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sábado, 18 de enero de 2014

NO TE ENAMORES DE MONTGOMERY CLIFT


                                                        

No te enamores de Montgomery Clift
o con la última alegría extirpada de entre las ingles y a una luz de orina
despertarás a su lado como si hubieras dormido con un muerto,
sentirás las sábanas húmedas de sangre de delfín
y el aire como si acabara de desfilar un concurso de belleza masculina
pero dejando una estela de caballos viejos camino del matadero,
las paredes del dormitorio te parecerán tapizadas de piel humana
y tumbada junto a él a través de un techo de cristal verás el cielo
henchido de ángeles pero estriado como por las venas de un yonqui,
un amanecer que te recordará la espalda llagada de un agonizante.
Por tu bien, no vayas a enamorarte de Montgomery Clift,
o al alba como un pez o un pecio la cama naufragará en la resaca
y mientras que la piel de tu juventud se desgarre entre las rocas
él erguirá su cadáver de ahogado y te dejará a merced de las olas
y con agua de mar se restañará las heridas de su placer que se irán cerrando
como cada madrugada se apagan las ventanas de un rascacielos.
Por tu vida, no te dejes engañar por las falsas ágatas de sus ojos
o te hipnotizarán para que bailes con él a través de los rayos de luna
y luego te dejará caer por el abismo de su tristeza y sus vasos sin fondo,
porque solo sabe fingir a uno y otro lado de la pantalla,
no te dejes engañar por sus ojos, que son más elocuentes que sus palabras,
ni por su pecho, que solo parece vulnerable, un pecho de cordero
que oculta pulmones con un aire capaz de oxidar los cuchillos,
ni por la ternura de unos labios que vienen de besar colas de lagartijas,
ni por la generosidad con que te ofrece una de las doscientas pastillas
de colorines que guarda en su cartera de piel de tiburón,
ni por la aparente debilidad de un semblante en realidad descompuesto
en rombos que por un pozo de viento lo proyectan al centro de la Tierra,
ni por la delicadeza de sus párpados de alas de mariposa que vuelan
sobre los estambres de las pestañas, ni por el tacto de su cutis
de orquídea que esconde las mandíbulas de una planta carnívora,
ni por su inocencia de soldadito de plomo cayendo al hoyo de su muerte.


Ni se te ocurra enamorarte de Montgomery Clift,
porque siempre está atónito de miedo o catatónico de tedio,
no lo hagas o su magnetismo te pegará a su corazón de hierro,
a una campana cuyos repiques de difunto te dejarán sin aire,
o te aplastará la piedra de su soledad y su silencio será una lápida
que te colgará del cuello como a él la piedra de molino,
y nunca estarás con él sino con el personaje que esté incorporando,
el perdedor de Vidas Rebeldes o el canalla de La Heredera,
y ensayará con tu amor sus habilidades del Actor’s Studio.
Por lo que más quieras no te enamores de Monty Clift
porque no sería en-amor-arte, sino en-a-morirte, no lo hagas
porque es homosexual y por ello se castiga flagelándose el hígado
con un látigo de vidrio y se bebe la ginebra viuda con el mismo placer
de quien camina descalzo sobre una botella rota,
no lo hagas o te convertirá en uno de sus romances oficiales,
solo estará contigo de cuerpo presente, ausente como un muerto,
y luego te olvidará como a un sueño o una sombra china,
porque a él solo le gusta enlazar potrillos en el bosque de la noche,
porque aunque parece permeable al amor solo está calado de lujuria,
y en el pecho tiene tatuado un árbol con un ahorcado en cada tetilla.


Por última vez: no te enamores de Monty Clift si no quieres pasear
con un sonámbulo de morfina, con el hermano pequeño de la muerte,
con alguien que con los ojos vendados va hacia el borde de un acantilado.
Es un reo de sí mismo que solo se liberaría al otro lado del espejo,
y en un accidente de coche se ha clavado los colmillos en la garganta
porque en verdad es un antropófago que se devora a sí mismo
y al terminar de hacerlo la vida se hará reversible y en esa realidad
ya es un mito, pero olvídate de él, que solo tiene dos dimensiones,
no añores su melancólica belleza ni su amarga dulzura,
y enamórate de mí, alguien que le gusta mirar pero con el defecto
y pasatiempo de advertirte contra un actor genial, contra un hombre
enigmático que aunque solo podía compartir la nostalgia de ser otro   
supo sublimarla desdoblándose en inolvidables personajes,
el protagonista de Río Rojo, Estación Termini, Yo Confieso.

      

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