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sábado, 5 de abril de 2014

FUEGO EN EL CUERPO




                                     


Lo vamos a hacer. Como si fuera el amor. Hasta sé cómo y cuándo.
Desde que nos miramos saltó la primera chispa de este fuego ciego,
entre su mirada y mi mano ejecutora ya latió la voz de un muerto
y desde el futuro la brisa trajo el primer grito de la muerte de su marido.
Esta decisión ha cristalizado como el hielo de morgue de nuestro amor.
Por amor lo haremos. También por el dinero. No habrá más coartada.
Ni su diáfana vileza ni su negra mezquindad ni sus celos serán excusa.
Solo el hambre que la gasolina de su sangre me incendia en los dedos,
la sed que como a un bosque mi savia le quema a ella en toda la garganta.
Sí, lo haremos por el único fuego que no miente con ningún humo.


Como todo asesinato, éste se insinuó con el susurro de una serpiente,
la tentación que repta por las alcantarillas de Miami preguntándome
qué puede hacer un joven abogado cuando cierra la puerta de su oficina, 
qué puede hacer un adepto al placer como yo cuando muere el día,
qué puede hacer después de despedir a la última prostituta del verano,
qué puede hacer si ninguna mujer le dura más que una ola de calor,
qué puede hacer si del sexo le gusta hasta la tristeza postcoital,
qué puede hacer un vicioso de la melancolía, extranjero a toda promesa,
qué puede hacer el novio de la soledad, qué puedo hacer me susurran
a coro por la boca de las alcantarillas todas las serpientes de Miami,
y yo las oigo vibrante y sereno, las escucho con los poros, mi piel oye,
destila el sudor del miedo y del deseo, y les respondo que solo puedo cruzar
el río en llamas de la noche por el puente de locales con aire acondicionado.


En uno de ellos la conocí. Como a la luna la vi arder de blanco,
un lívido blanco de fiebre, de nieve, de hospital, y al levantarse
osciló con la belleza de una cobra erguida, de la llama de un sacrificio,
pero también pura como recién salida del alba, una estatua de hielo,
o de esmalte y marfil, tenía clase, y sus manos me ofrecieron la noche.
Mientras hablamos mi deseo se tiñó del color de su pintalabios
y mi memoria del zafiro triste de sus ojos, el jazmín de su perfume
me recordaba la desesperación de la primera noche de la adolescencia.
Al final ella se desvaneció en magia blanca, pronto la encontré y fue negra
porque desde la bañera con hielo picado y al viento de nuestra pasión  
oímos las campanillas del porche de su palacio doblando a muerto.
Está decidido. Es como si él ya estuviera carbonizado. Pero saldrá mal.
Me cogerán: está escrito en un guión que ya no admite correcciones.
El azar barajará las cartas para que yo saque la carta de mi destino.
Sufriré cárcel o muerte. Pero lo haré. Perderé el dinero. Y a la mujer.
Eso decía el protagonista de Perdición y nos parecemos demasiado
a sus personajes: coinciden nuestra atracción, el marido, la herencia,
cómo su mejor amigo es su peor enemigo; él se llama Neff y yo Ned.
Las únicas diferencias son el jazmín en lugar de la madreselva
y este rumor de fuego y serpientes que me susurran qué puede hacer
un abogado solitario que naufraga en la noche sin esperar nada.


Ella y yo somos iguales, rubios sin rubor, hermanos de leche agria,
de gemelo escepticismo, suavemente cínicos, duros, diamantinos,
hastiados de la abyecta cotidianidad, vividores malditos,
solo aptos para la pasión del otro, antes de encontrarnos en el mismo ámbito
notamos un ardor, una corriente abrasadora, un calor concéntrico al calor.
Como en un orgasmo conjunto decidimos al mismo tiempo matarlo:
fue el día que por casualidad me los tropecé en un restaurante,
antes de verla me succionó ese túnel de aire candente,
y él me invitó a su mesa para darme a conocer su opulenta miseria,
su rapacidad de tiburón que olfatea como sangre la debilidad ajena.
Pero el odio no será una excusa. Solo el amor. Y el dinero. Me cogerán.
Y saberlo no me detendrá: cavaré el pozo, la tumba de nuestro amor,
una galería subterránea que una todas las alcantarillas de Miami,
y en nuestros labios unidos sonreirá la muerte, puedo oír su rechinar
de tibias cruzadas delante del susurro de seda de las serpientes danzando,
y por siempre arderemos  en la misma llama sin ceniza de este fuego ciego.

      

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