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lunes, 25 de agosto de 2014

EL GUATEQUE



                   

Con caracteres indostánicos estaba escrito en los nimbos y cirros
que exhalan los escapes y chimeneas de Bombay
que me convertiría en actor, en favorito de los hados,
talismán e imán de milagros,
que lavaría la pintura que infamase a un elefante
y que en un verano del Sur vería nevar bajo techo.
Me contrataron por una apuesta de operadores americanos
que filmaban documentales en la India
y aquella noche estaban tan borrachos como mi destino,
abracé a mi sino como a una novia hasta entonces conocida por carta
y en vez de a Bollywood me fui a Hollywood
a actuar de Sam Jaffe en un remake de Gunga Din
en cuyo final estertoraba en una corneta
como la trompa de un elefante ebrio,
y al atarme el zapato sobre el detonador
el fuerte estalló algo a destiempo:
como vaticinaba el contaminado cielo de Bombay
empecé a ser foco de sorpresas, ombligo de sucesos.

Para relajarme pulsaba en casa acordes mistéricos
cuando recibí la invitación a la fiesta del productor.
Me presenté como siempre, fatalista y formal,
con mi serena sonrisa recién puesta,
irradiando con mi colonia la simpática sabiduría de Oriente,
y con algún enigmático proverbio en la punta de la lengua,
pero ingresé con mal pie, perdí el zapato izquierdo
mientras me lo lustraba en un canal de la fuente de la sala
(la mansión se licuaba en surtidores y piscinas, estanques y cisternas),
lo perseguí corriente abajo,
en la pasarela esquivé a los músicos,
me trastabillé con el saxo, me abracé al contrabajo,
y cuando iba a pescar el zapato con una rama artificial
calculé mal, voló al interior de la cocina
y reapareció en la bandeja de un camarero
de donde sin probarlo lo recobré para calzármelo.

Con la cabeza me disculpé por los desmanes y desórdenes,
ruborizada mi tez de bronce con un tono ketchup:
sentía que en torno a mí gravitaban portentos sin cuento,
que como un médium mi presencia convocaba espíritus burlones
que tramaban accidentes y telequinesias, roturas y caídas,
como si yo fuese eje de misteriosos vectores de energía
vórtice de cataclismos,
o en mí convergiera un haz de fuerzas magnéticas
que desequilibraban los objetos y desajustaban el mundo:
talismán e imán de milagros, rezaba el cielo de Bombay.

Así me ocurrió con Wyoming Bill, el inmortal vaquero
al que acerté en el entrecejo con la ventosa de una flecha,
con un lorito insensible a mi empatía
y cuyo alpiste en cascada se me vertió al suelo,
con la misma orquesta, enmudecida a mi baile con una rubia,
con los mandos de domótica de la mansión,
con el teléfono, las copas, los canapés,
con todos los objetos, que se rebelaban en mi contra:
mi credo fatalista desencadenaba una fatalidad tras otra.
Aunque de corro en corro no hablara mucho, ni bebía,
y como un mal olor me rodeaba una nube de silencio,
disfrutaba, me reía de mis solitarias risas
como si estuviera borracho o todos menos yo lo estuvieran,
me sentía algo raro, tan aparte como un poeta,
como si caminara con los brazos
o menos yo todo el mundo caminara con los brazos.
También en la cena la realidad se desenfocó levemente,
giró sobre un eje algo desajustado,
como si mi Morgan tuviera floja una de sus tres ruedas,
o se atascara alguna ruedecilla en el engranaje de la lógica,
y mi pollo asado resucitó, voló y coronó la diadema de una peluca
y el camarero lo devolvió a mi plato emplumado de rubio.

Luego me sobrevino la necesidad de un lavabo
y en una carrera en la que fui una vejiga con piernas
lo busqué por decenas de habitaciones que me rehuían,
temerosas de que reventase y las inundase la dorada laguna
que casi me desbordaba el dique de la voluntad,
y lo más duro era ver al angelote de la fuente aliviándose
y hasta los aspersores y surtidores liberando sus chorros,
y en la cola del baño de las chicas conocí a Michelle,
la acompañante de Divot, ayudante de producción,
y tras aliviarme en una especie de apertura de esclusas
y pugnar contra el papel higiénico, el inodoro y la cisterna,
para evitar a la anfitriona huí por la ventana del hostil baño,
corrí por el terrado de la pérgola, resbalé y caí a la piscina.

Aunque crea en la predestinación,
tengo los bolsillos llenos de sorpresas,
como pulgas las bromas me brincan del ingenio,
y en cuanto me embutí en el albornoz del bienestar
y me conforté con el primer brandy de mi vida,
defendí a Michelle del acoso de Divot,
y de su cara empañada de lágrimas
le arranqué el brillo de una sonrisa.
Sentí que toda la casa era transparente,
aérea, acuática,
como una pecera o un cubo de cristal
y que el cuerpo de Michelle era lo único duro, opaco, real,
y que absorbía el rayo de felicidad que me exaltaba.
Borrachos de risa y euforia
bajamos y nos lanzamos al océano de voces y abrazos,
y el amor me exorcizó
y dejaron de desatarse en mi torno aquellas fuerzas malignas
y ya no promoví más desastres,
porque fue aquel inexacto camarero quien abrió el suelo
y a la piscina que fluía bajo el pavimento
nos lanzamos como en Qué Bello es Vivir
y allí se cumplió mi destino
de lavar la infamia de un elefante
y debido a que nos excedimos con el detergente
el magma de espuma creció como una niebla,
y cuando enchufaron los ventiladores
bajo techo cayó la nieve en un verano del Sur.
  

lunes, 18 de agosto de 2014

EXÓTICA


                                           

Los años 90 fueron una década especialmente relevante para el mundo del cine. Después de que unos años precedentes en los que el cine estadounidense (sin duda la geografía más representativa y popular en cuanto a la difusión del séptimo arte se refiere) sufrió una de sus más importantes crisis en lo que respecta a la creatividad (conocido es que los ochenta representaron para el cine made in USA una transformación profunda que posibilitó que el cine dirigido a los adolescentes casi fagocitara por completo los proyectos encauzados a un público mucho más adulto y exigente), la década de los 90 supuso el despertar de ese cine comprometido, profundo y complejo que tantos éxitos otorgó a los estudios americanos en los setenta. Ello ayudó a que en otras geografías hermanas de la estadounidense, como lo es sin lugar a dudas la canadiense, igualmente se optara por apostar por una nueva generación de cineastas que ya habían despuntado con su arte en la década de los ochenta y que gracias a estos vientos de cambio lograron triunfar en los años que precedieron a la era de Indiana Jones. 

De este modo pudieron salir a la luz obras tan arduas y fascinantes como la cinta protagonista de esta reseña, la ardua y fascinante Exótica, indudablemente la obra más rotunda y maestra de uno de esos autores que alcanzaron su cenit en los 90 y que actualmente parecen atravesar un intenso y prolongado bache de éxitos tanto en lo que respecta a crítica y público como es el canadiense Atom Egoyan. Para remarcar la grandeza que personificó el rompedor Egoyan basta enumerar algunas de las obras que este genio de la post-modernidad realizó a lo largo de los años noventa. Y es que obras como El liquidador, El dulce porvenir, El viaje de Felicia o esta Exótica figuran por méritos propios entre las obras más personales, hipnóticas y transgresoras del cine emanado en aquellos tiempos. 

El cine de esta canadiense de origen armenio se caracteriza sobre todo por el empleo de una narrativa temporal desgarrada y anárquica, jugando de este modo con los espacios que configuran el tiempo yendo sin ningún tipo de reservas de atrás hacia delante y viceversa mucho antes de que esta técnica se pusiera de moda gracias a las obras de Quentin Tarantino. Esta argucia narrativa sirve al norteamericano para engatusar al espectador convirtiendo así a este último en una especie de testigo presencial de las epopeyas narradas, las cuales son revestidas por Egoyan con un exquisito ropaje estético apoyándose asimismo en historias profundamente humanas y dolorosas marcadas por experiencias traumáticas que los protagonistas no han sabido o podido superar. 

    

Exótica cuenta con todos los ingredientes que hicieron grande al director de El viaje de Felicia y es por tanto uno de los trabajos más inspirados y cautivadores de este magnético cineasta. La cinta inspira un perverso juego de sensaciones y sentimientos encontrados siendo sobre todo el dolor y el vacío existencial los dos ejes sobre los que pivota el espíritu del film. 

El argumento de Exótica se teje como una especie de película coral de historias cruzadas que tan de moda se puso a principios de los noventa gracias a esa obra maestra que fue Short cuts, mostrando las conexiones que se establecen entre una serie de personajes que aparentemente nada tienen en común: Zoe (dueña de la barra americana que da nombre al film), Eric (el locutor que presenta las exhibiciones y strip-tease que se llevan a cabo en las noches del Exótica), Christina (la bailarina estrella del recinto que mantiene una extraña relación a su vez con Eric y la dueña del establecimiento), Francis (un inspector de hacienda que acude cada noche al Exótica fascinado por los bailes de Christina y que parece traumatizado por un acontecimiento del pasado) y finalmente Thomas (un armenio dueño de una tienda de animales inmerso en una trama de contrabando de especies protegidas cuyas acciones serán objeto de inspección por parte de Francis). 

Así la cinta arranca mostrando un primer plano de la cara de Thomas mientras pasa una inspección en la aduana de un aeropuerto. Un veterano oficial de aduanas aconseja a su aprendiz que mire a los ojos de Thomas, ya que esta será la única manera de descubrir la verdad que esconde la vida de una persona. Esta frase simbolizará la sustancia que se oculta detrás del argumento del film, puesto que todos los personajes que aparecen en el mismo esconden un secreto que los une insoslayablemente y que Egoyan irá desvelando poco a poco dando pistas al espectador asumiendo así la figura de un demiurgo travieso con querencias al vouyerismo. 

En este sentido, sin prisa pero sin pausa, iremos descubriendo lo que la verdad esconde detrás de las máscaras que visten los personajes que vertebran la trama del film. Así descubriremos que Francis es un obsesivo inspector que se haya sumido en una inquietante crisis y depresión a raíz de la muerte violenta de su hija, hecho que provocó el derrumbamiento de la estabilidad que regía su vida hasta ese momento. Francis únicamente encontrará un motivo para vivir acudiendo cada noche al Exótica para deleitarse con los bailes de Christina así como concentrándose en su trabajo de inspector, ocupado en estos instantes en la inspección de la tienda de Thomas motivada por las sospechas que despiertan los incontables viajes a lugares exóticos del tendero armenio. Por otro lado observaremos las actividades de Thomas, un homosexual adicto a disfrutar del sexo masculino en citas a ciegas convocadas en el Teatro de la Ópera que acabará atrapado en las redes de chantaje de Francis. Y como nudo de unión de todas estas personalidades encontraremos a los residentes del Exótica: la bailarina Christina, una bella striper que mantiene una extraña relación de atracción con Francis y a su vez con el locutor Eric y con la dueña Zoe (con la que aparentemente ha experimentado algún contacto sexual a espaldas de Eric); el locutor Eric, un auténtico voyeur encargado de anunciar los espectáculos cada noche así como de mantener el orden del local, evitando que los clientes toquen a las empleadas del Exótica; y finalmente la dueña Zoe, quizás el personaje más testimonial de todos los que figuran en el metraje de la cinta que ejercerá labores de consejera para atemperar las tensiones que brotan entre sus asalariados fomentando los nexos de este trío gracias a sus contactos sexuales con Christina y a su relación amorosa con Eric del que se encuentra embarazada. 

Esta complicada red de relaciones humanas aparentemente inconexas encontrará un sentido justo al final del film en uno de esos magistrales giros de argumento en los que todo el planteamiento espacial y temporal hilado por Egoyan encajará a la perfección elevando a los altares por tanto el resultado final del film y que para no destrozar la película a aquellos lectores que no la hayan visto aún no desvelaré. 

Exótica pertenece a ese grupo de cintas que consiguen emocionar al espectador gracias a su apuesta por mostrar las interconexiones humanas de una forma fidedigna y cristalina a través de ese espejo de irrealidad que es el cine. Lo que más me gusta de la propuesta de Egoyan es el revestimiento onírico, casi mitológico, que otorga el canadiense a ese Macondo mágico que es el Exótica. La iluminación y ornamentos del mismo se asemejan a una especie de purgatorio al que acuden almas en pena castigadas por sus actos del pasado para expiar sus pecados. El locutor Eric actuará como un semi-dios que anuncia la aparición de las deidades que solo admitirán la mirada en vez del contacto físico del espectador, acrecentando de este modo el deseo de pecar de los arrepentidos mortales. Y así Christina (magnéticamente interpretada por la bella Mia Kirshner) adoptará la forma de ese cielo inalcanzable en el que reposar en la eternidad mientras baila los acordes del Everybody Knows de Leonard Cohen. 

Existen pocas películas que hayan retratado con tanto acierto los mandamientos que rigen la soledad, los miedos, los deseos prohibidos y las cicatrices y el dolor que desprende cada minuto de esta cruel existencia que decreta el devenir de nuestros días como esta Exótica. Y además todas estas complejas disposiciones dramáticas fueron llevadas a escena por Egoyan de una manera innovadora, tremendamente humana, reflejando los tormentos que un desliz de nuestros actos pretéritos fustigarán a nuestro ser. Sin duda una obra maestra que se degusta sobresalientemente desde el más oscuro desconocimiento.

Autor: Rubén Redondo. 

jueves, 14 de agosto de 2014

EL HOMBRE ELEFANTE


                   

¡Pasen y vean al fruto del incesto entre esos malditos gemelos,
el Mal y la Perversidad!
¡Por diez peniques podrán ver esta malvada fantasía del demonio!
¡No se pierdan al hermano de las sombras, al maldito de la luz,
al abominable monstruo más conocido como…


Al retumbar de la bestia zumba el miedo de mi madre,
su trompa le estrangula los gritos de mi alumbramiento,
por el fondo del sueño avanza la mole de un pánico de muerte,
en su dura piel se enrosca el gusano de la destrucción,
se envisca el horror, se encostra el sudor
como en los cadáveres el semen y la sangre de los amantes asesinados,
mis padres, cuyo nombre tritura el animal innombrable.


Echarme la caperuza de la vergüenza que vela el pecado original,
olvidarme de hablar porque nunca nadie me habla,
reconocer el olor del miedo que avanza como la niebla,
atesorar la sensibilidad de un artista en el cuerpo de un monstruo,
ser la atracción de morbosos, cirujanos y cazatalentos,
huir de todos y que todos me rehuyan, portador del germen de mi imagen,
mirar mi propia sombra como a un mal hijo,
sentir que un reptil se ha vinculado como una cadena a mi cuerpo,
huir de mí mismo, ser el llamado…


¡Damas y caballeros, vean al engendro parido por un ano!
¡El único aborto vivo con una joroba en el cráneo
y en la piel un cultivo de tumores con abono de papilomas!
¡Una intuición del infierno por un precio simbólico!
¡No dejen de ver esta infamia del destino, el mundialmente famoso…


De la pupila de mi madre a sus pezuñas ondula el horror,
los colmillos de la bestia van a ensartarle la belleza,
se condensa el gas del miedo de mi madre a verme
mientras baja la pata hacia su vientre
y ella teme aunque se sabe en un sueño de muerto,
el terremoto es un monstruo que sale en estampida del tabú,
el animal innombrable de larga memoria y senda fija.


Ser víctima del escarnio, la explotación y el aborrecimiento,
no poder rectificar en ningún lecho mi columna vertebral,
habitar las pesadillas de mis semejantes,
imaginar mi cara clavada en las pupilas de mi madre,
no poder arrancarme las sanguijuelas de esta repugnancia,
detener con mi llegada los relojes y los ríos,
amaestrar las serpientes del miedo del pueblo,
ser ni más ni menos que el mismísimo…


¡Pasen y vean la peor aberración de la vida,
la careta de la vileza y el cuerpo de la miseria!
¡No se priven de ver a este olvido de la Providencia,
un compendio de toda la crueldad de la Tierra,
el menos humano de los seres,
más conocido como… el Hombre!


El blanco bramido de sus orejas ensordece el mundo,
se licua el miedo de mi madre, se derrama la leche
y se evaporan sus besos: decrece el espacio que separa
la pata de su seno y la aplastan la vergüenza de morir
y el animal de su pesadilla de muerta: el Elefante.


Llegar a Londres en el envés del Imperio, a espaldas del tiempo,
ignorar el sol del amor y el calor de la amistad,
seguir pálido de soledad,
oler el horror a mí mismo como el frío o el sudor propio,
cojear de la piedad al insulto, de la maldición a la compasión,
carecer de semejantes, poblar los tugurios de la existencia,
no poder tenderme a amar ni quizá a morir como un hombre,
ser… El Hombre Elefante.
 


lunes, 11 de agosto de 2014

ED WOOD


                 

Damas y caballeros, canalla de mala calaña,
la emoción me enfanga las palabras
y la gratitud me aceita las bisagras de la cintura;
cuando mi incompetencia me hubo nominado a este entorchado
y ahora, al pronunciarse con voz tonante el inmemorial
“… Y el perdedor es… Edward D. Wood Junior”,
me he sentido tan drogado como Bela Lugosi,
ejem, ebrio de sangre, mejor dicho,
y he llegado aquí como en esos sueños donde uno corre y no avanza nada,
es decir, como en mi carrera cinematográfica,
y ese tomate casi me acierta en toda la cabeza,
porque tan arduo es rodar una mala como una buena película,
mi entusiasmo ha extenuado a mi mala suerte
y por fin mi arte ha logrado la recepción que merece:
vuestros chiflidos y abucheos, befas y bufidos
a mi mundo de travestidos zombies descendiendo por pasarelas de ovnis,
de escamosos tentáculos que se desvinculan de lápidas relucientes de luna,
de ataúdes que chirrían a los flashes de los relámpagos,
toda la vida he aspirado a que repudiárais
mi política de productor, autor, actor, director, montador,
que solo tiene réplica en Welles al otro lado del éxito,
mi obeso doble en el mundo paralelo de los genios,
Orson, mi único reflejo en la imagen ideal del espejo
que ya trizáis al agacharme para evitar esa piedra.

Señoras y señores, si alguno queda en el gallinero,
ojalá pudiera olvidar mis inicios en la escena
cuando emulando a Welles en el Mercury Theatre
monté una obra con goteras en la platea y en la memoria de los actores,
cuando para escándalo de mi novia Dolores
en sostén y liguero escribí un guión sobre un travesti,
cuando conocí a Bela Lugosi, el inmortal Drácula,
aunque todo el mundo, él incluido, lo creía muerto,
y hasta ataúdes se estaba probando en una funeraria,
y que pare de una vez esta nieve de palomitas de maíz.
Al gran Bela le consagro este AntiOscar,
a ese murciélago revoloteante sobre el purpúreo fondo de los mitos,
a esa figura cuya sombra se cierne sobre el miedo de varias generaciones,
un monstruo de la pantalla que me regaló sus últimas actuaciones
y al que nunca volverán a clavarle en el corazón la astilla del olvido,
el actor fetiche de un fetichista como yo,
un héroe que resolvía con goulash su dependencia de la morfina,
y aún succionaba de la yugular de la edad la sangre de su alegría,
un maestro que con la capa de su oficio
y las cartilaginosas alas de su talento
sobrevolaba sus depresiones y el desprecio de los productores,
y ya tengo que gritar para imponerme a vuestros insultos.

Dejadme hablar, patulea de última ralea
porque aún tengo que distinguir a mi ínclita troupe de actores
que tanto han agravado mi alergia al éxito:
Loretta King, a quien contraté porque la tomé por millonaria,
Tor Johnson, el terremoto humano enemigo de jambas y quicios,
Cris Bunny, el hermafrodita de otro mundo,
de ultratumba y ultraterrestre, que hasta las hormonas tiene locas,
Johnny, el adivino que me reveló la ceguera de vuestra fe en el cine
y cimentó mi credo en la imperfección,
mi confianza en que el descuido o los dislates
de mis imprevisiones e improvisaciones
devendrían en la discontinuidad y la fragmentación
del postmodernismo, el arte del que soy profeta,
así que hice bien en nunca repetir una escena
y olvidarme de la continuidad, las actuaciones o la verosimilitud,
ya que el Cine con su magia todo lo autentifica
y transfigura mis chapuzas con una irrealidad mistérica,
y la niebla de la poesía se filtra por los resquicios del decorado,
y un aura de misterio emana del torpe artificio y de mis artefactos,
y esa coca cola me ha hecho blanco entre las piernas.

En estos momentos de pesar e infortunio
ni siquiera puedo olvidar a los productores de mis obras:
Phil, el esclavo de la taquilla que compraba películas al peso
y desde el sándwich de su despacho lo único que exigía eran siete rollos,
Mr. Feldman que tomó por comedia el drama de mi opera prima
y designó a Glen o Glenda como peor película de la Historia,
Mr. McCoy, el Rey de la ternera, que me financió La Novia del Átomo,
a cambio de adelantar en el reparto a su retrasado hijo,
Mr. Reynolds, mi casero y ministro de la Iglesia Baptista,
que para cobrar el alquiler influyó en que su iglesia invirtiera
en Plan Nueve, mi obra maestra sobre marcianos infiltrados en zombies.

También tengo que mencionar a mis dos parejas,
Dolores, una rubia equina, y ya me callo
para huir de aquí de la mano de Kathy,
la mujer de mi vida y única fan,
y me perseguís por la pasarela
para lincharme e impedir
que perpetre otra obra
pero solo lo lograréis
si la piedra que vuela
del palco me da
en la eminente
cabeza.

                 

lunes, 4 de agosto de 2014

FURIA


                   

Erguido contra un futuro opaco,
con esqueletos eléctricos danzando en el horizonte,
pero en un mundo donde los ideales aún brillaban con letras de luces,
con el prestigio de una comedia musical muchas veces representada,
yo era un hombre gris, de vida cuadriculada
que nunca se redondeaba en las curvas de espúrios placeres,
el hombre del impermeable triste,
la víctima favorita de la lluvia y de la ira,
un novio que en las tiendas de muebles
sorprendía escenas de su imposible matrimonio,
un obrero al que la pobreza seguía como una perra hambrienta,
que apenas amasaba dinero para hornear su pan,
y acompañó a su novia a la dársena de las despedidas,
un caminante bajo la lluvia por las calles de la soledad
donde el fango guarda los pasos perdidos,
un hermano que aconsejaba a los dos suyos
que había que obedecer las leyes como a nuestra madre,
un amante a distancia y a plazos
que en cartas remitía su amor como en catálogos,
un hombre corriente del que se enamoró la mala suerte,
como del perfil del exiliado príncipe de una moneda
que siempre sale cruz.

Perfilado en un presente de promesas,
en un mundo aún neto y brillante,
poblado de figuras planas que parecían con relieve,
a través de paisajes cada vez más cálidos
y climas progresivamente exuberantes
con la licencia de matrimonio y los ahorros en el bolsillo
(y entre la calderilla la moneda del príncipe desdichado),
iba feliz como un hombre corriente el día de su boda
cuando un alguacil de Strand me encañonó el pecho de cordero
y el sheriff me detuvo por el número de serie de un billete
(pero la clave era la moneda del infortunado príncipe),
y tras unas diligencias previas de habladurías
y una instrucción en el bar
el pueblo me sentenció a morir linchado,
y la lluvia de la ira pareció caer desde el techo de la celda
y por la calle de la cárcel bajó una riada de odio alegre
como un asesino borracho
y la corriente devoró la puerta y el agua se hizo fuego
cuando quemaron la cárcel con el hombre corriente,
el hombre inocente adentro,
el hombre gris al que ningún impermeable haría incombustible,
y los rasgos del príncipe se fundieron en un guiñapo de bronce.

Cernido sobre un pasado lúcido y cegador,
pero en un mundo tenue, triste, gris, en esta nebulosa,
ahora soy un aparecido,
el vengativo espectro de un hombre corriente linchado por error
(los linchadores sí merecen un linchamiento justo),
un hombre inocente,
un hijo bastardo de la lluvia y de la furia
que a medianoche discute con otros fantasmas
sobre la duración de sus desastres y el tamaño de sus catástrofes,
y al que nada sino la soledad puede ya calar.

Me aparecí en un cine,
donde el noticiero exhibía cómo mis gritos alimentaban las llamas
y mi desesperación se ennegrecía como un cadáver carbonizado,
pero no las ascuas de los ojos de los linchadores,
ni los rayos en sus frentes, ni los cráteres de sus mejillas
ni las cavernas de sus bocas;
me aparecí a mis dos hermanos
pero no los apesté con mi olor a carne quemada
porque en verdad había logrado escapar por una canal
(al final la lluvia me hizo incombustible)
y ya solo estaba ardiendo de odio, ciego de odio,
ebrio de odio, encorvado de odio contra mi destino,
vibraba con la ira del fuego
que ninguna lluvia puede apagar,
y necesitaba que mis dos hermanos pusieran cara a mi odio
ya que la mía debía permanecer de este lado turbio
para que mis linchadores fueran considerados asesinos;
me aparecí en las pesadillas de estos,
en los temores de sus familiares
y en las esperanzas de sus enemigos,
y su madeja de coartadas se devanó ante una película
que sí mostraba las ascuas de sus ojos,
y sus rayos en la frente y la caverna de sus bocas,
y su ovillo de mentiras se desenrolló como la cinta de celuloide:
los periodistas habían llegado mucho antes que la Guardia Nacional.

No me he aparecido a mi novia,
ya que de espaldas a mi destino,
en este mundo opaco, translúcido, esmerilado
como desde el más allá
o en un baño de vapor,
la bondad, la confianza y la alegría
ya son el enceguecido luminoso de un musical fracasado,
y en este perenne mes decimotercero,
un mes entre noviembre y diciembre
que solo habitamos quienes no estamos vivos ni muertos,
los que no somos blancos ni negros,
los hombres grises,
los hijos bastardos de la lluvia y de la furia,
aquellos que llevamos un impermeable espectral,
la lluvia me dice con su lengua de fuego que soy otro linchador
porque los hombres del otoño,
los hombres grises que fuimos corrientes, inocentes,
aquellos que llevamos en el ceño la nube de la ira
hemos olvidado el idioma del amor
y estamos exiliados del sol
como aquel bello príncipe de su país, de su juventud
y de la suerte que siempre le esconde la cara.