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lunes, 30 de marzo de 2015

EDUARDO MANOSTIJERAS


                                    

Eddie, tú que gracias a tu exacto, incisivo, fino arte
serás por siempre joven como un poeta devorado por la noche,
tú que cuando en la torre te asediaba el hambre de la soledad
como un artista maldito supiste que tu don sería tu condena,
Eddie, de manos brillantes en el silencio y tintineantes en la noche,
los mismos filos del talento con que podas la forma
te tajan la cara con besos de dolor y heridas de un labio,
los mismos cortes con que en los perfiles afilas el sentido
te rasgan el carácter y desgarran tus cicatrices,
Eddie, bello como la muerte, triste como el arte, tímido como un genio,
tú que en el hielo esculpes las siluetas de tus sueños,
y con esquirlas de fantasía y la magia de tu tacto
aún fabricas la ilusión de la nieve,
la danza de encendidos copos que me hacen bailar
hasta ahora girando, Eddie, nostalgia y alegría,
girando hasta el vértigo del recuerdo, ardiente y fría,
más rápido, ciega, para recordarte,
Eddie, pálido como un lirio, con ojeras de terciopelo,
raro como un eclipse, puro como la sangre, bueno como un muerto,
tú que eras amigo de los niños y de los perros,
y como cualquier hombre herías lo que más querías,
Eddie, libre como un huérfano, alegre como un náufrago,
incomprendido como un sabio,
tu excepcional arte es inmortal, pero también letal,
en una girándula de brillos que herían y curaban por igual,
tus dos abanicos de fulgores afilados creaban y destruían,
te dañaban y consolaban,
Eddie, diestro en el arte, siniestro en la vida,
digno de piedad y envidia,
desgraciado como un dios, ingenuo como un novio,
inadecuado al amor porque tus caricias dolían,
Eddie, tu talento es tu cadena y tus hierros tu oro, tu tesoro,
porque como un trauma te hacen infeliz pero también especial,
sin tu desgracia serías feliz pero también normal,
y orgulloso de poseerla como un filósofo del escepticismo
o un centinela del insomnio,
la acaricias como a una perra enferma,
la cultivas como una bella planta venenosa
y no te desprendes de lo que más te daña,
Eddie, autodestructivo como un eunuco o un enano,
mutilabas los flecos de la muselina de nuestra vulgaridad,
ondulabas las rectas de nuestro plano, obstuso, opaco suburbio,
y tuviste que volver a encastillarte en las alturas de la soledad,
tu verdadera novia,
tu talento fue tu crimen y tus obras tu castigo,
y mientras que en tu torre tallas de hielo las figuras del pasado
y trasvasas al arte tus recuerdos de nosotros,
con esquirlas de fantasía y la magia de tu tacto
aún fabricas la ilusión de la nieve,
la danza de encendidos copos que me hacen bailar,
la emoción desprendida de la nieve como del fuego la luz,
hasta ahora girando, Eddie, nostalgia y alegría,
girando hasta el vértigo del recuerdo, ardiente y fría,
más rápido, ciega, para recordarte,
Eddie, joven como un río, iluminado como un hijo,
por siempre girando en este silencio de espejo
hasta intuir en tus mejillas las sombras de mis labios
y los besos de tus tijeras.

                                                         

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