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sábado, 8 de septiembre de 2012

LOS PÁJAROS


                   


En la época en que los pájaros nos rebelamos contra el ser humano –el menos humano de los seres- y por el bien de la vida en la Tierra lo desvanecimos de su faz, yo aún no había abdicado como Rey de los Grajos, la especie que promovimos la revuelta en Bodega Bay, nuestra Bastilla particular. Era éste un enclave estratégico, ya que sin llamar la atención nos propiciaba el apoyo de las gaviotas y, como se trataba de un pueblo costero bastante aislado, nos posibilitaba obtener un triunfo que pasaría relativamente desapercibido apenas a cincuenta millas de San Francisco, una de las capitales del mundo.

Nuestro objetivo era apoderarnos del Golden Gate en dos días, y en efecto se me nublan los ojos saltones al recordar la columna de grajos que marcialmente se alineó desde la cabeza del puente mientras los zapadores picoteaban los cables de sujeción hasta que lo derribaron sobre la bahía.

Motivos nos sobraban para la rebelión contra los hombres: toda la vida nos habían encerrado en jaulas sometiéndonos a la humillación de cantar para ellos con el único pago del alpiste; nos disparaban en cacerías y adiestraban en la humillante cetrería; a los loros les hacían blasfemar; nos utilizaban en deplorables dichos –“me lo ha dicho un pajarito”, “más vale pájaro en mano”- o en mitos infames como el de la cigüeña, y empleaban a las palomas como mensajeros gratuitos; por no hablar del sentido peyorativo de “pájaro” aplicado a los semejantes que pretendían denigrar, o de los insultos “buitre”, “de mal agüero”, “cuervo” o “carroñero”, cuando eran ellos el único animal que por placer u orgullo mataba a sus semejantes. 

Y me olvidaba que incluso empleaban a las golondrinas o al ruiseñor en aquella bazofia lacrimógena y plagada de tópicos cursis que llamaban “poesía”. Al final fuimos su albatros particular, el pájaro de un blanco terrorífico que les trajo la ruina. Para conocer su destino ya no tendrán que desentrañarnos como los augures romanos, ni averiguar hacia qué lado volamos.

Basamos la victoria en la optimización de nuestras ventajas respecto a los humanos. La principal era algo que por sí mismos solo hacían en sueños: volar. Otra baza era nuestro número y la posibilidad de sorprenderlos con ataques en masa. Les atacaríamos en picado, en todos los sentidos de la palabra. Desde el principio del otoño nos fuimos agrupando en Bodega Bay con la excusa de las migraciones. También contábamos con la estupidez inherente al género humano, su tendencia a la autodestrucción y su desconocimiento de nosotros, a excepción de algún ornitólogo o músico que entre ellos son tomados por “rara avis”, bichos raros. 

Otra ventaja era nuestra ignorancia de la vanidad –a excepción de los pavorreales, pero estos apenas son pájaros: no saben volar-, que nos permite considerar a la especie muy por encima del individuo. Lo cual no nos impidió respetar a las minorías (algo inédito entre nuestras víctimas) y dejar tranquilos a aquellos de nosotros que, como los periquitos, prefirieron guardar fidelidad a los hombres, seguir encerrados en sus jaulas de oro.

Conforme a lo dispuesto, el día D a la hora H, emití el graznido que abrió las hostilidades. El primer paso fue picotearle la permanente a Melanie Daniels, una insolente rubia, díscola y descocada donde las hubiera, que para su desgracia había venido al pueblo para ligar con el abogado Mitch Brenner, el personaje más notable de por allí. Ése era nuestro plan, desestabilizar a los poderes fácticos de Bodega Bay. Nunca olvidaremos a la gaviota que despeinó a Mrs. Daniels, ni a aquella otra que mandé inmolarse estampándose en la puerta de la maestra, otra fuerza viva que logramos amilanar (pobres milanos: los humanos infectaron el lenguaje).

Sabíamos de la idiotez de los hombres, pero la realidad superó a nuestras expectativas. Por ejemplo, Melanie y Mitch, con su mundo al borde de la extinción, se pasaban el tiempo jugueteando con sus fintas y requiebros venéreos, hasta convertir la casa de la madre de Mitch en un nidito –con perdón- de amor. Entretanto, como un fiel espejo, la realidad duplicaba –calcaba- los planos de mi estrategia. La primera noche ordené que los nuestros se alinearan en los cables eléctricos, hecho de marcado cariz simbólico, ya que después de los millones de los nuestros inveteradamente electrocutados allí, ese maldito tendido simboliza la perfidia humana.

Lo siguiente fue un golpe psicológico a mayor escala. Nada menos que un ataque en picado sobre los infantes invitados a la fiesta de cumpleaños de Cathy, la hermana de Mitch, una niña de once años. Los niños eran otro punto flaco de los hombres. Afirmaban amar a aquellos seres egoístas que no se valían por sí solos hasta los nueve o diez años, cuando a veces se convertían en pequeños criminales, y sin embargo los explotaban en labores pesadas o hasta los enviaban a la guerra. Los más jóvenes de entre nosotros se niegan a creer esto último; lo achacan a propaganda de guerra que atribuyéndoles semejante vileza afilara los picos de nuestros soldados, a la falsificación de la historia por parte del vencedor.

Luego nos cobramos nuestra primera víctima mortal: Dan Fawcett, el vendedor de piensos. Toda la vida los había adulterado para desgracia de nuestras hermanas las gallinas. Tenía un par de ojos garzos tan ricos como huevos fritos: mis subordinados me honraron permitiéndome zampármelos como trofeo honorífico e impacto psicológico sobre el enemigo. Aquello me puso de buen humor e improvisé otro ataque a los niños, esta vez más dañino, a la salida del colegio.

Los vecinos estaban desconcertados. No podían llamar a la policía, ni siquiera al ejército, uno de sus recursos favoritos en caso de apuro. A todo esto, y aunque envié a varios escuadrones de gorriones que les entraran por la chimenea, a Melanie y Hitch, perdón, Mitch, nuestros ataques parecían servirles de afrodisíaco, y avanzaban mucho para la hipocresía –es decir, moral- de la época; tan entreverados estaban para los humanos, según nuestros antropólogos, el amor y la muerte.

“Atacar, desaparecer y reagruparse”, éste era el lema con que abrochaba mis arengas a los combatientes. Hicimos explotar la gasolinera del pueblo en una conflagración de sangre y fuego, y cortamos la luz y el teléfono. En cambio, nuestras comunicaciones seguían tan fluidas como siempre. Ellos reincidían en su insolidaridad. Acusándose de demencia, no se daban crédito entre sí, todos preferían la tranquilidad de creer que no pasaba nada grave, y los forasteros pensaban que se salvarían alejándose de Bodega Bay, como si adonde fueran no hubiera pájaros. 

Por mucho que se encerraran en sus casas y condenaran puertas y ventanas, los empavorecíamos con nuestros silbidos, aleteos y chillidos –era la guerra psicológica-, y luego picoteábamos las barreras con nuestros filosos arietes. ¿Qué batallón antiaéreo podía neutralizar los cien billones que éramos según el último censo? Ellos nos habían enseñado a bombardear a inocentes desde los vientres de acero de sus malignas máquinas. Hechos a suponerse el centro del universo, no nos creían con la capacidad de atacar en masa a un ritmo preconcebido. Todo lo consideraban en función del tamaño, incluido nuestro cerebro.

Invictos, de Bodega Bay pasamos a Santa Rosa y a San Francisco, luego a Nueva York, y de allí a Londres, París, Moscú, Pekín…

Ya no tuvimos que ver siempre el mundo a vista de pájaro. 

                                                                                                        

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