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sábado, 15 de noviembre de 2014

LA GRAN ILUSIÓN



                  

A Sus Órdenes, Majestad,
A Su Designio se entrega el comandante Rauffenstein,
oficial del ejército imperial alemán,
con la hoja de servicios escrita en letras de oro,
no solo firme sino rígido ante Su Autoridad,
tenso aun en posición de descanso,
pálido pero sin miedo, entorchado de tristeza,
empenachado de pena,
enhiesto, erecto,
de este marcial cortejo el último en llegar a Su Presencia, Majestad,
y sin aliento,
tras instruir y enviar por delante a mis iguales en clase y rango,
y asegurarme de que se presentaran en perfecto estado de revista,
los pechos purpúreos y las panoplias de plata,
en flor las heridas y las memorias en blanco,
aquí los tiene para siempre bellos y jóvenes y valientes,
engalanados y galantes galanes que desfilan en un vals fúnebre
con las espuelas y las botas chasqueando como tibias cruzadas,
a todos los encaminé en una cohorte de lujo y lujuria,
el anterior a mí –penúltimo-, el capitán Boeldieu,
que aunque en el mundo contingente entonaba La Marsellesa,
es otro geranio –flor de lis- en el estéril jardín de la aristocracia,
un noble de mi raza, la Nobleza,
cuya heráldica está por encima de las banderas,
porque el honor es nuestra patria y la poesía nuestra lengua,
y según esperaba la Gran Guerra sería un duelo entre caballeros,
y así la primera vez que recibí a Boeldieu como prisionero
lo agasajé con parlamentos y ceremonias,
con inscripciones en bronce y cubiertos de plata.

Le rindo mis respetos y hoja de servicios, Majestad,
aquí me tiene hierático y helado,
me encomiendo a Su Imperio,
al final la guerra no fue ninguna representación
ni mascarada, salvo por las máscaras antigás,
ni de guante blanco, sino de hierro:
tengo una ejecutoria de veintisiete cazas cazados
(uno de ellos fue el de Boeldieu),
catorce heridas de guerra,
más plata en las placas de las rótulas que en las condecoraciones,
la cabeza más alta por las contracturas del cuello que por la altanería,
y al final me he reducido a Guardián Jefe de Wintersborn,
una fortaleza del siglo XII, último bastión –mi destino natural:
solitaria, altiva, ceñuda-,
dedicada a campo de prisioneros de oficiales,
adonde llegó Boeldieu con un expediente jalonado de intentos de fuga
y como en una recepción lo recibí en aquella embajada de la derrota,
encantado de cohabitar con un hermano de clase,
él y yo los dos últimos vástagos de una familia condenada,
ya que iguales en monóculo, armiños y escudos de armas,
aunque enfrentados en campos opuestos,
nos alineamos en las filas del mismo ejército derrotado, el pasado
(cuando una pasarela virtual conectaba el Prater con los Campos Elíseos,
Fouquet con Montecarlo, Baden Baden con Maxims),
y somos correligionarios de un invisible batallón
al que aún no ha llegado la noticia de la rendición.

A Su Servicio, Majestad, mi taconazo acalla los estertores,
espero que Boeldieu haya arribado con dignidad,
el sudario impoluto y anunciado por salvas y campanas,
yo mismo le preparé el equipo como para su última fuga  
y le amortajé la tristeza de la despedida:
gane quien gane esta guerra la perderá nuestra estirpe,
condenada a vagar como fantasmas en nuestros castillos,
y aunque sabía que no se trataba de Alemania ni de Francia,
sino de talar nuestros árboles genealógicos y aniquilar los privilegios
(además de la guerra perderé siete palacios, veintidós torres,
cinco cuadras y una raza nueva que de alazanes he cruzado),
sobre la sangre y nubes de polvo he portado el estandarte de mi coraje.

Me presento el último, Majestad,
condecorado con los recuerdos, a la retaguardia de la guarnición,
siempre supe que sería un epílogo, un epígono o postludio,
la decadente figura de un fin de época o de un cuadro manierista,
a todo he llegado el último (al amor, a la amistad, a la muerte)
pero impecable, implacable,
Su Majestad no tendrá de mí queja:
hasta ahora no habrá visto un ejército tan numeroso y selecto,
brillante de bronces, erizado de arrojo y puntas de bayoneta,
las armas amnésicas, los ojos nostálgicos,
a sus dos últimos oficiales los he destinado personalmente:
a Boeldieu el penúltimo, pues tuve que dispararle en su intento de fuga,
hasta el final leal a su igual,
ya que permitió que huyeran sus compatriotas plebeyos
(el tiempo les pertenece)
y prefirió quedarse conmigo en la fortaleza,
porque a pesar de los palacios y las torres y las cuadras
(en las carreras los alazanes que crucé siempre llegaban los últimos),
sentenciados por la Historia, estragados,
en esta guerra tenemos menos que perder que burgueses y proletarios,
y solo dejaremos de pasear por Europa nuestra elegancia y decadencia,
nuestro solipsismo y parasitismo,
y después de enviarle a Boeldieu, Majestad,
(y cortar, con su cabeza, el último geranio del otoño)
yo mismo me he destinado, el último, ante Su Presencia,
y en un silencio de nieve con un tiro me he ensordecido,
y, repito, no solo firme, sino rígido,
tenso aun en posición de descanso,
pálido pero sin miedo,
hierático y helado,
sin aliento,
enhiesto,
erecto,
me presento ante Su Majestad, Muerte,
la única que a nobles y plebeyos iguala
y nunca, nunca morirá,
  
   

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