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martes, 23 de abril de 2013

LAS UVAS DE LA IRA




               
                   

Tuve la suerte de que me soltaran al atardecer de un día nublado, porque así, después de cuatro años a la sombra, no me cegó el resplandor de la libertad, ni el sol me quemó la piel pálida. En pleno secano me recogió un camionero que aunque parecía buen tipo resultó un entrometido. Le respondí que me dirigía a las tierras que mis padres llevaban medio siglo labrando, y como siguió cercándome con un interrogatorio digno de un policía le descerrajé la verdad, que acababa de cumplir condena por homicidio.

Con tal de librarme de él, seguí a pie y en el río me encontré con Casey, aquel díscolo predicador que una vez pronunció un sermón haciendo el pino. Me dijo que después de haber perdido el espíritu (lo que demostraba que más bien lo había recobrado) había renunciado a su ministerio. Ahora se había convertido en un nómada y puede que hasta en un borracho. Parecía haber perdido todo contacto con la realidad, pero descubrí que al fondo de su genial desconcierto fluía una serenidad que lo ponía en relación directa con la esencia de la naturaleza. Latía en sus extravagancias el pulso verdadero de la vida. Su figura espiritada, el rostro enjuto y los ojos que nunca parpadeaban eran los de un santo ateo. En confianza, camino de la finca, ya que no se había enterado de nada, le conté cómo me detuvieron la noche que de un palazo le rompí el cráneo a un tipo que estaba a punto de degollarme.

Al llegar a casa, tuve la sensación, como un viajero con la fiebre muy alta, de haber peregrinado a mi propia tumba: al abrir la puerta me abofeteó una corriente oscura de soledad. No había nadie y la sala sin muebles estaba más desolada que la celda de donde venía. El tableteo de un postigo al viento acentuaba el silencio de la noche. ¿Dónde estarían los míos? El loco de Casey no sabía nada. En un rincón se agitó una sombra como una rata gigantesca. Era Muley Graves, un vecino de toda la vida. Subrepticio y agazapado, me dijo que la familia se había ido a casa del tío John, de donde pronto también los echarían porque el banco dueño de las tierras había expulsado a todos los arrendatarios. Habían lanzado un destacamento de tractores que como tanques arrasaron con todas las casuchas de los aparceros, la de Muley incluida, y era tan abstracto y difuso el poder que había decretado tal injusticia que Muley admitió no tener en quién vengarse. Solo que, como un olmo más, después de haber pasado toda su vida arraigado en esta tierra que había arrendado su abuelo, aferrado a ella, se quedó oculto sobreviviendo con las alimañas que cazaba y solapándose entre las sombras como un fantasma que se sustancia allí donde ultrajaron su vida.

Afirmó que en un principio se creyó guardián oficioso de su casa a la espera de que los suyos regresaran a recuperarla: estaba trastornado. Entonces, a lo lejos unas luces horadaron la noche y la patrulla que venía en su busca nos obligó a ocultarnos entre los matorrales porque después de todo estábamos allanando una propiedad ajena. Lo que me faltaba era tener que esconderme como un ladrón en mi propia casa.

Más tarde Casey, que no tenía otra cosa que hacer, y yo emprendimos el camino a casa del tío John. Desde luego que con él era imposible aburrirse. Llegando al caserío no me reconocieron los perros. Al intentar orientarme, me acarició la nuca un soplo cálido como un beso. Después de responderle cualquier cosa a Casey, sentí otra caricia en el cuello: me había descubierto la dueña de la brújula que me encontraría en cualquier sitio del mundo, y de un mapa capaz de revelar el tesoro de mis alegrías perdidas: mi madre. La que en la cárcel y sin reloj me hacía consciente de la hora hasta en la celda de castigo o sin necesidad de fijarme en el ángulo de la sombra sobre la pared, porque a cada minuto quedaba menos tiempo para reencontrarnos y ella estaría descontándolo. Abrazó al niño que nunca dejaré de ser para ella y le tranquilizó saber que los barrotes no me habían devaluado la dignidad.

Salieron los demás. Conociéndome, mis dos hermanos, papá y mi hermana pequeña creyeron que me había escapado y tuve que repetir mil veces que me habían concedido la condicional. Varios habían cambiado: a los abuelos se les notaba la inteligencia debilitada y mi otra hermana se había casado con Connie Rives e iban a tener un hijo. Llegaron los mismos agentes que acosaban a Muley para advertirnos que al día siguiente la vivienda debía quedar vacía a las doce. Como si nuestra casa fuese su casa de huéspedes.

California es el destino de todos los Joad. Para nosotros el pagaré de la esperanza es un papelote arrugado, un folleto amarillento en el que se demandan ochocientos braceros para recoger fruta en California, la Tierra Prometida.

Partimos al amanecer, doce personas a bordo de un camión recién comprado por setenta y cinco dólares, escorado por unos enseres que lo asemejan a un rastro o tenderete rodante. Al final fuimos trece, mal número: subió con nosotros el desnortado Casey. El penúltimo fue el abuelo, a quien habíamos tenido que drogar a base de jarabe. Si para todos nosotros, enajenados del pasado, era traumático exiliarnos de nuestra infancia y juventud, para el abuelo, que a sus ochenta años no había salido de Oklahoma, resultaba inconcebible que a estas alturas lo despojaran de toda su vida.

Nadie tuvo valor –o cobardía- para echar una última mirada. Papá contó un chiste malo que apenas logró contagiarnos de la falsa alegría del fugitivo. Una manada de nubarrones proyectaban raudas sombras sobre la carretera. Saliendo de Oklahoma me pregunté cómo estiraríamos durante el trayecto los ciento cincuenta dólares para el combustible y comer todos a diario.

El abuelo no se encontraba bien y tuvimos que parar. Lo tendimos sobre una manta en la hierba y estuvo delirando tan agotado que solo pudo hundirse en el único sitio donde no quedan privaciones ni penalidades ni siquiera para los pobres. En realidad había iniciado su último viaje al salir de Oklahoma, cuando más allá de las montañas dejó de reconocer el paisaje. Sin dinero para funerales, al menos Casey, aunque detestaba su pasado de predicador, pudo decir una oración.

El viaje ya ha quedado marcado. Y esta noche, en un campamento de acogida un tipo que dice provenir de California nos ha dicho que allí no necesitan braceros. Según él, imprimen folletos como el que tengo en el bolsillo para que se presenten cinco mil hambrientos en busca de esos ochocientos puestos y poder pagarles una miseria. Papá, que piensa comprar una parcela ahorrando una parte de cada sueldo, lo observa con incrédulo temor, mientras que extrangulado de sollozos el pobre diablo cuenta que en toda California no encontró ningún trabajo y que sus dos pequeños y su esposa murieron de hambre. A pesar de sus vientres hinchados el médico atribuyó sus muertes a ataques al corazón. El vigilante le manda callar si no quiere ser acusado de agitador social.

La duda tiembla en los ojos de mi gente. Extraigo el folleto del bolsillo para aferrarme al ya borroso trazo de las letras de molde, cada vez más desvaídas, como si su credibilidad se fuera corroyendo con la tinta en un papel tan arrugado que ahora casi se me deshace entre los dedos como un puñado de polvo.

Pero a estas alturas no podemos renunciar a la fe. Sería demasiado cruel que nos devolvieran sin pagar el pagaré de la esperanza y que además, como a este hombre, nos acusaran de haberlo falsificado.                

                                                         

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