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miércoles, 5 de septiembre de 2012

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ


                  

A todas horas “sí, señorita Escarlata”, “en seguida, señorita Escarlata”, “lo que usted diga, señorita Escarlata”, harta estaba de los caprichos de esa señoritinga que el día entero me tenía arriba y abajo, sin quitarse el Mammy de la boca, pidiéndome que la peinara, cortara las uñas o le apretara el corsé. Porque además de sus tonterías era Mammy –yo- quien debía ocuparse de la comida, de la limpieza y de la colada, por no hablar de vigilar a esa panda de negros que al menor descuido se ponen a fumar en el granero o a tirar dados en lugar de ordeñar las vacas.

Cada noche caía derrengada en el catre, que al menos podía quejarse bajo mi peso, y no había entornado los párpados cuando su voz chillona me reclamaba un camisón limpio o un vaso de leche. Tener que soportarla desde que nació –fui su nodriza, ama (esclava) de cría; ojalá se me hubiera agriado la leche-, tolerarla desde que estaba en pañales hasta que hace unos años perdió su primera sangre, me decidió a afiliarme a esa organización clandestina, “Los Negros Libres”, que antes y durante la guerra allanan el camino a los yanquis para cuando entren a liberarnos. ¡Y estos señoritos creyendo que tememos a los abolicionistas, que desamparados no sabremos ganarnos la vida cuando seamos manumitidos. ¿Hay muchos presos que no quieran salir de la cárcel por miedo a morir de hambre?

Con Atlanta desde ayer en manos del Norte, los dados de la Fortuna parecen cargados a favor de ellos; estos fantasmas de la Confederación van a tragarse aquellas baladronadas que ladraban en “Twelve Oaks”, la finca de los Sykes, en la fiesta durante la que supimos del estallido de la guerra. Apenas se celebró hace unos meses y ya parece de otra vida, de un mundo distinto a éste.

 Aquellos días la orgullosa Escarlata también perdió su guerra particular al anunciarse el compromiso entre su querido Ashley y Melanie Sykes. ¡Cómo disfruté viéndola carcomida por la envidia y los celos! Porque desde luego que aquel fin de semana hube de acompañarla para vestirla, maquillarla y hasta abanicarla en la siesta. Una chica tan malcriada, frívola y altiva no podía admitir que por una vez la vida no se plegara a sus deseos, que la realidad desmintiera las esperanzas románticas que, deslumbrada por sus rubios rizos, había proyectado en Ashley. Por puro instinto de supervivencia, él había preferido a su prima, una joven serena, abnegada y bondadosa, es decir, lo contrario de la otra personita.

También fue allí, en Twelve Oaks, que Escarlata conoció a Rhett Butler, ese patán aventurero, un rufián tan engreído y egoísta como ella; a mí me parece que aunque aún no lo saben están hechos el uno para el otro: ni ella es una dama ni él un caballero. Lo digo porque Escarlata se quedó viuda casi antes de casarse con el imberbe Mr. Hamilton. Caído a la semana de partir a filas, el pobre se ahorró un futuro de amarguras y desengaños, ya que ella se casó con él por despecho. Si hubiera tenido que convivir con ella, sí que habría sido un héroe de verdad.

Y aunque técnicamente yo soy una espía de la Unión, no puedo dejar de conmoverme al pensar en el destino de tantos jóvenes del Sur, que tras brillar en una fulgurante apoteosis de gloria en defensa de una caballerosidad que solo nutrieron sus fantasías, están cayendo como estrellas fugaces dejando una estela de polvo y lágrimas; más afortunados, sin embargo, que estos otros –estrellas errantes- que ya vuelven descalzos y hambrientos, el ánimo desmantelado por el miedo y la derrota. Se han trocado en lamentos aquellos gritos de júbilo que en celebración de la guerra saturaban de entusiasmo el perfume de las glicinas y acallaban a los chotacabras. 

Ni siquiera entonces creían en la guerra; la tomaban por una escaramuza de honor, un duelo sin sangre u otro juego de sociedad –la gallinita ciega- que amenizara los bailes y las barbacoas. Al menos en éstas aprendieron el olor de la carne abrasada. Pero también estaban satisfechos de su mundo y tenían que defenderlo. ¿Cómo iban a querer cambiar una vida marcada por las horas del ponche o del minué, por los ritos de las cortesías y de los carnets de baile, por los ritmos de las cabalgadas, de las cosechas o las comidas?

En cambio, nuestras eran el hambre y la campana llamando al trabajo, los cerrojos cayendo con la noche y los chasquidos de los látigos, el chirriar de cadenas y los ladridos de sus mastines persiguiéndonos hasta en las pesadillas. Nosotros no tenemos nada que perder y ellos van a perderlo todo. Se acerca el día en que la señorita Escarlata me sirva el té o me apriete el corsé. 

Solo hay que esperar. Obtener la libertad será tan fácil como zambullirnos en la alberca y salir limpios de humillaciones. Como mucho, a los supervivientes de entre ellos les quedarán los posos de la culpa.                                                                 Con buen sentido, la organización prefiere que no empuñemos hoces ni cuchillos; espigaremos el fruto maduro. El tifus está de gira y ayer mismo se llevó a la señora Ellen, la madre de Escarlata, que aún no lo sabrá. Unos negros de los vecinos –tengo que acostumbrarme a no hablar así- la vieron de vuelta desde Atlanta, en un coche con Rhett Butler, Melanie Sykes, su bebé –el hijo de Ashley- y la negra Prissy. Supongo que el doctor Gerald se ocuparía del parto, aunque bajo las bombas de Sherman estaría pluriempleado. Pero es que a las otras dos, tan cobardes como inútiles, no las veo cortando un cordón umbilical cuando ni siquiera son capaces de retorcerle el gaznate a una gallina.

Las cuales, tras el paso de hordas de ladrones y desertores, por aquí se han convertido en una especie en extinción. Expoliados los corrales y el granero, nos sustentamos de tubérculos y esperanzas. Ah, y del papel de los bonos confederados. Preferible es comer hierba en libertad a apurar las pechugas o lechugas despreciadas por los amos.

De los señores de los alrededores solo queda Mr. O’Hara, el padre de Escarlata. Pero tras los desastres de la guerra y la muerte de su esposa, los ojos vacíos y los andares de fantasma lo delatan al abismo de la locura. Nada mejor que el olvido merece el muy puerco. Me compró a los quince años, en una subasta de Baltimore; nunca olvidaré cómo me miraron, al pujar, esos ojos que ahora están nublados para siempre. Con razón el viejo está siempre con la cantinela de que Tara es lo que importa, que esta tierra será lo que perdure, que es lo que más ama y toda la fuerza le viene de ella: lo único que subyace bajo toda esa palabrería es que su poder se cifra en estos cien mil acres de un algodón teñido de nuestro sudor, embebido de lágrimas y sangre.

Todos ellos son tan hipócritas, díscolos y viciosos como la misma Escarlata. Y en el fondo también son infantiles, sí, crueles y egoístas como niños. A veces la muy estúpida me amenaza con no comer si no le hago el gusto, ¡y lo peor es que tengo que hacer que me importa si no quiero incurrir en sus iras! Porque cuando se enfada, hasta los perros se esconden y los gallos enmudecen; incluso los relojes se paran si corren demasiado para sus intereses. Por ejemplo, cuando le dije lo que pensaba de que se saltara el luto y organizara una expedición a Atlanta porque supo que Ashley volvería allí de permiso. Yo sé lo que ella pretende: tener a Ashley durante el día y a Rhett por las noches. Pero no creo que se salga con la suya; además, la niña es gafe: como a su marido, ha llevado la ruina a Atlanta.

Recuerdo que cuando los pretendientes hacían cola en el porche, ella torcía su sonrisa, los ojos le chispeaban y gritaba que amaba la vida. Sí, de niña sus padres decían que era muy vivaz, que estaba pletórica de vida, lo cual es como llamar apasionada a una prostituta. Naturalmente, también mi vida se animará cuando cuando me convierta en la señora de Tara y esa listilla tenga que trabajar para mí de sol a sol.

Quizá entonces se ponga tan morena como yo. ¡Aleluya!                                                                                        

3 comentarios:

  1. Estupenda entrada y muy original punto de vista. Enhorabuena.

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  2. aunque en la peli no lo dice yo intuía sus pensamientos... ¡Aleluya!

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  3. ¡Ole por tí, Mammy! Has aguantado demasiado. Escarlata es despiadada, egoísta y ambiciosa. Te librarás de una buena. Aunque, hablando de inaguantables, Prissy no se queda corta con su voz de pito y sus mentiras gordas ;)

    Miércoles.

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