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domingo, 25 de noviembre de 2012

CORTINA RASGADA


                  

A veces me temo que la Seguridad del Estado haya errado conmigo. Como después de mi paso por la Gran Manzana mi inglés es perfecto –por desgracia pluscuamperfecto: ya han pasado cinco años y nunca volveré-, me encomendaron acompañar, esto es, vigilar, a los invitados norteamericanos, con la esperanza de que mi cháchara sobre su país disfrazase mi cometido. Y digo que tal vez se hayan equivocado porque, aunque intento que mi simpatía por su lugar de origen no me haga olvidar mis obligaciones y ya he detectado a dos espías, al tratarlos me embarga una nostalgia que inevitablemente embotará mis facultades y alguno se me habrá escurrido como una anguila.

Aterrizados de Nueva York, la Ciudad Infinita, esos hombres parecen recién salidos de entre los brazos de una joven muy sofisticada, y, agradecidos a su destino, traen en sus gestos tanta benevolencia, los nimba tal aire de tolerante cosmopolitismo, mantienen una actitud tan civilizada, que su roce me hace añorar la capital del mundo como a una madre distante. Sí, el imposible resplandor de la antorcha de la Estatua que auspicia la ciudad aún parece brillar en sus semblantes.

El vodka es el único medio de mitigar tales recuerdos, y aunque Herr Gerhard, mi jefe, ya me ha amonestado un par de veces, anoche, después de acompañar al profesor Armstrong al Capitol, el mejor hotel de Berlín Este, no pude sino acordarme en su bar a la cálida luz de mis remembranzas. Igual que sobre otros los aromas ejercen sus encantos evocadores, a mí son determinadas expresiones del inglés neoyorquino las que me retrotraen, en una especie de añoranza léxica, a la mejor época de mi vida; y el joven profesor se prodigó en varias.

También me ayudan a recordar Nueva York  el poco cine americano que logra filtrarse por las fisuras de la censura, de género negro porque, como dicen, evidencia las contradicciones del capitalismo. A veces me miro al espejo y no puedo dejar de hacer las muecas de E. G. Robinson o de fumar con el cínico desdén de Bogart (¡ya me ha vuelto a fallar este maldito mechero y a nadie puedo pedirle fuego aquí en el campo!).

Que me devuelvan a América y verán cómo allí Gromek deja el alcohol. Solo bebía un par de cervezas en el béisbol. Viví en la calle 88, justo en la esquina 8ª, y allí abajo, en el almacén de aquel judío, me compré de segunda mano este abrigo de cuero negro que aquí admira a todo el mundo, y por desgracia es lo único que queda del antiguo Gromek. Sí, aquella fue la mejor época de mi vida. Aprovechando que mi tío abuelo emigró a América cuando los blancos perdieron la guerra, la Stasi me reclutó, adiestró y me hizo escenificar que como una culebra me infiltraba por una grieta del Muro hasta Berlín Occidental. Por suerte el vigía recordó apuntar demasiado alto.

De allí volé al único país del otro lado del Telón de Acero donde tenía familiares, que avalaron mi entrada con el candor de los incautos. Reconozco que mis tíos y primos me acogieron con plena confianza, salvo mi tía Alexandra, que me miraba de través mascullando sobre lo mucho que me parezco a mi padre, un bolchevique al que odiaba esa rama de la familia.

Recién llegado conocí a Linda en la cola de un supermercado. En toda mi juventud bolchevique nunca había visto tal sobreabundancia de carne, y no me refiero a la charcutería del local. A la semana se vino a vivir a mi apartamento. Hice correr la especie de que me habían dado un préstamo y compré un taxi (un Mercedes que aún conduzco en sueños) con el que merodeaba en torno al edificio de Naciones Unidas. El taxi me servía de fachada y de medio de cumplir mi misión. A veces lograba recoger a diplomáticos de la ONU y a algunos los convencía para llevarlos a pasar un buen rato a ciertos áticos donde los fotografiaba en acrobáticas posturas. Luego les ofrecía los negativos a cambio de determinados documentos oficiales. Pero no prosperaba el negocio. Y no aludo al taxi –si seré honrado que con las carreras le devolví el dinero a la Stasi y solo me embolsé las comisiones de la madame-, sino a que las víctimas se limitaban a zurrarme o pedirme que no tardara en remitir las fotos a las consortes a ver si así por fin les concedían el divorcio.

Por eso me llamaron de vuelta. Ni siquiera intenté persuadir a Linda de que se viniera conmigo. Habría sido una pena ver cómo adelgazaba y palidecía por aquí, recomida por el frío y el hambre, una chica tan rozagante como ella. ¿Cómo iba nadie en sus cabales a cambiar los EEUU por la RDA, las hamburguesas por la sopa, los moteles por las celdas, el Playboy por el Pravda? Era maravilloso conducir por aquellas calles palpitantes de vida, oír la música de las rosas en los puestos de flores, asistir al primer latido de los neones en el crepúsculo de Broadway. A este lado del Muro hasta el frío es más afilado y el viento tiene dedos de inquisidor. Ahora, sin ir más lejos, no deja de soplar a campo abierto, y por culpa de este maldito mechero no puedo ni encenderme un mísero cigarrillo mientras espero a que ese profesor Armstrong salga de esa casucha.

También lo espera ese taxista al que debería pedirle fuego. En cuanto el profesor salga voy a llevármelo a comisaría y a avisar de que vengan a detener a todos los de esta granja. Forman parte de esa organización de espías cuya contraseña (una letra griega) con el pie ha trazado Armstrong en la tierra del umbral para darse a conocer. Con objeto de que se delatara, hice que me despistaba, pero gracias a la moto en toda la mañana, y a pesar de la resaca, no le he perdido el rastro.

Todo en el profesor parecía limpio, un presuntuoso joven prodigio de la Física que incomprendido en América se pasa a nuestras filas, más allá de la política, con tal de llevar a cabo su experimento; todo parecía normal a excepción de esa novia suya, rubia y melancólica, de la que decía no haber podido deshacerse. Una chica de aire tímido que también trae ese aura de sofisticación de la Gran Manzana. Preferible sería para ambos caer delante de un batallón de fusilamiento, antes que reproducir, en el interior de las mazmorras de sus cadenas perpetuas, nuestras vidas al aire libre, nuestras existencias tristes, grises como los jirones de un cartel de Stalin despellejándose de la piel de la tristeza colectiva.

Tengo que concentrarme en mi trabajo; el profesor ya está de vuelta. No voy a confiarme ni a dejar que la nostalgia me entorpezca.

No puedo permitirme fallar tanto como este maldito mechero.                                                                                
                                                                                                                                                  

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