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lunes, 8 de junio de 2015

LA NARANJA MECÁNICA


                  

A veces me pregunto qué quedará del Alex vicioso y viscoso,
del Alex vil y viril, joven y cruel que ya no volverá a serlo,
del que fue látigo de los débiles pero también horror de los horribles,
del error de los errados pero también temor de los temibles,
de aquel desalmado que vapuleaba a los desarmados,
del producto, en suma, de una sociedad permisiva, libre,
qué quedará del ladrón que raptaba la confianza virgen de los inocentes,
del violador que descargaba su adrenalina en orgasmos de violencia,
del canalla que elaboraba una coreografía de la delincuencia,
del cantante ebrio de aquel coro de sanguinarios caníbales
que entre chasquidos de huesos en éxtasis entonábamos la Oda a la Alegría,
a veces veo un cráneo hendido, dos dientes saltados, un puñado de cabellos,
un bate ensangrentado, una cadena enroscada, los nudillos de hierro,
y me pregunto, aparte de la náusea y la vergüenza, del viejo Alex joven
qué quedará en mí, jerarca de la pacífica sociedad postdemocrática.

A veces me pregunto qué queda de aquel infierno de caos y azar,
o si en los carriles, vías y marcas fijas de la actual necesidad,
en nuestro orden de paz y prosperidad mundial, total,
en un presente en que la lógica ha asesinado a la irracionalidad,
de nuestra juventud queda algún rastro de salvajismo y libertad,
algún disparatado resto del naufragio de aquellos tiempos a la deriva
en que el mal y la muerte eran el precio que se pagaba por el arte.

Ahora la paz única, el pensamiento esterilizado,
los buenos sentimientos como un reflejo condicionado
(antes las guerras y las elecciones libres, lo imprevisto o improvisado)
ahora la simetría de la aritmética, la exactitud de la matemática
(antes la entropía, la utopía, la distopía)
ahora las concentraciones de consenso, el unánime aplauso
(antes la protesta y la revuelta, la inestabilidad)
ahora los libros de autoayuda y el genial cine comercial
(antes la poesía autodestructiva y la pintura del malestar)
ahora el reino del bien absoluto, la paz social, la tranquilidad,
la vida entendida como un control de sanidad,
el triunfo de la moral, la inhibición del mal,
la derrota de los sentimientos, es decir, de los sufrimientos,
antes la crueldad y ahora la paz.

A veces me pregunto qué queda del rubio Alex sin rubor,
del que a golpes pautaba el ritmo de los gritos en el pentagrama,
del que los timbales y tambores percutía con fémures y femorales,
del que como flautas soplaba por los huesos de los esqueletos,
del que como cuerdas de violín tensaba los nervios de los torturados,
y me arrepiento de aquella jerga nuestra brutal y banal,
de aquella sexualidad mecánica, gimnástica, genital,
de aquella ultraviolencia que era la libertina hija de la libertad,
de aquella velocidad que atropellaba toda prudencia,
de Beethoven, que incitaba a la pasión, a la acción, a la violencia.

A veces me pregunto qué es lo queda de aquel Alex
y respondo que aparte del peso de la vergüenza (ya caducó la venganza)
también el orgullo de haber sido el primer criminal regenerado,
el prisionero pionero en ser curado e indultado,
pues la ciencia y la inteligencia me sanaron de la violencia,
y con el mero sacrificio del impulso sexual
(fui capado de todo pecado) y del gusto musical,
de la libertad y de mi voluntad,
gracias a un reflejo condicionado me apartaron del mal,
al bien fui abocado: no tengo opción moral
(me daña golpear, me mataría matar):
con esa quimioterapia mental ya soy normal
(al barato precio de escribir fatal),
y por ser cobaya del método que ha curado el virus de la violencia
fui nombrado funcionario honorario de la razón pura
(tenían razón los déspotas sanitarios:
todo por el bien de Alex pero sin consultar a Alex),
subvencionado símbolo del nuevo mundo
donde es tabú lo intuitivo, lo instintivo,
donde no existen la disensión ni la contradicción ni la destrucción,
donde las cárceles vaciadas significan la incompetencia del pasado,
donde con la delincuencia se ha volatilizado la discrepancia,
y con la obediencia que trajo la erradicación de la violencia
como una anciana degenerada y decadente agonizó la democracia,
que ignoraba que su enemiga no era su hija la violencia
sino la científica estirpe de nietos que reduciría a los violentos. 

                                    

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