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sábado, 22 de noviembre de 2014

MALAS CALLES


                  

Cuando el domingo salgo de Tu Casa limpio de pecado,
aunque las rosas de Tus llagas me recuerdan cadáveres acribillados
y el vinagre de Tu dolor las lágrimas de las madres de los drogados,              
me pregunto quién serías Tú aquí en Little Italy,
si el típico loco que al rojo del ocaso decreta el fin de los tiempos,
el borracho que en las callejas cree caminar sobre las aguas,
o más bien yo, un mafioso de poca monta,
el mensajero o apóstol del Padrino, mi tío Giovanni,
el hermano de todos que imparte la paz y reparte el consuelo;
cuando salgo bañado en bendiciones   
oigo Tu Palabra en los rumores de las terrazas y las esquinas,
en las canciones de los discos y de los cantantes ambulantes,
en los piropos y los insultos, en las promesas y las amenazas,
sí, en estas calles chillonas como el maquillaje de las putas
Te oigo mejor que en los ecos de Tu Casa,
y Tu Voz resuena con la esperanza de los charlatanes,
con la fe y la belleza de barítono de los chulos y los camellos,
con la caridad y el metálico timbre de los asesinos a sueldo,   
por lo que mi sangre sabe que nunca desertaré de Little Italy
y me alegro de acarrear la culpa de los colegas
como Tú cargaste con los pecados de los hombres,
aunque por prestar mi palabra y poner por ellos la mano,
por apostar a la carta marcada por el destino de un tahúr,
Johnny Boy, el primo de Teresa, mi novia secreta,
cualquier día me crucificarán a tiros en las ruinas del alba.

Tú sabes que no soy tan adepto a sotanas y rosarios,
sino que para mí todos los días son domingo
(también porque no trabajo)
y a diario asisto a una Misa de veinticuatro horas
ya que estas calles son mi verdadera iglesia,
sabes que no soy de golpes de pecho ni de confesiones
ni de por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa,
sino que prefiero hablar contigo a todas horas,
cuando en la cama con Teresa naufrago en rojos amaneceres,
cuando encallo en la desierta sed de las resacas,
o mientras me amarro a la barra del bar del Tony,
me gusta hablar contigo en confianza
como si fueras otro colega que me invitara a una copa
(en Tu caso sería un vino o un Bloody Mary)
para que me aconsejes cómo ayudar a los míos,
cómo domesticar al fiero cachorro que es Johnny Boy
y lograr que su naturaleza no se adapte a esta sangrienta selva,
para que me digas una palabra
(tratándose de ti una oración o un blues)
que lo madure como a un sicario la primera sangre,
te lo pido como a su padre un primogénito por su hermano,
como si yo fuera el Cristo de Little Italy
y Johnny Boy mi Judas,
como si Tú fueras un pequeño mafioso
o más bien El Padrino de Little Italy,
mi tío Giovanni,
el único que no debe saberlo
porque me ha mandado apartar de Teresa y Johnny Boy.

A veces veo que en los billares se estanca una ciénaga de sangre
y los chicos esgrimen sus tacos contra anfibios que tienen sus caras,
que como de una femoral borbotea la sangre de una boca de riego
y se inauguran restaurantes para caníbales,
que cabalgando sus Harleys como jinetes del Apocalipsis
los matones traen un viento rojo que todo lo petrifica,   
que una riada de alcohol arrastra hordas de cadáveres hinchados
y coches de la policía que giran como islotes a la deriva,
que de las cloacas suben las serpientes que hemos criado
y copos de cocaína nievan sobre treintañeros con coronas de espinas,
pero ¿qué puedo hacer más de lo que hago?,
si por salvar a Johnny Boy como un ángel de la guarda
me expongo a rayos más fulminantes que los del Gólgota,
si hasta he sacrificado el cordero de mi cordura
como un paranoico hablando a solas contigo.

No me arrepiento de sumar clientes al bar de Tony,
pero te ofrezco las flores de mis risas y tragos,
toda la alegría en que allí he estallado como una botella de champán,
y el becerro de oro de mis contactos,
exorciza mis bailes y cura mi ceguera;
no me arrepiento de engañar a mi tío Giovanni, El Padrino,
cuando me ordenó exiliarme del amor de Teresa
y de mi amistad segregar a Johnny Boy,
pero te sacrifico el vagido de mis orgasmos
y los balidos de mis carcajadas con Johnny,
no me arrepiento de ser cliente de Mike, doble de Tony Curtis,
traficante de escarnio y escarmiento,
y por eso le encasquillo la pistola de su odio por Johnny,
ya que sus impagos le acortan la sombra de su fama de duro,
pero Te ofrezco el incienso de su confianza en mí;
no me arrepiento de defender como a un hermano a Johnny,
perito en petardos y fabricante de embustes,
capaz de mezclarte excusas y coartadas en un cóctel
que te emborrache y lo disculpe,
o de liarte cigarrillos con hebras narcóticas y el humo de las mentiras,
rey de las deudas y mendigo de los aplazamientos,
cuya vida es un sumidero con un vórtice que con él me arrastra,
Johnny Boy, mi cruz,
que por treinta monedas y una farola donde ahorcarse
cometería la infamia de delatar a mi tío mi amistad por él,
pero como un diamante te ofrezco el amor de Teresa,
sus piel de alas de mariposa y sus besos de paloma;
no me arrepiento de anidar en Little Italy,
de creerme el Cristo de las malas calles, de este Calvario,
aunque Tú no hubieras apostado en los garitos
(en tu caso todo lo habrías puesto al rojo),
aunque Tú no hubieras bebido tanto
(como mucho sangre),
aunque Tú no hubieras sobornado a policías ni políticos
(si acaso a los rojos),
aunque Tú no hubieras sido un pecador
y quizás yo tampoco.
    
   

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