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lunes, 21 de abril de 2014

CAPITANES INTRÉPIDOS


                   

Manuel no solo me dio la vida como un segundo padre
cuando me salvó de las aguas voraces, de sus fauces de espuma,
y enseñó el oficio de hombre al niño consentido que yo era,
sino que ahora que lleva veinte años bajo su líquida lápida,
su vida me inspira mi primera novela y hasta con tinta de lágrimas
intentaré grabar su historia en la arena, ya que quizá no para siempre,
al menos mientras que con su rumor triste de guijarros la marea se retira.
Porque ahora que he firmado la sucesión de la herencia de mi padre,
mi mano sabe que fue Manuel quien me rescató del naufragio de una niñez
sin la perdida brújula de mi madre, sin el mapa de ningún hermano,
y con un padre cuyo timón no supo guiarme a través de la tempestad
y no veía que se me encrespaba la cresta de una insolencia de pirata:
con su dinero tiranizaba a mis compañeros y sobornaba a profesores.


Ahora que desde la terraza veo la agonía del sol en Central Park
mis ojos recuerdan que fue Manuel quien me enseñó el mar,
pero también moldeó en el vil barro de mi carácter la humildad
de adaptarme a la goleta viniendo del transatlántico de mi padre,
de soportar el hedor de la sentina después de aspirar perfumes franceses,
de convivir con marineros en vez de alternar con vástagos nobiliarios,
mi mano sabe que fue aquel pescador portugués que me llamaba pescadito
quien me enseñó el valor del esfuerzo, porque para ganarme la cena
me obligaba a barrer la cubierta de colas y cabezas de bacalao,
pero también me mostró la generosidad al dejarme bajar a la mesa
solo con tirar una, y toda la delicadeza de su cariño cuando me arropó
con su gabán, aunque ante sus camaradas demostraba rudos alardes.
Ahora que me siento a escribir el primer capítulo de mi novela,
mi corazón recuerda que fue un pobre pescador quien me enseñó la poesía
mientras me explicaba que los delfines le susurraban sus canciones
y cómo podían los versos velar por los marineros como un ángel
o una oración, ya que mantenían despiertos a los que estaban de guardia,
mi corazón sabe que fue un pescador portugués quien me enseñó la amistad
porque me dejó acompañarlo en el bote aunque yo lo entorpeciera,
y la confianza cuando me contó cómo el mar devoró a su padre,
y la honradez al indignarse de que yo saboteara los aparejos de su rival Jack
y la sinceridad cuando me perdonó después de admitir mi culpa ante todos
y la valentía y la lealtad al defenderme del filo de la roja ira de Jack.
Ahora que cada noche sonrío a las damas en los bailes de alta sociedad,
mi sonrisa sabe que fue un pobre pescador quien me enseñó la alegría
de robar el viento con las velas y atiborrar la bodega de bacalao,
la felicidad de paladear el yodo, broncearse a la luna y cantar a las estrellas,
la sabiduría de entender a los peces, leer en las nubes y escribir en el agua.

Y después de haber enterrado a mi padre en el mausoleo de sus esperanzas
mi sangre sabe que fue un pescador portugués quien incluso ocultándomelo
enseñó a su pescadito a aceptar el anzuelo que algún día lo pescará,
a mirar a las cuencas vacías de la muerte y no temer su rechinar de huesos,
al caer abrazado al palo mayor y, aprisionado por las serpientes de los cabos
y con las piernas rotas, seguir alegre hasta que lo tragó la garganta del mar,
y ahora que se cumplen veinte años de la despedida de Manuel
cojo la pluma y me consuelo de no haber sido el pescador que quería
con haber al menos evitado suceder a mi padre en el trono de la banca,
y mi corazón sabe que si escribo es gracias a un pobre pescador portugués
que me enseñó a ser yo para ahora rescatarlo a él de las aguas del olvido.

      

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