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sábado, 8 de noviembre de 2014

EL MANANTIAL



                  

Hacia la celebración asciendo la escalera del éxito,
la que en la tiniebla sin forma alumbró la luz de mi talento
(es decir, el flexo de mi mesa de trabajo)             
y como tantos proyectos abandonados
-papeles mojados, quemados por culpa de clientes que no lo resultaron
(quiero clientes para construir, no construir para los clientes)-,
dejo atrás el módulo superior de la escalera del Enright,
el edificio a cuya inauguración asisto como su arquitecto,
símbolo de mi orgullo de hierro, templo de mi religión,
sacerdote que soy de la línea recta,
la fría pasión de lava cristalizada que me habita,
mi propio cuerpo, hasta mi faz, un haz de líneas y ángulos
(soy alto de empeño, delgado de odio, cenceño,
demacrado por el esfuerzo),
y mi espíritu también es recto,
mi solitario camino paralelo al del resto,
perpendicular a lo convencional, transversal a mi estilo,
ajeno a las curvas de la venganza y a la espiral de la violencia,
inmune al veneno de los retorcidos, a las ondulaciones de su ánimo,
indiferente a mis sinuosos enemigos, a sus volutas de maldad,
trazo los planos de mi vida a la escala de mi integridad,
y antes de acceder a los rumores luminosos de la fiesta
miro atrás de nuevo a mi escalera y al pasado,
y reparo en que, como ahora me despido del fracaso
-que fue mi éxito-, toda la vida llevo despidiéndome.

Me despedí de mis padres, del Decano de la Facultad,
porque mártir de las reglas, mi ingenio crucificado en las escuadras
y colgado de los cartabones,
me expulsaron por preferir mi criterio de acero
al cemento agrietado de los estilos históricos;
luego me despedí de Henry Cameron, mi modelo,
que me advirtió que si lo seguía diseñaría mi ruina,
el arquitecto maldito con el carácter de hormigón,
profeta de la forma leal a su función,
al que pagaron clavándole un compás en el hígado alcoholizado
y desmenuzándole los planos en un confeti que lo escarneciera
desde la cubierta de sus rascacielos jamás construidos;
me despedí de Peter Keating, mi condiscípulo de voluntad de cristal,
que todo me lo copiaba menos la honradez y el fracaso
-que fue mi éxito-,
e igual que contaminaba sus edificios con pórticos dóricos y jónicos,
intentó corromper la pureza de mi estilo, torcer mi línea,
y como un pequeño demonio me tentó con dinero
(que no puede dilatar el talento, pero sí contraerlo);
me despedí de mi estudio, de las promesas de sus vistas,
de las esperanzas que brindaban sus ventanas panorámicas,
ya que no rebajé mi arte a las directrices de directivos
que no arriesgaban la confianza del público con sedes modernistas,
fachadas de respetabilidad al vulgar gusto del vulgo;
camino de Conneticut, donde me reduje a obrero de una cantera
(ya no aliado del mármol, sino su enemigo)
me despedí de Nueva York,
un mausoleo del arte donde cada edificio es un cenotafio
con nichos por balcones, lápidas de ventanas,
rótulos como epitafios e  inquilinos muertos
que solo reviven al tintineo de las monedas en el mármol;
me despedí de Dominique Francon (o más bien no lo hice),
la inconsciente sacerdotisa de mi religión perseguida,
cariátide de mi templo y pilar de mi conciso arte,
la primera en acotar las dimensiones de mi oficio,
la única igual que podría encontrar en infinitos mundos paralelos,
y que aunque hubiera reconocido la primera piedra de mi obra,
por casualidad hija del dueño de la cantera,
solo me ha conocido como un obrero de buena planta,
mejor alzado y perfil romano,
y pese a que intentó maniatarme con una mirada de dominio,
la cadena de sus pupilas fue atraída por el imán de las mías,
y se le desbocó la yegua de la pasión,
y nostálgica de la libertad, abominando de su necesidad,
tensa de insolencia, crispada por su obsesión,
tuve que domarla y frenarla con sus propias riendas;
me despedí de la cantera, pero no de Dominique,
al recibir la carta de Enright encomendándome este edificio
(sabía que quienes me necesitaran me encontrarían
como a un rostro querido entre la multitud),
otro individualista que como yo quiere que su obra sea reconocible
(aunque no se le conozca ni reconozca),
y los dos lo seremos gracias a este edificio único
cuyos detractores le vaticinan derrumbe inmediato;
me despedí de Conneticut y del fracaso, que fue mi éxito
porque esperé y no sacrifiqué a la opinión ajena un arte
que expresándome me diera forma –recta- y volviera a crearme
como una segunda madre,
la Arquitectura;
dejo atrás la escalera, ingreso a la sala, erguido contra el mundo,
entre los invitados reconozco a Dominique,
y pese a que intento maniatarla con una mirada de dominio,
la cadena de mis pupilas es imantada por las suyas,
entre nosotros se tiende una corriente magnética
y siento que como pronosticaban los enemigos del Enright
los cimientos tiemblan, crece un rumor de magma,
y como relámpagos estrían los muros las primeras grietas de la ruina.

           

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