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sábado, 3 de noviembre de 2012

EL SUEÑO ETERNO


               
                                                 

Toda la vida bregando, desde la guerra contra España a la primera intervención en Europa, desde las polémicas con W. R. Hearst al crack del 29, tantos años escorándome en una travesía tan ardua para ahora naufragar en este ocaso polvoriento, una vida tan pletórica para acabar en el catafalco de toda esperanza, en el mausoleo de ilusiones de esta vejez mía, en esta antesala del infierno que me han dispuesto mis dos hijas. Ahora reparo en que solo he construido castillos de arena y naipes, trazado planos en el agua e imaginado humo en el viento.

Ya me advirtió Mildred, mi hermana menor, que era demasiado mayor para casarme; y estas dos hijas mías son el digno fruto de una vida disipada y el castigo de mi osadía de fundar una familia a los sesenta, de mi vana pretensión de cosechar los placeres del hogar después de enterrar mi juventud entre la cizaña del libertinaje. Esas dos son el espejo deformante de mi vitalidad, una ninfómana –Carmen- y una ludópata –Vivian-. La corrupción de mi crepuscular pasión por Mary –que en paz descanse- se merecía tales hijas y que fueran desoídas mis plegarias por engendrar un vástago, el genuino sucesor de la progenie a quien entregar el fuego sagrado de la nobleza de los Sternwood.

Mildred tenía razón: ojalá hubiera seguido soltero. Mis únicos desvelos serían que ningún judío fuera admitido al club o que no me engañaran en exceso los gerentes de mis empresas, y no tendría que desvelarme por tanto escándalo y chantaje como someten a las dos desvergonzadas. Carmen es la peor. De dieciocho tórridas primaveras, siempre vuelve de las fiestas con los vestidos arrugados –si no rasgados- de tanto quitárselos y ponérselos, y aparte de los hombres sus mejores amigos son el whisky y el láudano: infantil y perversa, lleva la degeneración tatuada en la cara, con esa maligna inocencia que se ve en los niños de los arrabales, hijos del vicio y la vergüenza. Varias veces la he sorprendido mirando a los hombres con la misma turbia intensidad con que su madre me miró el primer día, en aquel picnic, duplicando en sus ojos mi lujuria como sendos charcos fangosos.

El año pasado ya me exprimió por Carmen cinco mil dólares un tal Joe Grady; y ahora este Geiger, un librero, me presenta una baraja de pagarés firmados por ella. Por eso he recurrido a Philip Marlowe, ese detective privado, igual que la otra vez me valí de Shawn Reagan, mi antiguo factótum, aquel irlandés entrañable de pelo y carácter rebeldes pero ojos leales, el hijo que habría querido tener. Era el único que me hacía caso por algo más que mi dinero, y derretía su tiempo al calor de este invernadero comentando de sus tiempos en el IRA o en el contrabando de alcohol. Ojalá se hubiera fijado en alguna de esas dos; él habría domado sus índoles salvajes. Carmen me tenía tan desesperado que estuve a punto de aceptar que se casara con el chófer, ese Owen Taylor cuyo cadáver acaban de encontrar justo en el Packard de Shawn, al fondo del muelle.

Al menos tanta acción me tiene tan entretenido como la araña que ya parezco en su trama atroz y simétrica; aun a riesgo de mancillar el honor de la familia, la curiosidad –como el odio- me aporta la energía de seguir alentando y tensando el hilo de vida –y araña- que me queda. Apenas duermo; mis piernas no me obedecen; me alimento de comida triturada, y del tabaco, el café y el alcohol apenas me queda esa condensación del recuerdo que es el aroma. Sí, disfruté aspirando el humo del cigarrillo de Mr. Marlowe. Le conté mis problemas y me atendió con una luminosa intensidad que me recordó a Shawn Reagan: también él sabe escuchar y a veces ilustraba mis palabras con una sonrisa que le iluminaba la cara de comprensión. He acertado con él. Me atraen las personas de carácter independiente con un matiz de escepticismo; seguro que no creyó todo lo que le dije.

Me estoy planteando que cuando anude este caso me busque a Shawn; aquel bribón genial me dejó sin despedirse y me encantaría volver a verlo. Creo que Vivian lo miraba con agrado. Norris, el mayordomo, me dijo que ella estuvo intercambiando pareceres con Marlowe cuando me dejó. Es más madura que Carmen, pero también astuta, mimada e inescrupulosa, y ya acumula un divorcio, con Mr. Rutledge. Parece que malgasta su tiempo y mi dinero en el salón de juego de un mafioso, Eddie Mars, donde canta al piano, bebe, come y… lo demás. No quiero hacerme ilusiones, pero creo que Marlowe es lo bastante hombre para enderezarla, ya no me importa que sea un simple sabueso. Es curioso pero de modo opuesto, con luces distintas, esas dos brillan con esa clase de enferma belleza florecida de la corrupción y la decadencia, de Mary y yo mismo, como las flores nacidas del estiércol.

Según el primer informe de Marlowe, ese Geiger tiene una librería como tapadera de pura pornografía. Marlowe estuvo vigilando el local y luego siguió a un tal Lundgren, el segundo de Geiger, hasta la casa adosada de éste, que no había aparecido por el negocio. Al poco frenó allí mismo el Buick de Carmen. El detective aguardó afuera hasta que, a un grito de ella y dos detonaciones, irrumpió por la puerta de la cocina al tiempo que alguien huía por la delantera. El cadáver de Geiger yacía a los pies de Carmen, drogada y, aunque por respeto Marlowe no se refirió a ello, seguro que desnuda. Encontró una máquina de fotos sin carrete que implicaba que la habían fotografiado de aquella guisa y junto al cadáver; y, en efecto, aunque han intentado ocultármelo por mi salud, sé que esta mañana han mandado unas copias pidiendo cinco mil dólares por los negativos. Hoy día parece la cantidad favorita de los chantajistas.

Esto se está embrollando demasiado. Y curiosamente advierto que el temor a infamar el nombre de la familia, a arrastrar nuestro apellido a un oprobio que dentro de poco me impida ser acogido como un igual por nuestros ancestros, es desbordado por una emoción que me nutre de vitalidad. Ya que no puedo empuñar el revólver en el lugar de Marlowe, al menos seguiré la historia por delegación suya, me limitaré a leer sus informes en vez de debatirme en plena acción, y ya aguardo el próximo con la expectación que en mi infancia esperábamos la siguiente entrega del novelón de moda, tendré que contentarme con eso como me conformé con aspirar el humo de su cigarrillo.

Si tarde o temprano a todo el mundo le llega el día en que prefiere imaginar las cosas a realizarlas, tengo que decir que, al abismo de la tumba, ese día aún no ha llegado para mí.                         

                                                                                                                                                                        

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