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lunes, 17 de septiembre de 2012

SHANE (RAÍCES PROFUNDAS)



                 

Aún no he logrado olvidar a aquel forastero que vino a hurtarme el amor de mi esposa y de mi hijo. Menos mal que tuve la astucia de no darme por enterado; hay peligros que pierden consistencia mientras no se enuncian: la única forma de conjurarlos es dejar de reconocerlos. Claro, que tampoco hacía falta hablar. Creo que Marian –mi mujer- y Shane tampoco llegaron a hacerlo: las miradas que se dedicaban eran lo bastante elocuentes.

Shane parecía un buen hombre, tan pacífico y razonable como yo mismo. Y además tenía yo otras cosas en que pensar: igual que a los demás campesinos, los hermanos Ryker querían arrebatarme mis tierras para emplearlas como pasto de sus reses. Justo la tarde que se presentó Shane, los Ryker vinieron a intimidarme, y como el forastero se puso de mi parte lo invitamos a cenar y a pasar la noche. Solo me di cuenta de cuánto lo adoraba mi hijo Joey, y en el desayuno le ofrecí que se quedara como jornalero, o más bien de hermano, tal fue la confianza que le prodigué.

Aún no sabía que hay que desconfiar de los solitarios, esa ralea de inadaptados a la vida y exiliados voluntarios de la normalidad, bichos raros que no abren la boca o hablan demasiado, imprevisibles, capaces de lo mejor y lo peor. Además, aunque parecía sereno, la manera que tenía de tensarse y crispar los músculos al menor ruido, lo delataba como pistolero. Igual que los artistas, los pistoleros son poco fiables; se venden a cualquier mecenas y nunca les remite el virus de la violencia. Aunque intenten comportarse, en el fondo lo único que les importa es apuntar y acertar: a los hombres nos gusta hacer lo que mejor se nos da, y él era de instantáneos reflejos, gatillo fugaz y puntería exacta.

El primer día lo mandé a comprar al almacén de los Grafton y se dejó el revólver en casa como un alcohólico renuncia al último trago. Lo haría por curiosidad, para ver qué se sentía. También en plan experimental, permitió que lo humillaran los Rycker y Chris Calloway, uno de sus secuaces. Esa noche me reuní en casa con los otros granjeros –Torrey, Shipstead, Potts…- para adoptar una estrategia contra Rycker, y estúpidos de nosotros tomamos a Shane por cobarde. Se salió afuera y al verlo por la ventana, solo bajo la lluvia, ensopado por nuestro desprecio, incurrí en el error de compadecerlo. No se me ocurrió que ningún diluvio podría restañarle la sangre de las manos. No se le puede tomar cariño a la gente así; y eso fue lo que hicimos los tres, Joey y Marian los que más.

El domingo fuimos en grupo al almacén y Calloway volvió a provocar a Shane, que ahora le dio una paliza. Se contentó con los puños; de momento, el alcohólico se conformaba con sidra. Luego lo cercaron unos diez matones de los Rycker y corrí a ayudarlo: espalda contra espalda, los mantuvimos a raya. 

Creía yo que aquellos ganaderos eran perversos y tenía a mi peor enemigo bajo el mismo techo. Joey no paraba de pedirle que le enseñara a disparar y cualquier día él le transmitiría su mal. Rycker podía dejarme sin tierras, pero Shane estuvo a punto de privarme de mi hogar, de mi mujer y de mi hijo. ¡Estoy seguro de que aunque no llegaron ni a reconocerlo ante sí mismos los dos lo hubieran preferido a él! Había veces que hasta a mí me habría gustado ser como Shane. Marian no decía nada, pero hablaba menos, a veces sus movimientos se ralentizaban, se le empañaban los ojos, se quedaba ensimismada en medio de la sala o miraba mucho rato por la ventana.

A todo esto, los Rycker soltaban sus reses en estampida sobre nuestras cosechas y para amedrentarnos contrataron a Wilson, un pistolero mítico. Ernie Wright, uno de los nuestros, pensaba marcharse. Llegó la fiesta del Cuatro de Julio, y aunque no había mucho que celebrar los granjeros nos reunimos en una barbacoa con baile y fuegos artificiales, pese a que con Wilson de estos nos sobraba. Coincidía con la fecha de nuestro aniversario: diez años de felicidad con Marian a punto de malograrse y, viéndolos bailar, ciego de mí, no pude sino reconocer que ellos dos hacían mejor pareja que Marian y yo.

Aquella noche Rycker me esperaba en casa. Mientras rechazaba su enésima oferta por mis tierras, me fijé en cómo se medían Wilson y Shane, que pareció reconocer la cara de serpiente de su colega. Al día siguiente Wilson asesinó a Torrey, el más entrañable de los granjeros. Pero el error de su jefe fue quemar la casa de Lewis cuando aún no habíamos concluido las exequias de Torrey; humillar al derrotado puede cuestionar la victoria del más fuerte. Y así, convencí a Lewis de que se quedara: entre todos le reconstruiríamos la granja. Todo mi afán era que pudiéramos permanecer en estas fértiles tierras para fundar un verdadero pueblo, con su iglesia, escuela y autoridad legal. Y sus buenas cercas que separasen los cultivos de los pastos.

Pero para convencer a los demás de que se quedaran tenía que ir a pedirles cuentas de la muerte de Torrey a Rycker y a Wilson. Marian me rogó que me quedara: Wilson era imbatible. Al principio, Shane me apoyó. Quizá pensó que me matarían y así podría ocupar mi lugar en la casa. Estaría harto de tanto vagabundeo y ésta sería su última oportunidad de quedarse estable en un sitio donde lo querían. No obstante, acabó por cumplir su designio de nómada. Aunque durante un tiempo uno pueda rebelarse contra su destino, al final acaba por cumplirlo y hasta quererlo, como a un mal padre. Tuvo que dejarme fuera de combate para ir en mi lugar a enfrentarse a nuestros enemigos. Para mí era cuestión de orgullo hacerlo por mis medios; no solo necesitaba convencer a mi mujer y a mi hijo de que yo era el marido y padre idóneos, sino a mí mismo.

En todo caso, él era el único capaz de ganarle a Wilson. Además de éste, también se cargó a los Rycker y se fue para no volver, dejando a sus espaldas el esplendoroso futuro que a mi me esperaba sin esos malditos ganaderos. Aunque pudo salirme bien caro, no sabía yo que los pistoleros fueran tan baratos y eficientes. Solo que éste se entregó demasiado a la causa. Para Joey era un héroe. Para mi mujer, un príncipe rubio.

Y para mí fue un demonio que acabó por cederme el paraíso a cambio de la nariz rota y un par de muelas.       
                                       

                                                                                                        

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