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martes, 29 de abril de 2014

RESCATE EN NUEVA YORK


                    

Soy un gran amante y por tanto un ferviente defensor del cine de género. Defenestrado por muchos, más de una generación comenzamos a amar el cine como arte gracias a las películas de terror y ciencia ficción, algunas ciertamente cutres… otras verdaderamente magistrales. En los tiempos de la EGB en los que crecí y me formé allá por mediados de los años noventa, el cine fantástico fue para muchos el primer contacto de atracción y seducción plena ejercida por el más bello de los artes creados por el ser humano. 

Nombres como los de Wes Craven, Mario Bava, Dario Argento, Tobe Hooper, Joe Dante, John Landis cimentaron la fascinación de los imberbes adolescentes de los años noventa que descubríamos con ojos extrañados el veneno del arte cinematográfico. Y sobre todos ellos una nomenclatura destinada a escribirse con letras de oro indeleble en la memoria de los cinéfilos del futuro (si es que la envidia y avaricia de nuestros nietos no acaba con este planeta como aventuraban las películas de ambiente apocalíptico con acertada clarividencia…): el de John Carpenter, sin duda el director más influyente, talentoso y magistral de aquella magnífica generación que empezó a dar sus primeros pasos en el mundo del cine en el mundo de la Grindhouse de los setenta. 

Carpenter es un artista total: guionista, compositor de virtuosismo descomunal y director, sin duda que ésta es su principal definición: director de cine fantástico con clara delimitación de autor. El cine de este maestro no solo se fundamenta en el mero y simple entretenimiento, sino que ostenta algo más, que no es otra cosa que aquello que transforma una simple obra de temporalidad efímera en una película inmortal, es decir, aquellas que poseen la esencia crítica precisa para dibujar un pérfido y ácido retrato de la sociedad de su tiempo para dar fiel testimonio a las generaciones futuras de lo estúpido del comportamiento humano, algo por desgracia inherente a nuestros hijos puesto que la estupidez forma parte al igual que la piel y del esqueleto de la esencia de la que se compone el alma humana. 

Son muchas las películas de este viejo hacedor de películas que me siguen cautivando, pero a pesar del paso inmutable del tiempo, siento una especial predilección por 1997: Rescate en Nueva York. Quizás este amor se base en que esta es la primera película que recuerdo haber vislumbrado del genio y por tanto fue la que me descubrió a un director que tantas alegrías me regaló con el discurrir de los años. Pero, no solo de nostalgia vive el cinéfilo e indagando y reflexionando acerca del motivo de este favoritismo he de decir que 1997: Rescate en Nueva York me sigue pareciendo la gran obra maestra del cine fantástico de los años ochenta y en mi opinión el último gran western legado al cine con permiso de Clint Eastwood. Un western con sabor a cine añejo y clásico protagonizado por outsiders atrapados por su pasado enviados a aquellas misiones temerarias en virtud de una recompensa prometida por unos despiadados facinerosos que creen poseer la verdad con la que ordenar la vida del poblado en beneficio de la colectividad si bien es su propio provecho el que esperan salvaguardar.

                   

Esto es así porque 1997 es un western clásico de atmósfera apocalíptica y futurista que bebe de las cintas de Howard Hawks (Carpenter es un confeso admirador del cine del viejo Howard al cual no dudó en homenajear en su debút en el largo, esta es, aquella impresionante e inclasificable obra titulada Asalto a la comisaría del distrito 13), Anthony Mann, Bud Boetticher y Delmer Daves y también del posterior spaghetti-western que prolongó en el tiempo la longevidad del género estadounidense por antonomasia (agasajo que reviste la forma del rostro de un viejo actor de cintas de género italianas que ostenta en 1997 el papel de anti-héroe que tantas veces representó en las llanuras de la añeja Almería, que no es otro que el legendario Lee Van Cleef que en 1997 se despidió prácticamente del cine comercial de calidad por la puerta grande). 

Y es que desde la propia sinopsis brota ese impulso que acerca la trama al western clásico para goce y disfrute de los que amamos las vetustas cintas del oeste. La acción se sitúa en un distópico y cercano universo sito en la ciudad de los rascacielos en el año 1997 (la película se estrenó en el año 1981). Las naciones del mundo se hallan enfrentadas en inútiles guerras que han devastado cualquier indicador de progreso y modernidad en nuestras sociedades. Una inminente guerra mundial se avecina, y en un último intento de paralizar la aberración el presidente de los EEUU decide viajar en avión para asistir a una conferencia en la cual se tratará de negociar una resolución pacífica que evite el holocausto y el Apocalipsis del planeta Tierra. Sin embargo, el avión sufre un accidente en su travesía por New York estrellándose en una zona sin ley habitada por maleantes, bandidos y bandas de delincuentes y zombies que malviven encerrados en la prisión en la que se ha convertido la isla de Manhattan, encontrándose pues aislados del resto de la sociedad, la cual ha sido incapaz de ofrecer esperanzas de un futuro mejor a buena parte de sus habitantes. El presidente es secuestrado por un gangster que se hace llamar el Rey, el cual amenazará con ejecutar al mandatario a no ser que sean atendidas sus reivindicaciones. 

Sin capacidad de respuesta, las fuerzas de seguridad decidirán enviar al rescate del presidente empleando coacciones y amenazas a un outsider llamado Snake Plissken (interpretado por Kurt Russel en su papel más aclamado y recordado), un ex-convicto y extinto pistolero del gobierno asqueado por la hipocresía de una sociedad en la cual es incapaz de hallar un sitio en el que establecerse. Plissken será la última esperanza de una humanidad deshumanizada, en una misión suicida en la que seremos testigos de la fauna y flora existente en un mundo oscuro y primitivo en el que únicamente hay cabida para la violencia, la brutalidad y la traición como medios de supervivencia al ambiente hostil y horripilante que se avecina para la humanidad.

                   

Son claros los paralelismos existentes entre este anti-héroe con el de los viejos pistoleros del oeste a los que su pasado les persigue hasta la tumba y cuya gallardía y caballerosidad se ha extinguido entre las aves de rapiña presentes en el gobierno (los grandes terratenientes y propietarios del far west), obligados asimismo a pelear por un objetivo corrupto cuya resolución no permitirá acabar con los sufrimientos de la humanidad, sino al contrario, puede que acelere la epidemia inhumana que impera en nuestros días. 

La cinta es una auténtica maravilla de principio a fin. Sin duda hipnótico es el diseño de producción de la misma en el que se vislumbra un paisaje rocambolesco y realista del New York de final de siglo. También son múltiples las metáforas existentes en el alma de la cinta: la brutalidad y la violencia como ejes del mal que vertebran las sociedades occidentales o bien las mentiras de unos gobernantes que ansían su propio beneficio amparándose en una sociedad conformista que devora cualquier viso de revolución y protesta. No obstante, la película no deja títere con cabeza, puesto que igualmente del perfil insurrecto del héroe Snake Plissken, se desprende una incisiva crítica contra la anarquía representada por el mundo gobernado por el hampa, la muerte y el miedo. Parece que Carpenter desea decirnos, como buen pesimista, que da igual que exista un orden dictatorial y genocida o uno aparentemente libre basado en la anarquía. El ser humano seguirá destruyéndose y guerreando por el poder, o simplemente por una lata de comida. No existe religión, sistema político o ético capaz de enjaular las ansias de destrucción de los hombres, y nosotros, los idealistas sufridores que aún profesamos algo de fe en el futuro acabaremos siendo usados como muñecos de trapo como Snake Plissken en aras de la salvación de la sociedad… Eso nos venderán, porque para lo que seremos y somos empleados es para la salvaguarda de los intereses de las oscuras fuerzas ocultas que diseñan los tejemanejes e hilos que mueven y moverán el mundo. Y cuando despertemos solo nos quedará el suave sabor de la derrota convertida en victoria… como esa cinta magnetofónica destrozada por Plissken en la escena final que simboliza el final de la esperanza humana. Pelos de punta… cada vez que rememoro ese extraordinario final de una obra maestra imperecedera del séptimo arte. ¡Viva Snake Plissken!

Autor: Rubén Redondo.



3 comentarios:

  1. En San Francisco hay una pizzería dedicada a esta película y su pizza especial lleva ajo, patata y pesto. Muy buena pero te acuerdas de la dichosa pizza hasta el día siguiente

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  2. Hola, Rubén, buenos días; no soy yo muy del género, pero he de confesar que esta peli, que ví hace no mucho tiempo, me causó un gran impacto, especialmente en todo lo referente a su aparataje visual, todo un prodigio para su tiempo y muy logrado, en cuanto a conseguir dar el contexto más idóneo para la historia que cuenta. Magnífico texto, felicidades.

    Un abrazo y hasta pronto.

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  3. Película de culto, sin duda una obra que bajo el revestimiento de una película de acción y entretenimiento ostenta más de una alegoría en cuanto a ese pesimismo sobre el futuro del ser humano y la violencia inherente en nosotros mismos como forma de control y gobierno. Lo bueno del cine de Carpenter es que transgrede los límites del género fantástico lo cual protege a su cine del desgaste del paso del tiempo. El personaje de Plissken es fantástico. Ha cautivado a más de una generación y continuará fascinando. Un abrazo a todos y gracias por los comentarios!

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