Suscríbete al blog por correo electrónico

lunes, 22 de junio de 2015

FANNY Y ALEXANDER


                   

Querido Oscar, mi hijo preferido y perdido: del teatro ya no serás heredero,
desde que moriste siempre vienes a visitarme con ese traje dominguero,
aquél con que pasaste tu primera noche bajo tierra en el ataúd de roble,
como todos los muertos de blanco funerario, color sudario,
mejor peinado que en vida, maquillado, con un lazo negro,
¿has venido a que te dé de pecho ahora que te has muerto?
¿Sigues como buen intérprete actuando en el otro lado?,
¿o sois los muertos espectadores de nuestro precario teatro?
Desde el más allá podrás incorporar al fantasma del padre de Hamlet
y aparecerte a un precoz Hamlet, tu hijo Alexander,
porque hijo y nieto de actores, y ya un visionario,
otro incestuoso amante del escenario,
seguro que también él te ve, es como nosotros,
y quizá cuando crezca combine la escena con la linterna mágica
en algún misterioso arte de imágenes y pasiones en movimiento
que lo convierta en el más célebre sueco de su tiempo,
los demás, cuando en esta pensativa mecedora me ven hablando contigo,
creen que me consuelo con algún soliloquio o antiguo monólogo,
hijo, ¿has venido para que te cuente un cuento ahora que te has muerto?
Creía que para vosotros los muertos todo era demasiado fácil,
y que por vuestra ventana empañada solo teníais que mirar,
hasta que la última vez me dijiste que tampoco vosotros conocíais el final,
que temías por la suerte de tus hijos, Fanny y Alexander,
y de tu esposa Emilie, una actriz que no sabe simular,
si en el carnaval triste del más allá
reconoces la muda máscara de algún dios,
pregúntale por qué ha permitido que ella se haya casado con ese malvado,
su ministro, el obispo de  relámpagos en las manos y una olla de corazón,
¿o es dios un cruel espectador que disfruta de Macbeth o Hamlet?
Alexander sería Hamlet y tú el fantasma de su padre,
el obispo sería el rey y su palacio Elsinore,
Suecia sería Dinamarca y Emilie la reina Gertrud,
pero, Oscar, tenemos que cambiar el final,
despertar a tu esposa del hechizo del obispo, de su encantadora perversidad,
y liberar a tus hijos de su bárbara opresión
que satanizando las mentiras les asfixia la imaginación,
pero veo que, estancados, los muertos sois torpes como niños, 
enredados en nieblas, abrumados, espesos en pantanos,
vuestros movimientos son lentos, opacos, difusos, esmerilados,
así que para actuar me valdré de mi querido Isaac,
¿te acuerdas del judío joven como el sol y con barba de oro y azafrán?
¿del único hombre más feliz que los niños y los borrachos?
Más alquimista que prestamista, puede tratar con huéspedes del más allá,
mago capaz equivocar a la maldad,
inventor de muñecas mecánicas y forjador de ilusiones,
tejedor de alfombras mágicas y urdidor de ficciones,
mi amigo Isaac es la última esperanza para combatir al obispo, al mal,
y rectificar la suerte, porque mejor que tú, Oscar,
conoce los atajos secretos entre la vida y la muerte,
pobre Oscar, incluso vivo eras lento, a veces parecías muerto,
solo sabías actuar y tampoco eras demasiado bueno,
tu especialidad era el fantasma del padre de Hamlet
que ahora podrás perfeccionar,
hijo mío, ¿has venido a que te cante una nana ahora que te has muerto?
Al menos en ese terreno farragoso, ominoso, tenebroso
aprenderás que no hay dios porque todas las cosas lo son,
que el silencio es su pensamiento,
que el mundo es imaginación, nuestra invención,
y que el tiempo y el espacio son ficción.



No hay comentarios:

Publicar un comentario