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viernes, 3 de agosto de 2012

"EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES"


Mi madre nunca se equivocaba. Me advirtió que no me casara con Cora. Decía que era demasiado joven y guapa para mí, y que en los ojos se le notaban las sombras de todos los hombres que había conocido. La misma Cora me confesó que no me amaba y que, en efecto, cada vez que la acariciase yo estaría siguiendo las huellas de muchos aventureros con suerte. Su sinceridad acabó por desarmarme. Le dije que con el tiempo me querría y ella tuvo que conformarse conmigo; después de un pasado como el suyo, “Twin Oaks”, mi gasolinera-restaurante, era su última oportunidad de hacerse con una posición.


Y hasta hace bien poco nos fue tan bien como a un par de gatos en una pescadería. Cora atrajo a más clientes; y yo era feliz con ella, con mis tragos, las salchichas y la guitarra. Siempre estaba de mejor humor que un perro escondiendo sus huesos en el patio de atrás. Pero mamá también me decía que me guardara de los vagabundos, esos trotamundos de paso extraviado y hambre de carretera, hijos del camino y nietos de nadie, erráticos peregrinos que traen bajo los harapos o en el hatillo los bacilos de la catástrofe. Así llegó Frank, como las tormentas o las malas noticias, cuando menos se las espera.

Pero como él parecía un buen hombre le abrí las puertas de mi casa y de mi… en fin, cualquier cosa que digamos los cornudos se nos vuelve en contra como una serpiente cascabel al retirarle la piedra. Lo cierto es que justo cuando necesitaba un empleado me trajeron a Frank la carretera o el destino, o más bien el fiscal del distrito, lo que es la vida, el mismo que ahora tendrá que acusarlo y entonces lo recogió mientras hacía autostop.

También yo me metí en la ratonera al invitarlo a una hamburguesa para convencerlo de que se quedara. Necesitaba un mecánico que fuera joven –para pagarle poco- y ayudara en el restaurante, un hombre para todo… está claro que cualquier cosa que diga suena ridícula. Sobre todo si me refiero a que. con lo poco que cobraba, acabó por salirme más caro de lo que hubiera podido imaginar. Pero lo único que importa es que si aquella mañana turbia él hubiera pasado de largo, ahora yo no estaría rodando dentro de mi coche por este precipicio que nunca, nunca, va a terminar.

Ahora sé que si él se quedó fue por Cora. Y eso que al principio a ella le cayó fatal. La primera semana solo le dirigía la palabra para ordenarle pintar esto o limpiar aquello, las típicas tareas que siempre quedan pendientes. Yo aún no sabía que el amor y el odio son las dos caras de la misma moneda. Además, debí sospechar de lo nerviosa que estaba.

Por entonces él me convenció de algo que Cora llevaba años aconsejándome, que instalara un neón en el cruce para atraer a los conductores. Frank podía convencer a todo el mundo de cualquier cosa… ya estoy otra vez. Es curioso, por entonces esos dos parecían celosos de mí, como si se disputaran mi aprecio.

Con lo poco que comía y sin recibir correspondencia, él me parecía un bicho raro. Recuerdo que un día, a la mesa, bromeé con él preguntándole si estaba enamorado y ella se atragantó. ¿Puede ser que fuera precisamente yo quien los hiciese conscientes de lo que sentían el uno por el otro? ¿Y cómo a partir de entonces no advertí la electricidad que unía sus miradas ni la atracción que les imantaba los cuerpos cada vez que se cruzaban en la cocina o en la barra del restaurante?

Incluso la noche que los tres celebramos lo del neón los invité a bailar. Apagué la radio para que bailaran a los acordes ebrios de mi guitarra. ¿Será verdad que disfruté viendo lo bien que se amoldaban sus cuerpos, cómo se adaptaban los músculos de él a las curvas de ella? Sentí algo parecido a la satisfacción de encajar dos piezas de un puzle. Estaba borracho y los animé a seguir en cuanto se detuvieron. Cora dijo que estaba ardiendo, y eso que no pasábamos de veinte grados. Por lo visto tenía tanto calor que cuando íbamos a acostarnos dijo que iría a darse un baño a la playa. Dos terceras partes de mí supieron que no iría sola. Mientras una de esas dos partes intentaba enfadarse, a la otra le habría encantado atisbar desde una palmera sus jóvenes siluetas tendidas en la arena y jalonadas por la espuma de la luna. La tercera parte rezumaba alcohol y me convenció de irme a la cama.

Al día siguiente tuve que ir a Los Ángeles a tratar con la lavandería –más me hubiera valido lavar los trapos sucios en casa-, y de vuelta, justo delante de la gasolinera, me confié y estuvo a punto de arrollarme un camión. Frank y Cora lo vieron desde la terraza y me pregunto si fue entonces, observándome en la cuneta de la muerte, cuando se les ocurrió lo felices que serían sin mí en el mundo. Quiero decir en Twin Oaks. Porque como aquel negocio era la cima de las aspiraciones de Cora, ella no iba a abandonarme por un vagabundo para someterse a los penosos azares de la carretera. Ya conocía el lado incómodo del camino; para evitarlo se había casado conmigo.

Supongo que era eso lo único que los separaba; mientras que él es el mejor amigo de los caminos, ella los odia. Así que me pregunto de quién germinaría la idea. ¿Quién de los dos conjugó el verbo “matar” conmigo de complemento? ¿Cómo pudieron respirar mi mismo aire sin infectarlo con su malevolencia? ¿Cómo me hablaban y comían a mi mesa sin ahogarse? ¿Por qué no sonaba a su paso el timbre de la alarma ni se fundían las bombillas de mi casa cada vez que alguno de ellos las encendían?

Solo hubo un cortocircuito aquella noche que me estaba duchando y al resbalar en la oscuridad casi me rompo el cuello. Ahora sé que fue su primera tentativa: algo les saldría mal. Aquello me costó una semana de hospital. ¿Es que a ninguno de los dos se le ocurrió que los tres podíamos haber sido por siempre felices en aquel local de carretera que con sus palmeras parecía oasis de viajeros, aislados del mundo y a orillas de un océano donde cada noche ellos podrían enzarzarse bajo las estrellas mientras yo los atisbara desde la sombra? ¿Por qué no habrán comprendido que mi observación habría estimulado su deleite?

Después de mi accidente Frank se fue, ahora supongo que en un ataque de honradez, y al poco decidí vender el negocio. Mi hermana estaba parapléjica y necesitaba ayuda. ¿O aquello era una excusa ante mí mismo porque ahora que él no estaba la vida allí ya no seríaigual? No puedo creerlo. Lo cierto es que me habían hecho una oferta irrechazable y me atraía la idea de volver a casa, a Canadá. Cora se opuso. Reconozco que toda la vida la había tenido de camarera y ahora pretendía que en los posos de su juventud hiciera de enfermera de mi hermana. Y cambiar California por aquellos hielos habría sido enterrarla en vida, ahora lo veo. Por eso ella prefirió enterrarme a mí.

Hoy mismo me encontré a Frank en el mercado y, aliando la mala suerte con la estupidez, me lo traje de vuelta para celebrar la venta. Proclamando que iba a firmar esas escrituras lo que realmente había firmado era mi sentencia. Esta vez lo han planificado mejor. Esta misma noche él ha simulado estar tan borracho como yo y al final me han persuadido de hacer una excursión a Santa Bárbara. Cora hizo que me desviara para ver el lago Malibú y pasar por esta carretera vertiginosa. Frank y yo cantábamos desgañitándonos. Nos bajamos entre esos riscos que aún guardarán el eco de mis voces, lo último que me queda ahí arriba. Después de golpearme en la cabeza, me han subido al coche, lo han puesto en marcha, y he recobrado el sentido al empezar a caer por este precipicio que nunca termina. Al menos lo he comprendido todo en este último instante. Y ya que no me han dejado quedarme con ellos si quiera a disfrutar de los reflejos de su fulminante felicidad, como un perro satisfecho con las piltrafas del solomillo, que caiga mi maldición sobre ambos y que a partir de ahora no tengan ni un minuto de paz.

Me consuelo pensando que será así: los cómplices de un asesinato se quedan enlazados por unas cadenas más férreas que las del amor. 

                            

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