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lunes, 19 de noviembre de 2012

EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS




                 

Sabía que antes de que me enterraran y por triste que estuviese, ese sátiro de Paul le pondría los cuernos a mi ausencia, que engañaría retrospectivamente a su esposa muerta –yo-, y me traicionaría aun de cuerpo presente. Lo ha hecho con esa golfilla de cara de gata muy de su tipo, sensual y superficial, que se las da de sofisticada pero solo es otra niña pija que reniega de la burguesía porque las pintadas y las letras de las canciones lo han puesto de moda desde el último Mayo aquí en París.

No sé cómo acabarán esos dos (ni si después de que me sepulten podré seguir asistiendo a su vida como si mis ojos aún guardasen luz), pero en el fondo ambos son igual de conservadores y hasta se han buscado un piso vacío en la calle Julio Verne donde revolcándose en el polvo no han hecho sino fundar una parodia de hogar. Después de una niñez tan ardua por culpa de sus padres y de un derrotero que ha abarcado todos los escenarios de la derrota –desde la lona de un ring a una trinchera sudamericana de la que asomaba una bandera blanca-, después de sufrir los ultrajes de la trashumancia, a pesar de tantas blasfemias y excentricidades suyas, lo único que buscaba sin saberlo era un hogar, y eso fue lo que encontró en mi hotel, donde vino para pasar una noche y se quedó cinco años.

Nunca olvidaré la tarde tormentosa en que llegó, huraño y fatal, fúlgida la mirada de revolucionario y con el aire de indignación que le prestaban la camisa entreabierta y la cabellera rebelde que aún no había empezado a ralear, trayendo el aura de romanticismo y aventura que la mejor parte de mí aún ansiaba. ¡Quién me iba a decir que una semana después se arrodillaría para arreglar la caldera de la calefacción o me cargaría en el carrito las compras del mercado!

La verdad, siento haberle hecho daño. Me amaba y se ha tomado mi suicidio como un insulto. También lo siento por mis padres y hasta por Marie, que ha tenido que limpiar de mi sangre la bañera y soportar todas esas preguntas de la policía sobre el estado de ánimo o el matrimonio de su patrona. Espero que Paul no vea ninguna alusión en haber utilizado su navaja de afeitar: solo era el medio más eficaz y a mano. Pero debería haber mirado más allá de sus narices –por no hablar de otro apéndice-. Mientras que yo llegué a calarlo bien, él se conformaba con un conocimiento epidérmico de mí. Solo ahora que no puede tocarme empieza a hacerse preguntas sobre mí. Por eso no miente cuando jura a todo el mundo que no sabe por qué lo he hecho.

La gente piensa que en una orgía de abatimiento los suicidas sucumbimos a un orgasmo de desesperación y nos borramos el mundo de la vista con un melodramático gesto de auto negación. Por el contrario, en mi caso ha sido consecuencia del análisis y la reflexión; lo he hecho con la cabeza fría –y el agua caliente-, después de haber sufrido durante años la invasión silenciosa de los ejércitos del aburrimiento, el imperio del más sordo tedio y la dictadura del absurdo. Solo los primeros días creí en Paul como mi libertador. ¿Qué psicólogo, sacerdote o filósofo habría podido señalarme un sentido en esa superposición de días planos, en tal acumulación de horas vacuas, inertes, podridas como tras la lluvia una hojarasca plagada de lombrices y de las inmundicias de los pájaros?

Recién abierto el hotel, hubo un tiempo en que dormir cada noche en una habitación libre o compartir el sueño con alguno de estos amantes del asfalto y de la coca, simpatizantes del jazz o del yoga, practicantes del sexo y el verso libres, me inspiraba la sensación de dormir en las cambiantes habitaciones de la aventura. Pero pronto el significado fue desprendiéndose del empapelado de las paredes, de los muebles o de los rostros como en una lepra; y una torpe vileza se me desenroscaba en el ánimo con el horror de una serpiente. Mayo del 68 pasó por esta calle como un alborotador nocturno, Paul era un maniquí con un vibrador en la cintura, y con la humedad rezumaba el hastío por el cielorraso del dormitorio y se filtraba por las goteras irreparables de mi existencia. Paul había dejado de ser original y volví a enredarme con aquellos peregrinos del arte y las drogas.

Como aquello no me sirvió de nada, viré el rumbo y emprendí una relación más estable con Marcel, un inquilino de confianza, de modo que me bastaba con cambiar de planta para mudarme de marido. Para demostrarme que en habitaciones gemelas ambos significaban lo mismo les regalé la misma bata a cuadros escoceses y les hacía comprar el mismo whisky. Pero se demostró que duplicar mi relación con Paul solo reproducía el absurdo.

 Si Paul se enterase de lo de Marcel, por mucho que le doliera, acabaría por despabilar. Vería que lo he intentado todo antes de abrir el grifo del agua caliente y le serviría de consuelo no sentirse culpable. Y verse asimilado a un tipo tan corriente como Marcel le revelará lo convencional que se ha vuelto desde que me conoce. Entonces hará las maletas y desertará del hotel para volver al camino. Si no hubiera llegado exhausto a la orilla del hotel, lo habríamos vendido, emprendido una travesía y –si es que no llevaba yo el hastío en el equipaje- quizá haría tardado más en afilar la navaja.

Estoy segura de que reaccionará, llegará a la misma conclusión que yo (aunque él no es de los que se suicidan) y verá que lo suyo con esa golfilla es una tontería, se enzarzará en la trama de cualquier peripecia y de un modo u otro buscará la muerte tras cualquier esquina del azar. Vietnam o Chile serían buenas excusas, casinos donde la suerte reparte pronto las cartas ciertas de la muerte.

Ya ha visto que su relación es un simulacro de matrimonio porque ella compone las fantasías de cualquier niña mimada y está poseída por los típicos fantasmas de la clase media. Para eludirlas, desde el principio él le ha prohibido que le diga su nombre o le cuente nada sobre las circunstancias de su pasado o su familia.

Por ahora sigue sin saber por qué lo he hecho. Tengo que reconocer que el suicidio es un insulto a los seres queridos. Por eso hace bien en insultarme entre lágrimas, cuando alcanza ante mi cadáver un éxtasis de dolor que entre el perfume de las flores acaba por exacerbarlo contra mí, contra sí mismo: aún me tiene muy adentro.

Él nunca habría hecho lo que yo. Me quería demasiado.                                                                
                      
                                                                                                                                                                                                                                                                       

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