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lunes, 9 de marzo de 2015

ALEMANIA, AÑO CERO



Antes de curarme sufría una neurosis bicéfala, por un lado bélica y por otro artística, esto es, relacionada con mi faceta destructiva y con la creativa, ya que de una parte por una avería de la radio bombardeé Berlín cuando la guerra había recién terminado (tardé en superarlo), y de otra soy un escritor incomprendido, o más bien tan expoliado como los perdedores de cualquier guerra –salvo la Segunda Mundial-, porque Roberto Rossellini, el insaciable devorador de macarrones, valiéndose de alguno de los múltiples rateros que como ratas pululaban por las ruinas de la ciudad, de mi despacho en la comandancia me robó un material literario que como su plato favorito fagocitó para elaborar el guión de Alemania, Año Cero, y a ver si me deja de resonar en el oído este vocerío en alemán que me va a hacer estallar la cabeza.

                          

La culpa fue de los mandos, que debieron apartarme del escenario de mi drama, del museo de mi horror, la ciudad que bombardeé a deshora (¿sería certera la última bomba de la guerra –o primera de la paz-, que tuve el vergonzoso honor de dejar caer?). Me destinaron a labores administrativas de la ocupación y me fue minando pasearme por el decorado del desastre, la hecatombe que mis anacrónicas bombas contribuyeron a producir. Además, si me hubieran mandado de vuelta a Cleveland, Rossellini no me habría robado el guión como otros allí robaban patatas, la luz o carbón, y aunque no tengo ningún espejo a la vista creo que me galvanizan la cara espasmódicas muecas.

                  

Y eso que me alegré de quedarme en Berlín, porque confiaba en que permanecer en tal lugar me aportaría experiencias y me revelaría anécdotas que trasladándolas a mis escritos tal vez convirtieran en cronista de la posguerra a alguien que, como buen judío americano que soy, se creía destinado a la literatura, y ya me persigue por este pasillo el siniestro tipo de negro de costumbre. Además, quizás porque la escritura sea locura, mi labor literaria no se vio menoscabada por mi neurosis de guerra, y en efecto conocí de primera mano curiosos casos que trasvasé al papel. El cementerio sin fin que era Berlín, ciudad de muertos vivientes, era una mina de historias que yo estaba ansioso por escribir, y la tragedia de los Keller (R.R. ni siquiera se molestó en cambiarles el nombre) era una de ellas.
Ese caballerete –cavalliere-, capaz de aglutinar relatos de la más diversa procedencia y de articular un discurso que sintetizando el humanismo cristiano y marxista le aportó partidarios de la derecha y de la izquierda, al principio de su carrera se dedicó a denunciar los desastres de la guerra. Pero más que para dar testimonio de nada, lo hizo porque la actualidad del tema le aseguraba la taquilla. Había llegado a Berlín sin un guión preestablecido, pues presumía de filmar casi documental y espontáneamente de la realidad, y con actores eventuales que con naturalidad se interpretaban a sí mismos, aunque lo que realmente pretendía era bajar costes, y esta vez en lugar de improvisar prefirió filmar mis historias y también ahorrarse los derechos de autor. Su colega Visconti, otro aprovechado (¡un noble que se hacía pasar por marxista!), tampoco le pagó una lira a James Cain por su versión de El Cartero siempre llama dos veces. A R.R. le hubiese encantado que en Berlín hubiese mercado negro también de guiones, o tener a negros como guionistas.

                  

Y en parte gracias a mí entró R.R. en una dinámica triunfal que aún le otorga capítulos íntegros en las enciclopedias de Cine y en la vida personal lo emparejó con Ingrid Bergman (enamorada de su falaz arte), mientras yo sigo en el anonimato (y el celibato), a través de estos corredores intentando esquivar al hombre de luto y sin poder salir de este edificio pintado de blanco, con vigilantes que van de blanco y me adjudican medicaciones que me dejan la mente en blanco. Hace mucho que me he curado del complejo de persecución que me indujo el robo de mi obra, y sin embargo, veinte años después de la guerra, ninguno de estos facultativos lo admite; seguro que R.R. los ha sobornado para que me mantengan encerrado y no tener que afrontar mis acusaciones públicas.

                                        

Porque ya he dicho que fui yo quien conoció a los Keller. En virtud de mi labor burocrática los realojé en la cocina de la casa de Denecket, un cascarrabias que no dejaba de venir a la oficina a quejarse de los pobres Keller, y ahora que he esquivado a mi perseguidor ya vuelven a sonar esas fastidiosas voces interiores; es como tener vecinos molestos habitando en el cerebro. Aquella familia era una de tantas que con vida de esclavos sobrevivían con una desnutrición que, escuálidos y cadavéricos, los hacía parecer ingrávidos fantasmas o restos humanos hallados en una ciudad idéntica a cualquier necrópolis antigua recién excavada o a los restos arqueológicos de una civilización extinguida. Al final parecía que los nazis habían logrado su propósito, arrasarlo todo. Retrasándola mil años, los bombardeos habían convertido a la ciudad de Gropius, Marlene o Benjamin en un asentamiento bárbaro de la Selva Negra.

                     

En ese mundo apocalíptico se desenvolvía el pequeño Edmund Keller, un rapaz de doce años que sostenía a la familia entera gracias a sus andanzas en el mercado negro y a sus trabajos eventuales en el voraz cementerio. Y es que por miedo a nuestras represalias el hermano mayor Karl-Heinz, ex soldado nazi, aún no se había atrevido a presentarse en comisaría y viviendo encerrado como una comadreja acosada en su madriguera carecía de cartilla de racionamiento, con lo que los suyos tenían que repartir con él las suyas, de por sí magras, ya que, enloquecido antisemita, creía que los americanos habían enviado exclusivamente a soldados judíos para que vengasen a sus hermanos. Cuando le enteraron de mi caso, él aseguró que al bombardear a destiempo había yo ignorado a sabiendas las órdenes de mi superior para cebarme en los berlineses; se habría asombrado de saber que yo conocía su situación y, negándome a inferir más daño gratuito, no lo denuncié. Sin embargo, para no indisponerse con nadie R.R. prefirió ignorar este detalle de mi obra, ya que el pavor culpable de Karl Heinz cuestionaba el mito de que el pueblo llano alemán ignorara la persecución y exterminio que sufrieron los judíos. Así que, después de todo, su afán por reproducir la realidad no era tan intenso; siempre he sospechado de los que en el mundo del arte se proclaman realistas. Pero ahora que lo pienso debería dejar de decir tantas cosas ciertas, lúcidas y sensatas, o mi fama de loco quedará asentada (sabido es que solo los locos se atreven a decir la verdad), y ya estoy otra vez hablando solo en voz alta para que mis palabras acallen ese griterío interno que ahora parece de una muchedumbre.

                   

En cuanto a Eva, la hermana Keller, que en la película vemos escandalizarse ante la alimenticia prostitución de sus amigas y presumir de esperar a su prometido, en verdad cada noche se entregaba a todo soldado que accediera a pagarle el módico precio de cinco cigarrillos genuinamente americanos, aunque me consta que si uno negociaba podía reducirlo a cuatro. Y el padre no estaba tan enfermo como decía, sino que había adquirido la habilidad de ensayar colapsos, inducirse sofocos y desbocarse o refrenarse tanto el pulso como la tensión sanguínea, para lograr periódicos ingresos en el hospital que le valiesen tres comidas diarias.

                  

En torno a los Keller gravitaban otros personajes reales que, si no fueron incorporados al guión por R.R. fue por su temor de que resultaran inverosímiles. Estaba, por ejemplo, Blind, que hizo fortuna vendiendo presuntos discursos grabados de Goëbbels (él mismo los trucaba mezclando sus imitaciones con las ovaciones y tempestades de júbilo del Congreso de Nuremberg), y al reproducirlos para su exhibición bajo las bóvedas derruidas resultaba demoledor oír aquellas exhortaciones a la victoria resonando como buitres malheridos entre escaleras descubiertas que subían al vacío y chimeneas como vigías solitarios de cementerios profanados. Y estas voces que a diario oigo en mi interior se parecen mucho a aquéllas.
También recuerdo a Schwartz, siempre en vías de lograr la filmación de cierta borrachera conjunta de Churchill y Himmler en unas negociaciones secretas y de una película pornográfica de Eva Braum, o a Schultz, que tras quince años falsificando en las parroquias partidas de nacimiento de antepasados para camuflar apellidos judaicos, ahora cobraba por atribuírselos a arios puros que deseaban eludir procesos de desnazificación. Erre que erre, R.R. los desechó a todos y, por el contrario, lastró el guión con viscerales sentimentalismos y excesos dramáticos que desmentían sus propias tesis y solo son achacables a su afición a la ópera verista y a lo trágico de sus digestiones de macarrones.
De manera que igual que, según he sabido, Edmund Keller el niño protagonista, en vez del trágico final que sufre en la película, tras alcanzar después de su precocidad vital una madurez y responsabilidad admirables, ha terminado por ser un joven ingeniero y ejecutivo de la Mercedes Benz, gracias a la generosidad de sus vencedores, Alemania ha logrado su milagro económico, y el pesimismo de R.R. ha resultado errado. De hecho empecé a curarme con la idea de que aquellas extemporáneas bombas mías, al contribuir a la aniquilación, también ayudaron a fomentar las posteriores inversiones norteamericanas, y ya se me acerca un enfermero con la medicación de la tarde. Antes de tomármela, por enésima vez le insto a comprobar si en el intervalo no me habrán concedido el alta y por minutos ya no me corresponde tomarla. No sé por qué, tengo la premonición de que por error administrativo, justo después de que firmen mi liberación, alguien que lo ignore me dará una dosis que me será letal.                     

                                                                                                                                   

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