Suscríbete al blog por correo electrónico

lunes, 14 de abril de 2014

SOSPECHA


                   

Sí, quiero, le digo al reverendo, y en la transparencia de la alegría
de haber al fin dicho en la vida lo que quiero con palabras de hierro
la locura de los recientes sucesos se arremolina al viento del condado,
que hace delirar a los lugareños y como a una yegua me desboca la sangre,
sí quiero, dice Johnnie sonriéndome contra el fondo turbio de la ventana,
donde puedo ver evolucionando en el viento y el tiempo esas escenas
que han originado mi fuga, digna de mis predilectas novelas por entregas,
mi rapto por Johnnie en un automóvil, que ha sido un rapto de inspiración.
Yo creía que el amor era como el bridge o una partida de caza del zorro,
táctico pero más bien arriesgado, emocionante, descarado, en campo abierto,
y que no eran propicias a la pasión mi timidez, mi frígida sonrisa,
el recato gris de la rebeca, los escrúpulos de mis guantes de cabritilla,
el pudor del pelo recogido, las gafas redondas, mi sequedad de yesca o leña,
pero el amor también puede ser retorcido, obsesivo, subterráneo, oscuro,
y de hecho conocí a Johnny en la oscuridad de un íntimo túnel,
y a tientas ya rozó con un chispazo su pantorrilla de tweed con la mía.


Desde que salimos del túnel no ha dejado de torcer mi voluntad de alambre:
tuve que abrirle la intimidad del forro de terciopelo rosado de mi bolso
para pagar por él al revisor una libra como recargo de primera clase,
en la partida de caza desenfrenó la yegua de mi instinto reprimido,
me hizo acompañarlo a la iglesia para luego subirme a aquella loma
donde al besarme un viento de delirio me despeinó el dominio de mí misma,
como puntas de lanza me erizó las pelusas de melocotón de la piel 
y casi arrastró el último jirón de mi impoluto, virginal pañuelo blanco.
Si yo escribiera en serio, la imagen de una yegua desbocada al viento
sería la metáfora que mejor expresaría el frenesí de mi pasión.
Al oír a papá murmurar que nunca dejaría yo de bordar el lienzo blanco
de mi soltería ni de escribir como una cursi heroína el diario de mi soledad,  
la sangre se me paró como un río estancado o el propio flujo del tiempo,
y mi cuarto me reveló el tedio que como humo impregnaba las paredes
y el polvo del fracaso que barnizaba mis muñecas, pierrots y bibelots,
así que decidí amar a Johnnie para desertar del bridge y del porridge,
del té a las cinco y de las sonatas con notas falsas, de las visitas, de la iglesia
y de mi padre, que tiene a Johnnie por un vago que divaga con vaguedades,
y después de que su telegrama me evaporase la jaqueca y pudiese ir al baile,
vi que en verdad el amor no se parece al bridge ni a la caza, sino a un vals
en el que se flota a través de una radiante luz donde se condensan los sueños
y como dicen las novelas románticas consiste en una maleta mal cerrada,
una despedida mental que empaña la vista, unos pasos que solo oye el perro,
un trayecto en coche con el corazón al compás del tictac de la lluvia,
dos testigos desconocidos y el sí quiero a un no menos desconocido
que me mira contra el fondo tormentoso de mis miedos e inseguridades,
pero los carbones encendidos de cuyos ojos derriten la desconfianza
y prenden la ilusión, porque al final arde hasta la madera más seca.  
  

No hay comentarios:

Publicar un comentario