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lunes, 3 de noviembre de 2014

CABARET



                  


Pasados más de cuarenta años desde su estreno, Cabaret no sólo mantiene vigente toda su modernidad vintage sino que igualmente se ha convertido en un icono del cine no necesariamente adscrito al género al que pertenece: el musical. Llama la atención que Cabaret fuera la gran triunfadora de los oscar en la edición de 1972, en competencia directa con la que es considerada a día de hoy por la gran mayoría de los críticos especializados y cinéfilos globales como la mejor película de la historia del cine: El Padrino 1ª parte, a la que arrebató los principales galardones de aquella gala, excepto el de mejor película, algo realmente llamativo en la historia de estos premios. Personalmente, este hecho no me resulta para nada sorprendente, puesto que Cabaret es por méritos propios una de las mejores películas de la historia y por tanto nada tiene que envidiar a la magna cinta dirigida por Francis Ford Coppola. 

Bob Fosse fue una rara avis del panorama cinematográfico estadounidense. Magnífico bailarín y coreógrafo fue un revolucionario del arte escénico norteamericano implantando en sus obras unas coreografías muy personales y ambiguas, en las que lo masculino se entremezclaba con lo femenino y viceversa, retratando en las esbeltas y musculosas piernas de sus bailarinas (casi siempre vestidas con un enigmático y decadente bombín y unas gruesas medias negras que tocaban los resortes eróticos que todos tenemos ocultos en nuestro subconsciente), la decadencia crepuscular del universo que más le interesaba filmar en sus historias. Y es que el joven Fosse popular por sus intimistas montajes teatrales en Broadway dio el salto al cine desde una perspectiva puramente europea, siendo quizás junto con John Cassavetes, el primer director estadounidense en forjar un universo propio desde una mirada puramente europea a la hora de plasmar en imágenes unas epopeyas quebradizas que huían de todo glamour impostado. Así, Fosse podría catalogarse como el Federico Fellini yankee, dada la admiración que el de Chicago profesaba al italiano, amor que se plasmó tanto en el remake de Las noches de Cabiria protagonizado por una coqueta Shirley MacLaine titulado Sweet Charity, como en ese experimento en forma de autobiografía (un género casi introducido en el cine por Fellini) que fue esa obra cumbre del cine que es All that jazz. 

Cabaret se basó en una novela de corte autobiográfico de Christopher Isherwood titulada Goodbye Berlin, que había sido adaptada previamente al cine y al musical, si bien fue la mano maestra de Fosse la que la convertiría en una pieza inolvidable. Y es que Cabaret constituyó uno de los primeros ejemplos de musicales comprometidos desde el punto de vista político, siendo con el paso de los años, uno de los pocos musicales que se atrevieron a tocar este peliagudo tema como centro de su trama argumental. Pero, no nos quedemos únicamente en el toque musical para alabar las cualidades de Cabaret, ya que Fosse supo dotar a su obra de un aire de tragicomedia de referencias griegas en el que la realidad y la ficción se tocaban la mano sin pudor y con maestría a través de las vivencias de Sally Bowles (maravillosamente interpretada por una Liza Minelli que ofreció en Cabaret una de las mejores performances de una actriz en toda la historia del cine), una mujer de vida alegre, mutación de la ingenua Cabiria Felliniana en una prostituta más fresca y desenfadada, aunque igualmente desgraciada en lo que respecta al amor y la fortuna vital, que sobrevive a la decadente sociedad de su época viviendo en un mundo paralelo e imaginario de pestañas postizas y maquillaje recargado cantando a la desgracia junto a un afeminado maestro de ceremonias (otra interpretación de lujo en esta ocasión cortesía de Joel Grey), en un famélico y oscuro Cabaret del Berlín de los años treinta al que acude cada noche toda una galería de personajes de la alta burguesía berlinesa para olvidar las penas de la rutina cotidiana y el hundimiento económico que dio alas a una generación de iluminados adoradores de la raza aria y el germanismo que acabaría conquistando el poder, degradando todo hueco de libertad y libertinaje para instaurar la dictadura del desfile y los crímenes contra la humanidad.

                 

Y es este punto de radiografía social de la época lo que convierte a Cabaret en algo más que un sencillo musical construido para la distracción de las masas, puesto que el sentido cómico que yace en la mayor parte de los musicales vierte sus risas en un manto de llanto y tragedia crepuscular, que sirve a Fosse para reflejar el final de una época y a su vez el comienzo en otra si cabe más funesta y pesimista que la que conquistaba las obscenas esquinas del Kit Kat Club. En este sentido, Cabaret es un excelente compendio que da fe de las causas y efectos del triunfo del nazismo con el decrépito Berlín de los años treinta como perfecto escenario del melodrama. Fosse hace gala de su talento como narrador mezclando de una manera portentosa la ficción cantada en los espectaculares números musicales ejecutados en el Kit Kat Club que serán empleados como eje fundamental de la narración en el teatro real del triángulo amoroso trazado fuera de las paredes del local, protagonizado por la desdichada Sally Bowles, el confiado escritor inglés que se gana la vida impartiendo clases de inglés Brian Roberts (interpretado por un joven Michael York) y el ambiguo y enigmático Maximilian von Heune, un depravado y misterioso aristócrata alemán (de tendencias bisexuales al igual que los otros dos vértices que componen el triángulo) que romperá con sus interesadas tretas la felicidad que parece emerger en la irreal existencia de la cantante de Cabaret. 

Así, con este recurso escénico Fosse construye una fábula que contrapone la falsa felicidad que habita en el Kit Kat Club con la depravada realidad que comienza a emerger en las calles conquistadas por niños con uniforme y sin conciencia humanista ansiosos por dar caza a los ricos judíos a los que culpar de sus desdichas. Inolvidable en ese sentido será la escalofriante escena en la que tras una partida de campo los tres protagonistas cruzarán su destino con un joven nazi que alzará su orgullo cantando el himno nazi “El mañana me pertenece”. El libertinaje experimentado por los protagonistas en ese mismo día chocará con el adoctrinamiento de la población germana que unirá su voz y misticismo con el canto que brota del joven que entona esta canción en una jovial jornada cervecera. Con esta poética e inquietante escena, Fosse reflejó con un talento supino el choque de dos mundos contrapuestos: el libertino habitado en los nocturnos cabarets apresado desgraciadamente por el escaso espacio que encierra sus cuatro paredes y el totalitarismo libre de todo obstáculo y pared en su aberrante camino de destrucción y conquista de un público en el que el odio se ha instaurado sin hueco para la reflexión y el pensamiento humanista. 

La amoralidad del sexo libre que se reproduce en las interrelaciones manifestadas entre los principales personajes del film, pintada de una forma ciertamente singular en la persona de la fantasiosa Sally Bowles, pero también en las víctimas de la persecución nazi - como ese cazador de ricas herederas alumno del escritor Roberts que vende su dignidad con objeto de conquistar la dote de una bella heredera de origen judío- se contrapondrá con la indecencia de la alta burguesía y los ciudadanos de bien alemanes cuya solidaridad será derrotada por el atrayente sabor del radicalismo y la perfidia, lugar propicio para verter los odios y los complejos en contra de aquellos que han sido señalados por el líder como los culpables de nuestras desdichas y que por tanto se convertirán en el blanco fácil de las ansias de destrucción que colmarán los objetivos de aniquilación de un pueblo aniquilado ideológicamente. 

Comencé la reseña indicando que Cabaret es actualmente el mejor musical de la historia del cine, a pesar de que a lo largo de estas humildes palabras que me he atrevido a escribir sobre ella apenas he hablado de los números musicales y sí de las bondades dramáticas que ostenta esta espectacular obra cinematográfica. Sobran las palabras para alabar las magistrales coreografías diseñadas por Fosse, todas ellas inolvidables, desde esa apertura en la que el maestro de ceremonias da la bienvenida al espectador en varios idiomas, como ese taciturno Mein Herr interpretado con bombín y silla de por medio por la Minelli, como esa visionaria canción en la que unos espléndidos Minelli y Grey recitaban que el dinero es lo que hace girar al mundo, como ese cómico vodevil que es la genial If you could see her… Y es que Cabaret es una película grande en su plenitud gracias a su perfecta mezcla de números musicales, drama y comedia, y cuyo éxito descansa en continuar hipnotizando con su perfecta combinación de arte narrativo a los espectadores de varias generaciones. La vida sigue siendo un cabaret en el que resulta difícil alcanzar la felicidad… 


Autor: Rubén Redondo.


2 comentarios:

  1. Excelente post Rubén. Soy fan rendida de Fosse y tanto Cabaret como All that jazz me parecen obras maestras. También leí a Isherwood y disfruté a lo grande de su acidez cosmopolita. Esperando la entrada de All that jazz ;)

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  2. Esperemos que pronto Rubén se anime con All that jazz. También a mí me gustó Adiós a Berlín, tengo que releerla. Saludos,Celia, no vuelvas a preocuparte por ninguna carbonilla en el ojo, Trevor siempre tiene el pañuelo a punto.

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