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lunes, 27 de abril de 2015

DRÁCULA


                  

Tanto tiempo sitiado por la sed en mi torre,
consolado por los simulacros del vino y del jugo de tomate;
tanto tiempo entre alimañas y las telarañas del tedio,
con las mismas esposas y mis consanguíneos, los hijos de la noche;
tanto tiempo pálido de luna, sordo del silencio del polvo insomne,
solo exultante en los miedos del pueblo que traía el viento;
tanto tiempo despertándome al crepúsculo sangriento,
transformando las arrugas de mi capa en cartílagos de aletas crepitantes,
tanto tiempo  silbando entre los colmillos suspiros de aburrimiento,
hasta que logré atraer a Mr. Renfield a mis umbrales,
y lo hice mío: la sangre no distingue de sexo,
y me embarcó a Inglaterra en un gigante ataúd flotante
y a Londres me trajo, para un promiscuo amigo de la sombra
un paraíso de niebla y jóvenes de sangre fresca.
               
En Oxford Street, la llama de los faroles en la copa de mi sombrero,
coristas y floristas de claveles licuados bajo las pieles,
mis botines rutilantes a lo largo de los adoquines,
en el vaho el ámbar de mis ojos, una orquídea en el smoking,
mendigos, silbatos de bobbies, adoradores de dinero,
el viento que ladra pero no sospecha de un caballero,
gemelo de Jackie, mi capa de dandy, el bastón de donjuán,
la ventaja de Drácula es que nadie lo cree un galán.

Y el rosal de la sangre de Mina
nadie salvo yo la oía
palpitando contra la felpa verde
de un palco de Covent Garden.

Pálidos corazones trasfunden su sangre a la mía,
ilustre sangre de conde pero mezcla de sangres,
de sangre caliente y a sangre fría;
me nutren con la servidumbre de modelos al genio del artista,
la invisible cadena del deseo une sus gargantas al mío:
sufren la sed de apagar la sed que les contagio,
todas abren sus ventanas al murciélago que las hipnotiza,
y tampoco Mina se resiste a ser la querida de mis pupilas,
antes que a su novio prefiere a su amo,
antes que a su padre prefiere a su maestro,
al fetichista de las gargantas, el de erógenas venas,
ninguna linfa he probado en otra juventud, ninguna nuca,
ninguna cerviz en vida alguna,
ningún cuello como el tuyo de cisne, tan terso,
en ninguna clavícula he acunado la barbilla,
ninguna nuez se ha estremecido como la tuya,
Mina, serás mía en el jardín de la tercera noche,
te morderé cuando se ponga la luna
y mientras recuerde cuántas víctimas he probado
y cuántos me han espantado con espejos y crucifijos
y con mala sangre me han perseguido por mis delitos de sangre,
cuántos siglos he sepultado en la tumba de mi espera
hasta encontrarte, eterna esposa de mis crisis y éxtasis,
sentiré qué lenta y dulce se funde tu sangre con la mía,
como la leche del seno de la madre fluye al bendito,
qué frenética y feliz circula tu sangre con la mía,
como la heroína en las venas del maldito. 



lunes, 20 de abril de 2015

LOS VIKINGOS


                

Yo, Einar, hijo de Ragnar,
que en mi bravura he fundado mi autoridad,
Einar, elegido de Odín, dios de la guerra,
que con mi espada en los tapices tejeré la leyenda de mi majestad,
favorito de Thor, padre del trueno,
que con mi quilla he partido la niebla y la tempestad,
pero ahora esclavo de la ira, anhelante de la muerte,
asediado por mi fealdad,
he visto mi tristeza como una lágrima reptar por la piel de Morgana
la rehén de la que era rehén,
mi espada bajar ante el hielo de su desprecio,
mi remo ceder al mar de mármol de su indiferencia.
A veces, en metálicos amaneceres,
cuando en las venas como una marea de lava refluye la resaca,
en un relámpago de sangre en el aire
vuelve el halcón del esclavo a arrancarme el ojo y la belleza
con que habría atraído a Morgana,
como si con un golpe del destino las runas le hubieran dicho
en una de esas tiradas de dados que conculcan el azar,
que desfigurándome sería suyo el amor de Morgana, por necesidad,
y de la cuenca hueca me nace una lágrima imposible,
sí, cada ebria alba de hierro en un escorzo de miedo
vuelve el halcón a herirme con un rayo
menos potente que la belleza transparente de Morgana.

Viento blanco, mar venenoso,
la visión de un barco en llamas a la fúnebre deriva de la noche,
en la nieve vísceras del cielo destripado de nubes,
el dragón que sale de la orilla, el ganso rojo de la luna,
la catarata de sangre que se precipita al filo del fin del mundo,
las intuiciones de los mares, las premoniciones de las nubes,
el deseo de muerte en el vértigo de un grito que cae
desde la torre del castillo de mi pesadilla,
es la hora de encallar como mi padre en un pozo de ladridos,
la hora de vengarlo asaltando las almenas de mi sueño
y la fortaleza de tu cuerpo de ópalo,
la hora de que entre la niebla giman los mástiles y la trompa,
la hora de navegar con la gloria a la proa y el miedo a popa,
así que en esta fantasía bésame las cicatrices,
descóseme las heridas, escúpeme a la cara el ojo que no tengo,
muérdeme, amor tan imposible como un vikingo al sur,
como un vikingo sin espada,
como un vikingo en paz.

Yo, Einar, hijo del fiordo,
que en la espuma he pintado la trama de mis proezas,
el novio del sol y de las estrellas
que a lomos del viento he roto la niebla ciega,
Ainar, terror de ingleses, al norte de la valentía,
que con la espada en la batalla he trazado la estrella de mi gloria,
pero ahora con un ojo nublado, de amor vulnerado,
mi destino tuerto por una tirada de runas
en la que el esclavo leyó que si me desfiguraba la belleza
suyo sería el amor de Morgana,
y yo que creía que el halcón sería yo y ella la paloma.
A veces en los atardeceres de óxido y herrumbre bebo y bebo
y sueño que en sus garras el halcón me trae el ojo
y me devuelve la belleza con que atraer a Morgana,
y como si con un golpe devuelto por el destino
los dados de las runas volvieran hacia las manos de la bruja,
en un movimiento inverso
parecido al de los cascotes que en el deshielo se rompen,
la suerte se revierte
y el esclavo muere
y del foso de ladridos voraces mi padre sale
y en la noche brillante un desfile de hogueras que no es fúnebre
iluminan la nieve y el mar que arde y una barca que no celebra mi muerte
sino mi boda contigo, amor imposible
como un vikingo que no bebe,
como que de la tierra a la nube nieve
o que un vikingo llore
con el ojo que no tiene.

                         

lunes, 13 de abril de 2015

JUAN NADIE


                  

Tienes manos de hermano, ojos de hijo,
la altura de un roble, de un padre,
la voz noble de los ríos, el aliento del viento,  
en la frente la señal oscura, la nube de locura
de quienes guían a un pueblo por la soledad de los siglos,
tienes el corazón de un muñeco de nieve al sol,
la paciencia de un espantapájaros bajo la lluvia,
pero de arcilla la voluntad modelada por tu creadora,
torpe el gesto que estira tus hilos de marioneta,
porque eres un mito y un montaje,
una persona y un personaje,
extraordinario y corriente,
eres todos y nadie,
Juan Nadie, Juan Nadie.

Atrás quedaron el Coronel y tus guantes de pitcher,
los túneles que como heridas abrían el monte
como la cremallera de los raíles el paisaje,
cuando eras polizonte de trenes e inquilino de puentes,
y los atardeceres se desangraban al oeste
y las páginas del paisaje se pasaban en el álbum del horizonte,
transeúnte de la Depresión, del presente,
eras un personaje a la busca de su autora
hasta que ella te descubrió en el casting de pordioseros,
y ahora vuelas en las ondas y te ondulas en las pantallas,
habitas las voces de los estadios y las creaciones del inconsciente,
los fantasmas de las ilusiones y los espejismos de los sueños,
los ideales del americano medio que se mira en tu espejo,
las visiones de los jóvenes y las leyendas de los viejos,
la compasión de un pueblo por quien al fondo de la desesperación
va a arrojarse de un tejado para vencer a la Depresión.
Pero eres un hombre corriente y un farsante,
porque cuando parecías airado estabas enamorado,
eres todos y nadie,
un personaje que tú el primero te has creído,
una bella máscara que te ha halagado,
un ideal y un fraude,
Juan Nadie, Juan Nadie.

Tienes el carisma de un profeta
aunque dices viejas palabras que todos quieres escuchar de nuevo,
la cara y la máscara de un poeta
porque dices palabras nuevas que nadie quiere olvidar de nuevo,
y arrancas una buena palabra del silencio que muelen los dientes,
y arrebatas una buena obra de la entraña de maldad de los hombres,
y exprimes una gota de agua del cactus de cartílagos y tendones,
lo demás no importa, los cuentos de hadas del populismo,
los juegos a las mentiras del periodismo,
la gallina ciega del idealismo,
no importa que una columnista escribiera tu carta de suicidio
no importa que seas obra de ella,
que se haya enamorado de su personaje
tanto como tú de tu creadora,
ni que mientras liberas la paloma de tu palabra
ella esté entre tus brazos aunque no lo sepa
porque intentas fundirte con tu personaje,
todos y nadie,
Juan Nadie, Juan Nadie.

Cuando pase esta época de clamores y aclamaciones
y dejes de ser el héroe de los estadios
(y no como en tus sueños de jugador de béisbol),
cuando se acalle tanto ruido de tinta, tantas voces de papel,
y en vez de confundirte con tu personaje
acabes por fundirte con tu sombra, con él,
y John el Largo sea para siempre Juan Nadie,
el honrado y el impostor,
pero dejes de ser dos,
aunque tú no lo sepas y no pueda halagarte,
en alguna parte,
siempre habrá un hombre que venciendo a la noche,
hendiendo la niebla y el miedo
por ti con una sonrisa o una lágrima entregue lo mejor del Hombre.


                      

lunes, 6 de abril de 2015

ANGEL FACE


                                  

Si a mamá la metralla no le hubiera dado el beso de buenas noches
mi madrastra no habría salido de los cuentos de hadas,
si yo no hubiera jugado al escondite con amigos imaginarios
no habría aprendido a tocar ningún réquiem en el ataúd de este piano,
si el silencio no hubiera desbordado el abismo de mi soledad   
cada nota de mi música no sería un lamento de mi madre,
si la fama no hubiera dejado de besar la boca de papá
no habría tenido que casarse con el dinero de mi madrastra,
si yo no hubiera tenido que mirarla en el espejo de mi odio
no habría convertido su auto en un catafalco sobre ruedas,
si la muerte no se hubiera enamorado de mi madre
yo no tendría que sustituirla en la tumba del lecho de mi padre.
                   
Creerán que fue él,
Frank, el guía de los muertos como Caronte,
sí, fue él, el conductor que trajo la ambulancia
cuando la lengua del gas ya lamía la garganta de mi madrastra,
creerán que fue él, Frank, serio y sincero como un funeral,
amante de los deportivos y de una rubia sin sol, sin sal,
lo creerán el culpable de mi justo crimen.
Creerán que él fue el hombre, sabrán que me quiere,
para amarlo en mi infierno de huérfana de luto rojo
tendría que mandármelo el fantasma de mi madre,
pero en el mausoleo del lecho de mi padre
ella quiere que la sustituya quien más se le parece.
Creerán que él fue el hombre. Frank y no mi padre.
Pero mi hombre es mi padre.

Si mi madrastra anocheciera,
yo no volvería a soñar con la felicidad de su suicidio,
si dejase de envenenar el aire como las rosas de la noche
papá se libraría de la tenia que se nutre de su arte,
si mi madrastra se ahogara en el río de mi sangre
dejaría de buscar en la música inspiración para su asesinato.

De negro teñiré la mortaja que su tristeza tenga,
con alegría compondré la música que su muerte tenga,
de tiniebla tejeré la sombra que sus ojos tenga,
de polvo cubriré el rocío que su tumba tenga.

Creerán que fue él, Frank,
soñador de carreras y garajes,
sí, él, simple y noble como un roble,
será el cómplice, el perro que azuzaré contra ella,
pero creerán que él fue el hombre, el único culpable,
el manipulador del coche
que marcha atrás llevará a mi madrastra al abismo del tiempo,
creerán que Frank fue el hombre, sabrán que me quiere,
aunque para amarlo en mi infierno de luto rojo
tendría que mandármelo el fantasma de mi madre
y quizá entonces Frank me odiaría tanto como yo lo amara,
pero ella quiere que en la tumba del lecho de mi padre
la sustituya la mujer que más se le parece.