeza y estancamiento que nos tiene embarrancados desde la Guerra Civil. Para recibirlo, hice cortar el seto, mandé afinar el piano de mi hija Alexandra, aleccioné a los esclavos –perdón, a los criados-, lustramos la vajilla de plata y hasta di cuerda al reloj de péndulo como significando que por fin estábamos dispuestos a sincronizarnos con la Historia y a no perder el tren del progreso.

Gracias a mi discreción, a la elegancia y cortesía de mi índole, al nimbo de delicadeza y y augusta serenidad que me aureolaba (y por qué no decirlo, a la baratura de nuestra mano de obra), a Mr. Marshall no lo espantaron las argucias de ese tramoyista del ingenio que es mi hermano Ben, ni la boca de manteca enflorecida de mi otro hermano Oscar, ni el histerismo de su esposa Birdie, siempre ebria de licores y nostalgias, ni ese patán de su hijo Leo. 

Por nuestra parte, los tres Hubdard participaríamos en la nueva razón social con un capital de doscientos veinticinco mil dólares, esto es, setenta y cinco mil cada uno. Con la cantidad y calidad de nuestro algodón y la moderna tecnología, nos haríamos incluso más ricos que antes de la Guerra y aboliríamos el pasado reciente de mediocridad y humillaciones que habíamos soportado desde la rendición de Lee. Y yo podría irme a vivir a Chicago y a viajar por Europa y abandonarme a los exquisitos placeres del lujo y del trato cotidiano con la alta sociedad, el ambiente que me corresponde.

Para coronar velada tan provechosa, una vez que se fue Mr. Marshall, decidí coger el látigo y hacer saltar un poco a mis hermanos a los restallidos de mi capricho. Como conozco la rapacidad de ambos, y ya que tenían los ojos nublados de codicia y se mordían los labios de la avidez, y dado que ninguno contaba con un dólar más de sus setenta y cinco mil respectivos, si querían que yo contribuyera con lo mío, tendrían que darme la mitad de lo nuestro en vez del tercio que me correspondía. Crisparon el gesto y taconearon de furia, pero al menos les saqué el cuarenta por ciento. La demasía saldría de la parte de Oscar, que ni aun así me extrajo la promesa de darle al cretino de su hijo Leo la mano de mi hija Alexandra, aunque ingenua, mi igual en belleza, genio y estilo.

Ya que es la única a quien él escucha, envié a Alexandra a Baltimore, para que trajera de vuelta a Horace, mi marido, y, a costa de soportar su enojosa compañía, poder concluir negocio tan pingüe. Horace acababa de recuperarse de su último infarto, por lo que el trayecto se prometía proceloso, y mientras llegaban fui muy feliz creyendo que escaparía de aquí, despidiéndome con delectación de todo esto. Necesito desenmarañarme de esta telaraña de intereses que yo misma, lo reconozco, he contribuido a tejer. Y dejar de envenenarme los pulmones con este aire tupido de codicia, este ambiente sórdido, rígido y denso de opresión y represiones, apestoso de virtud y obligaciones con uno mismo, preñado de culpas hasta la insania, este pozo donde chapotean los últimos coletazos de las ilusiones y esperanzas de mi juventud. 

Y en esto por fin llegó Horace, cuando a mis queridos hermanos ya los reconcomía la impaciencia y tenían rotas las uñas de rapaces gavilanes, porque Mr. Marshall nos había dado un ultimátum para aportar lo nuestro. Aunque hubiera sufrido un largo y penoso viaje, en cuanto vi a Horace supe que le esperaba uno muchísimo peor: traía la muerte pintada en los ojos. Llegó abotagado y pálido como la cera, parco de vida, ayuno de aire y deambulando con unos movimientos morosos, como si temiera despertar a la bestia que no tardaría en arrebatarlo. Por eso, lo único que se me puede achacar ahora, mientras le repito que nunca le he amado, es acelerar el proceso.

Sin dejarle respirar, mis hermanos y yo cometimos el error de acosar al recién llegado con el tema de los negocios. Y aunque solo fuera por contrariarme nos negó su conformidad –y el dinero- y con la excusa de la enfermedad, aunque es verdad que sufrió un vahído, se negó a seguir escuchándonos. Una losa cayó sobre mis anhelos de madurez. Y cuál no fue mi sorpresa cuando esos truhanes de hermanos míos se retorcieron como sanguijuelas en un charco de sangre y me espetaron que si yo no podía buscármelos, ellos se agenciarían por su cuenta otros setenta y cinco mil que me dejaran fuera del negocio. Ben especialmente se dio un festín con el cadáver de mis ilusiones.

Mi última esperanza era convencer a Horace de que rectificara. Pero la cercanía –inminencia- de la muerte lo había vuelto un descarado y un irresponsable, perfectamente indiferente al patrimonio familiar. Hasta me dio a entender que disfrutaba viendo a mis hermanos volviéndose contra mí como tiburones que atacan a tiburones al olor de su misma sangre. Horace me envidia la salud y la vida, le humilla su familiaridad con la muerte –él sabe que yo sé que él sabe que va a morir- y le consta que estoy aguardando a que se le acabe de parar el reloj averiado del corazón. 

Han pasado los días y no le he acallado el estribillo de que lo que queremos los Hubdard es enriquecernos a costa de los negros. Mi única salida era que sufriera un colapso; cada día estaba peor, era un esclavo de las medicinas y un enemigo declarado de las escaleras y las sorpresas, por lo que yo intentaba incendiar nuestra convivencia con discusiones y desplantes. Mi baza era lo mucho que me quiso y en el fondo sigue haciéndolo; el amor y el odio son las dos caras de la misma moneda. 

Hasta que hace un rato me ha dicho que acaba de descubrir cómo lograron Ben y Oscar los setenta y cinco mil dólares que les faltaban. Le dijeron a Leo que le sustrajera sus bonos del Ferrocarril, aprovechando que Horace no revisa casi nunca su caja de seguridad, con la idea de reponerlos con los primeros beneficios de la empresa. Y he aquí que este desgraciado me odia tanto que me ha dicho que en vez de denunciarlos piensa declarar que esos bonos solo fueron un préstamo que ni siquiera nos dará derecho a participar en los beneficios. ¡No va a permitirme ser feliz después de su muerte y si pudiera me arrastraría con él a la otra orilla de la vida!

Por eso he empezado a decirle que nunca le he querido y que me casé con él por dinero y aburrimiento, con lo que he logrado que se le congestione la cara y ahora, al referirme a lo desagradable que me parecía ya de joven, ha empezado a ahogarse y, la mano trémula, recurre a su medicina, de modo que quizá no haga falta decirle que lo he engañado con un montón de hombres -¡ojalá fuera cierto!-; se le rompe el bote en el suelo, la boca se le desgarra y tiene los ojos anegados de miedo; rígido y cataléptico, con un hilo de voz me pide que le traiga otro bote de arriba, de su dormitorio, sonrío y cruzo los brazos, sin inmutarme, apreciando cómo, horrorizado por mi inmovilidad, logra levantarse de la silla de ruedas, tambaleándose alcanza el pie de las escaleras, sube convulso varios peldaños y, cuando ya empezaba a temer que lo consiguiera, ¡al fin se desploma exánime escaleras abajo y puedo empezar a llamar y a gritar pidiendo auxilio! ¡Lo he logrado! ¡Con esas dos hienas a mi merced, todo será mío!  

                                  
                                                                                                                                            

1 comentario:

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