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lunes, 1 de septiembre de 2014

THELMA Y LOUISE


      

Mi querida Louise es una camarera de ocho brazos,
sangre hirviente y frías esperanzas que solo le prende la alegría,
de mi amiga Thelma, pelirroja como yo,
lo peor que se puede decir es que es la esposa de un cretino,
Louise me propuso unas vacaciones,
hice la primera maleta extramatrimonial, la pistola 38 incluida,
y dejé una nota junto al microondas, que recalentría la furia de mi marido,
recogí a Thelma en mi convertible T-Bird,
y nos despedimos de la rutina y del poder masculinos,
Thelma de su marido y yo de mi jefe,
y nos soltamos la melena de leonas
a la velocidad feroz y rugiente,
y al frente la carretera se extiende como una cremallera
que ningún hombre que no queramos nos bajará
y vemos cómo eyacula la luz en la ancha espalda del aire
y gritamos al viento la canción de la libertad
y fumamos con poses de actrices
y ensayamos los gestos de las que hubiéramos querido ser,
y dejamos atrás el pasado reciente, el triste,
que se desvanece con el humo del tubo de escape,
y en los retrovisores nos vemos más guapas, más jóvenes,
como si el auto acelerase marcha atrás en el tiempo.

Thelma me hizo parar en una discoteca diurna,
hasta su voluntad de alambre me convenció de tomar un whisky,
dejé a Louise porque me sacó a bailar un vaquero ligón,
giré y giré y el Wild Turkey hizo girar la pista de baile,
me sentí una peonza o en un tiovivo acelerado,
me mareé y Harland me acompañó a la noche,
me espantó su sombrero tejano a la sombra de la luna,
y vi que el tipo estaba violando a Thelma,
recordé la 38 y que un tejano me hizo lo mismo
una noche idéntica con los mismos jazmines
que como un falo inyectado en sangre
se henchían y crecían con la luna atroz,
y en medio del pecho le abrí una rosa púrpura y venenosa,
y en el descapotable huimos
del cadáver que nunca dejará de perseguirnos,
de otro hombre que nos ha querido corromper la sonrisa,
otro que pretendía abrirnos la cicatriz de entre las piernas,
otro de los malditos hombres fríos y fuertes y previsores
que nos hacen odiar nuestro cuerpo,
y ahora aullamos al viento de la muerte,
mugrientas de sangre, histéricas de miedo,
en un auto que corre como un caballo loco,
en un coche fúnebre o fantasma que se conduce solo,
escapando de la policía porque todos los agentes serán hombres
y todos los hombres de la discoteca dirán que Thelma incitó a Harland
y vemos a una mujer desnuda restregándose con su cadáver,
lamiéndole los pétalos purpúreos que le he abierto en el pecho,
y en los retrovisores nos vemos viejas y feas,
pálidas de cadena perpetua,
convulsas en la silla eléctrica,
porque el juez sería otro hombre,
quizá el mismo que absolvió al violador tejano de Louise.

Decidí que nos fugaríamos a México
y quedé en un hotel con el leal Johnny,
el amigo que ama mis ojos pero no recuerda que son verdes,
para que me trajera todos mis ahorros,
y mientras que Louise se despedía de Johnny
el rubito J. D. me reconcilió con el sexo,
y me derritió la frigidez que me deparaba mi marido,
era un vagabundo al que solo por verle el culo gustaba que se fuese,
y con lo que hicimos no sé cómo en el hotel no se declaró un incendio,
pero me dejé robar por él todo el dinero de Louise,
y para compensarme Thelma atracó una gasolinera
y hasta encañonó al policía que me había reconocido
y lo embutió en el maletero del coche patrulla,
y le di a Louise el revólver del agente,
para que cada una tuviéramos el falo de una pistola,
cómo nos ha cambiado en tres días el asfalto
de carreteras secundarias a través de paisajes bellos y desolados
donde la luz eyacula y se desangra en el aire,
en una América concéntrica a América
donde los camioneros dejan de embestirnos,
en un viaje hacia el corazón del mundo y de nuestra vida,
un camino que en verdad es un río de corriente concéntrica,
una autovía en espiral hacia el vórtice del conocimiento,
un viaje circular de crepúsculo a crepúsculo
como a través de la esfera de un reloj sin manecillas,
aunque a veces creamos que el descapotable no se mueve
y que es el paisaje lo que corre en una panorámica tridimensional,
exhaustas e invictas,
despiertas y lúcidas,
inmunes al arrepentimiento,
conscientes de la hora por la luz que se degrada o exalta,
el pelo al viento de la libertad y la soledad,
lejos de los hombres,
de las leyes y las ciudades que ellos tiranizan,
las dos bellas y mortales como pistolas
o falos,
indómitas como leonas que odian a los cazadores
y a la jaula prefieren una bala.
  

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