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lunes, 5 de mayo de 2014

ORDET (LA PALABRA)


                  

La piel de Inger se deshiela, rebrota el río de su sangre,
se va fundiendo la mujer de hierro que en el féretro la suplantaba,
el mármol de su carne se anima, le tiembla un párpado.
He dicho: Jesucristo, dame como a un poeta o un profeta la Palabra,
el único Verbo que antecede a la realidad, y que vuelva a darle la vida, 
porque después de cinco años me he vuelto cuerdo y el mundo loco,
ya no me creo Cristo, no me veo en las manos los estigmas de los clavos
y ellos al fin no se aferran al clavo de la lógica con la absurda desesperación
de quienes creyéndose a los labios del abismo cuelgan a un palmo del suelo.
Solo quienes tienen fe serán admitidos en el Reino de los Cielos.


Había yo perdido la razón para repartir la fe con los panes y los peces,
perdido mis ojos para alumbrar las tinieblas con el candelabro del alma,
perdido la voz para encontrar la Palabra que es una metáfora de mi Padre,
perdido mi libertad en la granja para que no volvieran a crucificarme,
perdido mi nombre de mensajero, Johannes, para ser Hijo del Hombre,
había perdido mi sombra para convertirme en la luz del mundo.
Creían que las dudas razonables de Kierkëgaard me trastornaron la razón,
todos igual, mis dos hermanos, mi cuñada Inger y mi padre carnal,
que en mi cabecera tanto rezara para que la Teología me convirtiera
en el pastor que guiara a su rebaño a pastos más frescos del Espíritu.
Pero si mandaba a mis inauditas parábolas a caminar sobre las aguas,
si con descalzos sermones como un Pescador echaba la red a los incrédulos,
si con mis prédicas exorcizaba a los negros cerdos de la razón,
si con un cetro de mimbre regía a las invisible multitud de mi Reino,
si el viento de mis palabras solo combaba la voluntad de espigas y arbustos
y apenas hacía cimbrear a juncos y cañas tan huecas como los hombres,
era porque mi Padre del Cielo había vuelto a enviarme para darle testimonio
y desmentir a la Iglesia que me había traicionado en mi propio nombre.
Entre los suyos no hizo milagros porque allí no le creían.


Iba como un sonámbulo por las cornisas de los sueños y las oraciones
de los míos, pero en vez de extendidos adelante llevaba los brazos en cruz,
como un espantapájaros o un fetiche muy visto y ya olvidado por todos,
tanteaba yo en busca de un milagro en el que alguien pudiera creer,
acaso un espantapájaros que andara, un fetiche que bendijera con la mano,
en busca del milagro de alguien que aún creyera en los milagros,
vagaba como un fantasma suscitando la piedad de quienes merecían piedad,
ignorado por quienes se ignoraban a sí mismos y sin saberlo se desvanecían
y empequeñecían alejándose aspirados por horizontales pozos de viento,
cuando al mirar a Inger bordando vi cómo su calavera le absorvía la cara,
aquella mañana los huesos de su cráneo le chupaban con gula las mejillas
y en su lugar vi a su esqueleto trazando en el bastidor su destino,
volvió a encarnarse en su belleza, pero su hija pronto sería huérfana,
y consolé a la niña diciéndole que desde las estrellas y la luna su madre
le mandaría ropas más blancas, una leche más fresca, cielos siempre claros,
y con las gemas de sus lágrimas logré engastar el único diamante de la fe.
Y cogió a los niños, los puso en su regazo y los bendijo con la mano.


Y vi que cruzaba la pared el Padre Cruel trayendo el reloj con la arena abajo
y la guadaña que primero descuartizó al niño en las entrañas de Inger,
el Padre que viene a recolectar las vidas que él mismo ha sembrado,
el Padre que lega la muerte a los hijos que solo creyeron en la muerte,
y no pude impedirlo porque en casa nadie creyó que yo pudiera hacerlo,
y no pude convencer al Padre porque yo no había convencido a ninguno.
Buscaban uvas en las zarzas y no veían las vides, la vida.
Y luego volví a oír el rumor de la guadaña cortando la hierba a contrapelo
aunque me dijeron que solo era el auto del médico marcha atrás,
y volví a ver al Padre Cruel cruzando la pared como un ladrón fantasmal
aunque me dijeron que solo era el destello de los faros en el estuco,
y que no me preocupara porque según la ciencia Inger viviría.
Cuando la hallaron muerta les dije que solo estaba dormida,
y que como a Lázaro yo podría despertarla pero siguieron sin creerme.
Me fui: Me voy y me buscaréis. Pero donde voy, no podréis venir.


He vuelto para el entierro. Y gracias a la fe de la hija de Inger,
que prefiere la cálida ternura de su madre a la fría leche de las estrellas,
el alborear de su sonrisa a tenerla en el cielo como remota protectora,
poder tocarla a probarse los vestidos que le tejiera con la tela de las nubes,
el mundo se ha vuelto lo bastante loco y yo cuerdo para decir:
Jesucristo, si es posible, devuélvela a la vida,
dame como a un poeta o un profeta la Palabra que da la vida,
Inger, en el nombre de Cristo te ordeno que te levantes,
y como nadie tiene más ansias de amor que los muertos
la piel de Inger se deshiela en súbita primavera, rebrota el río de su sangre,
el mármol de su carne se anima, le tiembla un párpado, abre líquidos ojos
y ahora que he dejado de creerme Jesús de Nazareth logro que crean en Él,
o quizá ahora es cuando me he vuelto de veras loco y el mundo cuerdo,
porque veo que he recuperado mis ojos para caer en la tiniebla,
he recuperado mi nombre para de pronto olvidar la Palabra,
he recuperado la razón para caer en la desesperación,
he recuperado mi voz para repartir el silencio,
he vuelto en definitiva a ser hombre.

  

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